Ocios Crueles, Rosendo Villalobos

Obra del escritor boli­viano Rosendo Villalobos (1865-1940). Entre la bibliografía de este poeta integrada por sus libros Hacia el olvido y Memorias del corazón destaca Ocios crueles. En dicho libro de poemas se observa que Villalobos tuvo de la influencia romántica, del ímpetu lírico y del estilo parnasiano ese ideal ator­mentado por la perfección de la forma.

Demuestra ser un poeta que vivió emocionadamente la vida, absorto ante la contem­plación de la belleza y que utilizó el alma del lenguaje como fuerza de exaltación de la conducta estética. Las poesías de Ocios crueles se proyectan como el reflejo de un goce sensual, como dolor, y como la per­cepción de inquietantes intimidades psico­lógicas.

Ocios crueles es un libro donde además de revelarse la alta y fina sensibi­lidad creadora de Rosendo Villalobos se perfila la filosofía que el poeta adoptó como bandera y defensa de su credo artís­tico ante los grandes y pequeños problemas de la vida.

G. Otero

Ocios de mi Juventud, José Cadalso y Vázquez

Libro de ver­sos del escritor español José Cadalso y Vázquez (1741-1782) publicado en 1773 con el nombre de don José Vázquez.

Los méritos de Cadalso como pensador, como crítico y como satírico, junto a su adhesión a las corrientes europeas, aliada a un gran amor a España y a su mejor tradición cultural, ha­cen de él la gran figura de la segunda mi­tad del siglo XVIII. Pero no es en el campo de la poesía donde destaca realmente.

El propio Cadalso en un poema en que «refiere el autor los motivos que tuvo para aplicarse a la poesía y la calidad de los asuntos que tratará en sus versos», nos da a entender cómo la poesía es un mero paréntesis entre preocupaciones graves: «…mi numen estos versos me produjo:/todos de risa son, gus­tos y amores./No tocaré materias superio­res;/de los supremos dioses y los reyes,/la oscura voz y las secretas leyes;/los arcanos, enigmas y misterios,/no digo con osados ver­sos serios;/antes con más sencillo y bajo tono/celebro la cabaña y dejo el trono».

Con la aparición de este libro de versos, según Quintana «hizo revivir la anacreóntica, que estaba enterrada con Villegas, siglo y medio antes». Las composiciones de este tipo repi­ten los tópicos tradicionales: el amor, el vino, la juventud.

Están dotadas de cierta gracia ligera y soltura, aunque son bastante inconsistentes. Tienen un gran interés historicoliterario por constituir el punto de par­tida de uno de los géneros más cultivados en el siglo XVIII. España, donde no falta­ban antecedentes — Cetina, Villegas —, convirtió el anacreontismo, a partir de Ca­dalso, en uno de los tópicos capitales de la lírica neoclásica.

Gran parte de las letrillas y anacreónticas del libro están dedicadas a su amada Filis. El tema pastoril ha dis­frazado sus poesías de amor con toda la afectación del momento y María Ignacia recibe el consabido nombre de Filis. Su prematura muerte es lamentada por el poeta y le inspira también algunos lúgubres ver­sos de carácter prerromántico.

Donde brilla más la personalidad de Cadalso es en algu­nas de sus poesías jocosas, como las «Guerras civiles entre los ojos negros y los azu­les». Describe una polémica de mujeres; las españolas, de todas las clases sociales, representan a las ojinegras: «la cómica asis­tía con la maja,/la naranjera y la limera había,/y las del gremio atroz de la naaja,/ quinta esencia de majas se veía…».

La polé­mica se agria y el poeta da una lección de verbo madrileñista en boca de las más bra­vías majas. Esta composición y la graciosa estampa satírica «Un currutaco en 1730» salvan — aunque brevemente — a Cadalso de la monotonía de la musa pastoril. Los ende­casílabos que se encuentran en Ocios de mi juventud, no obstante su corrección, son inferiores a sus versos cortos.

Otras com­posiciones dignas de recordarse son la «églo­ga entre Dalmiro y Ortelio» (Cadalso y Huerta); el romance, traducción de Catulo, sobre la muerte del pájaro de Lesbia; los sáficos a Venus: «Madre divina del alado niño,/oye mis ruegos, que jamás oíste/otra tan triste lastimosa pena/como la mía…» En la letrilla «De amores me muero», es de notar un reflejo de buena ley de poesías del mismo género de nuestro Siglo de Oro, realzado por el más exquisito gusto. La devoción de Cadalso por Garcilaso y por Meléndez le hace uno de los factores decisivos de la formación de la escuela salmantina, cuyos componentes trató cuando su destie­rro en Salamanca.

J. M.a Pandolfi

Oceanografía del Tedio, Eugenio d’Ors y Rovira

Obra del pensador y filósofo español Eugenio d’Ors y Rovira (1882-1954), perteneciente al período catalán del Glosario (v.). Fue publi­cada dentro del Glosari en el verano de 1916 con el título La llicó de tedi en el pare, altrament dita Oceanografía del tedi y fue recogida en el Glosari MCMXVI, pu­blicado en Barcelona en 1918.

El autor nos describe el mundo que aparece a los ojos y a la imaginación cuando se deja divagar libremente el pensamiento. Tendido en su «chaise longue», en un lugar de cura y de reposo, deja libre el funcionamiento de la libre asociación, sin que intervenga ni el pensamiento ni la acción.

El autor nos va describiendo este mundo, por esto llama así a su obra: «y ahora el autor es como el náufrago en medio del mar, que se aban­dona y pierde la cuerda que lo sostenía… Cierra de nuevo los ojos. Ya nada le ata. Ahora se sumerge, solitario y abandonado, en el tedio. Se sumerge en el tedio, como el náufrago se hunde en el mar.»

Pero es entonces cuando surge toda la vida y la variedad de este mundo marino del tedio. Como en el fondo del mar los filamentos, los tentáculos, la vegetación, las formas extrañas, etc., a pesar de que todo pa­rezca igual y tan monótono, también el mundo, contemplado lentamente, nos proporciona maravillas y sorpresas en todos los órdenes: el cuerpo tendido será el arpa que tocarán los vientos; de pronto, al autor le parecerá que su «chaise longue» es un meridiano; descubrirá las cimas rosas, los abismos blancos, las rayas de oro que ve en la pared enjalbegada (en ella «hay ver­des fugaces y misteriosos.

Hay iris y nieves y claros de luna. Hay crepúsculos y auro­ras»); el espectáculo de las plantas, la dan­za del agua; las nubes son asociadas a obras literarias; el abandono de sentir pasar el tiempo; las secretas delicias fisiológicas del calambre y el desentumecimiento.

Apare­cen después La Voluntad de Potencia y La Voluntad de Ordenación, acompañadas, respectivamente, de Aventura y Previsión, que sostienen un diálogo donde La Voluntad de Ordenación expone los puntos de vista del sistema dorsiano y vence a La Voluntad de Potencia. La meditación en el parque ter­mina con una súbita tempestad, y ahora el autor • «ya no se siente humillado a causa de la derrota.

El que, durante tres horas de una tarde de agosto, ha vivido intensamente y ha agotado un tesoro de sensaciones más maravillosas que si hubiera realizado un viaje por Oriente, ya no se siente cansado; él, que en el frío altar de La Voluntad de Orden hoy ha inmolado cruentamente el cordero de una ilusión que no ha llegado a realizarse, ya no experimenta ni melan­colía». Abandona el lugar de reposo al día siguiente.

El autor ha querido exaltar el valor del ocio y presentarnos una forma de avenencia entre la vida activa y la contemplativa u ociosa.

Océano, Alessandro Tassoni

[L’Oceano]. Primer canto en octavas de un poema incompleto sobre el descubrimiento de América, de Alessandro Tassoni (1665-1635), compuesto proba­blemente antes del Cubo robado (v.) en 1614-15 y publicado por vez primera en la edición parisiense de esta obra en 1622.

Al enviar el fragmento a un amigo que abrigaba el proyecto de escribir un poema similar, Tassoni lo acompañó con una carta llena de juiciosos consejos sobre el camino a seguir para que la ión fan­tástica de la histórica empresa no chocase con la realidad. Después de la introducción y la dedicatoria a Carlos Manuel I, «al cual el rey de los cielos dio el gobierno de las puertas de Italia», el poeta describe la par­tida de Colón.

Las potencias infernales le­vantan contra la santa empresa una terrible tempestad que solamente un ángel consigue calmar; luego preparan fatales seducciones a los navegantes anclados en las Islas Afor­tunadas, donde, entre la exuberante vege­tación, aparecen bellísimas ninfas. Incapaz de sustraer sus compañeros al hechizo de ellas, Colón zarpa sólo con algunos fieles, únicamente después de grandes fatigas y venciendo otras diabólicas asechanzas, pue­de volver a los tres días y encuentra a los culpables desengañados ya, en la isla con­vertida en un desolado desierto, junto a las ninfas transformadas en monstruos.

Después de haber encontrado agua en una maravi­llosa fuente de una isla cercana, zarpan los navegantes, unidos de nuevo. Aquí el poeta detuvo su obra, tal vez sintiéndose con menos imaginación para proseguirla. Las octavas, llenas de reminiscencias de la Jerusalén libertada (v.) y de la Odisea (v.), encuentran su más feliz expresión en la pintura del Edén diabólico, donde la mate­ria tradicional está animada por la sonrisa de una gracia nueva.

E. C. Valla

Océano, Leónidas Andreiev

Drama en siete cuadros del escritor ruso Leónidas Andreiev [Leonid Nikolaevic Andreev, 1871-1919], estrenado en 1911.

El centro de este drama extraño y oscuro, que es sin duda donde mejor ha expresado Andreiev su concepción dua­lista de la vida y del mundo, reside en el antagonismo entre el Océano y el órgano: el Océano es símbolo del salvaje y furi­bundo caos que está en el fondo de las cosas, y el órgano, que con sus voces toma­das a la tempestad intenta hablar a Dios y llevar hasta Él el alma humana, es símbolo de los esfuerzos con que ésta trata de domar al salvaje Caos.

Xorre, un borracho incons­ciente y amoral, es el hombre del Océano; desembarcado, con Haggarth, de la nave pirata en la que es contramaestre, siente la nostalgia profunda del mar. Desprecia a los pescadores, que no se aventuran a surcarlo más que cuando está en calma, y lo aman como a una cabra a la que ordeñan, pero temiéndolo y quizás odiándolo en lo pro­fundo de su corazón.

Daño es el hombre del órgano, y cuando el Océano, con la voz de las olas, exhala su profunda y tenebrosa angustia, con los sonidos del órgano le con­trapone la apasionada angustia del alma humana y habla a Dios de las más graves cosas. Ambos se odian sin comprenderse y, entre ellos, Haggarth, el capitán de la nave pirata, es el hombre que se disputan el Océano y el órgano.

Ha huido del Océano, cuya desenfrenada vida ha vivido, y en tierra ha buscado alivio para el remordi­miento de sus delitos, primero en la em­briaguez y después en el trabajo y en la familia, sin poder encontrarlo. El Océano le habla siempre con voz de misterio y de dolor, lo fascina y, por fin, lo engulle en su torbellino: Haggarth mata a un hombre.

Pero en la noche del asesinato se eleva el canto del órgano, y el criminal, con las manos ensangrentadas, corre a la iglesia a escuchar la voz misteriosa y solemne. Por fin se arranca a la tierra, en la que se viven los sueños espantosos del bien, del ideal, de Dios, y se restituye definitivamente, lleno el corazón de un inmortal dolor, al Océano.

¿Triunfan, pues, definitivamente el Océano, la Naturaleza y el Mal? No, porque mientras Haggarth se embarca en la nave pirata, en tierra Daño recoge los tubos del órgano, que Xorre al partir ha destruido con rabia feroz; el Órgano será reconstruido y nueva­mente hablará a Dios. Durante toda la eter­nidad los dos principios del ser estarán frente a frente.

Acaso ningún escritor ha llegado a comunicar al Océano la vida pro­digiosa que se siente en este drama. Su imagen real se incorpora estrechamente a su significado simbólico y metafísico, y se nos presenta como una fuerza viva, angus­tiada y malvada, de la que surgen las suges­tiones y tentaciones.

La locura y el crimen son, como el mugir de las olas y el silbar del viento, actos de vida del Océano. Ha­biendo perdido el hombre sus caracteres diferenciales, la frontera entre él y las cosas está borrada, y todo vive una vida de deli­rio, de pesadilla, de terror. [Trad. española de A. Ruste (Madrid, 1922)].

A. Filgher