Del Origen y del Oficio de la Literatura, Ugo Foscolo

[Dell’origine e dell’ufficio della letteratura]. Es el título y el tema de la introducción con que Ugo Foscolo (1778- 1827) inició su curso de elocuencia en la Universidad de Pavía, el 22 de enero de 1809.

Para poder aplicar rectamente las le­tras y «hacerlas fructificar útilmente» es necesario conocer su «origen» y «oficio» y observar cómo las vicisitudes de los tiem­pos y de las opiniones han acrecentado su uso y su abuso; sólo así, en su aplicación, se responderá al propósito de la «naturale­za».

Después de haber indicado el origen y el oficio de la palabra por medio de la cual el intelecto humano, después de la percep­ción de las formas sensibles de las cosas, puede conjeturar y concebir las más recón­ditas, denominarlas, descomponerlas y re­componerlas en su armonía, Foscolo afirma que la necesidad de comunicar el pensa­miento es inherente a la naturaleza del hombre, «animal esencialmente usurpador, esencialmente social».

Cuando la sociedad humana se constituyó sobre bases firmes y complejas, la palabra ya no fue suficiente y la memoria de los hechos fue confiada a monumentos de diversa naturaleza; y cuan­do éstos fueron destruidos por cataclismos y diluvios, el hombre superviviente, con el ánimo conmovido y levantado hacia los as­tros, les confió la tradición de las leyes, de los ritos, de las conquistas.

El firmamento, no siendo ya objeto de mudo estupor, se convirtió en partícipe de la vida y de las vicisitudes de los hombres, de cuyos recuer­dos se mostraba historiador, y las mentes humanas poblaron la tierra de ninfas, de númenes y de genios.

Los sabios, al advertir que aquella religión servía para frenar la índole todavía salvaje de los mortales, la ampliaron con la elocuencia y con el mis­terio, y por ello fueron celebradas las artes de la adivinación y de la poesía, de las cua­les los poemas, los anales y los monumentos nos transmitieron tantos testimonios.

Los escritos salidos de aquellos pueblos y de aquellas instituciones se propagaron hasta nosotros. Y como los recuerdos de las vici­situdes humanas y terrestres, por medio de los símbolos con los cuales eran expresados, fueron transmitidos a las apariencias de los astros, se vio reproducirse en el cielo la religión de los pueblos antiguos y fundarse la teología política por medio de la adivinación y de la alegoría: estas artes, ejercidas al principio por los sacerdotes y los poetas, dieron origen al uso y al oficio de la lite­ratura, y como no a todos los hombres tocaron en suerte iguales fuerzas y facul­tades de la naturaleza, de esta desigualdad se sigue que el género humano no puede ser ni libre ni estar satisfecho; la literatura reivindica como propio y elevado oficio el de frenar a los poderosos y, con el amor a la verdad, conservar el benéfico encanto de aquellas ilusiones que hacen olvidar los males y la vanidad de la vida.

Desde los lejanos orígenes de la literatura los hombres amantes de la verdad la buscaban (filosofía) sirviéndose de ella para el gobierno de los hombres (política) y embelleciéndola con el arte de la palabra (poesía). La literatura de un pueblo está totalmente en manos de los poetas, de los historiadores, y de los oradores: atiendan, pues, los italianos a su historia, porque sólo en el amoroso y severo estudio de ella está la garantía de la reno­vación y la prenda segura del presagiado renacimiento de la patria.

Esta oración inau­gural es la más famosa, la más vibrante y animosa de las prosas críticas foscolianas, y se puede considerar como el intento de un perfecto desarrollo ideal y doctrinario del motivo preeminente en la segunda parte de los Sepulcros (v.). Obtiene toda su importancia y las razones de su vital eficacia del «animus» que la informa, esto es, de aquella fe magnánima, activa, aunque íntimamente dramática, que acogiendo la enseñanza de la que De Sanctis llama «la nueva litera­tura», de las cenizas de la concepción mate­rialista de la vida hace surgir la religión consoladora de la belleza y, proclamando la misión moral y civil de las letras, hace cam­pear en primer término, con acentos de potencia inusitada, una de las grandes ideas- fuerzas de la literatura romántica.

D. MattalIa

Es una prosa personal, todavía en forma­ción, llena de reminiscencias latinas y ora­torias, con tendencia a la majestad y a la fuerza. Demuestra más calor de imaginación que vigor de inteligencia. (De Sanctis)

Origen, Progresos y Estado Actual de Toda Literatura, Juan Andrés

Ambiciosa obra del jesuita valenciano Juan Andrés (1740-1817), concebida en el ardor de sus disputas con Tiraboschi y Bettinelli, si bien desarrollada al margen de ellas.

Tiene el mérito extraordinario de ser el primer in­tento de una historia general de la lite­ratura, y aunque nacida bajo el influjo de la retórica que dominó esa centuria, supera felizmente muchos de los defectos que aqué­lla supone, gracias al innegable talento del autor.

Apareció la primera edición en ita­liano en Parma, entre los años que van de 1782 a 1798, con el título Dell’Origine, Progressi e Etato attuale d’ogni letteratura; simultáneamente fue traducida al castellano por Carlos Andrés, hermano del autor, que­dando sin publicar en esta última lengua las páginas dedicadas a los estudios ecle­siásticos, con que se cierra la versión ori­ginal.

El concepto de literatura es, en Juan Andrés, todavía muy amplio, y así sucede que en su obra se extiende hasta tratar de los temas más alejados del hecho estético. No aceptando para su propósito la división que de las ciencias hacen B’Alembert y Bacon, presenta en el prefacio su propio sis­tema, y de acuerdo con él dedica dos tomos a las Bellas Artes, dos a las Ciencias Naturales y dos a las Eclesiásticas; el panorama se completa con un tomo preliminar en el que presenta una visión general de toda la literatura, casi pudiera decirse de toda la cultura.

El tono de la obra se mantiene en general discreto, y a pesar de la disparidad de materias tratadas, en el estudio de todas ellas sabe el autor conservar una exquisita dignidad. En el aspecto literario estricto, que es el más interesante, Juan Andrés da pruebas de su buen gusto y fino espíritu, amén de su visión, equivocada a veces pero siempre original, de los problemas histó­ricos que la literatura plantea.

En el primer tomo, por ejemplo, sabe ver con claridad lo que para la cultura occidental representa el helenismo; hay que destacar su acertada crítica sobre La nueva Eloísa, y su juicio imparcial ante pensadores de criterio muy distinto al suyo, prescindiendo inclusive del hecho religioso: «no entiendo por qué razón no se pueda ni deba desear el fino gusto de Voltaire, la elocuencia de Rousseau o la erudición de Freret, más bien que el media­no talento de la mayor parte de sus adver­sarios».

De gran interés es el capítulo dedi­cado a la literatura eclesiástica, en especial en lo referente a los primeros siglos de la Iglesia; no tan acertadas son sus observa­ciones en cuanto a la Edad Media, que des­conocía en sus valores esenciales, aun cuan­do da pruebas de hallarse por encima de sus contemporáneos en cuanto a la infor­mación y criterio que de ella poseía.

De nuevo hace gala de su erudición al tratar de la influencia de los árabes, y si las con­clusiones a que le llevan los datos que posee no son siempre exactas, no por eso dejan de ser valiosas las noticias que da. Interesante es también el modo de exponer el naci­miento de las nuevas literaturas, y los jui­cios críticos que en los volúmenes siguien­tes aporta al tratar por separado de cada uno de los géneros y sus cultivadores.

Asi­mismo dan testimonio de su erudición los apartados en que trata de la Gramática, Exegética y Crítica, de la Historia y de sus ciencias auxiliares, de la Geografía, la Cro­nología y la Arqueología. Los últimos volú­menes están dedicados a las ciencias, y en ellos se trata de la Aritmética, del Álgebra y de la Geometría; de la Mecánica, de la Hidrostática, de la Náutica, de la Acústica, de la óptica y de la Astronomía, terminando esta parte con la Medicina.

Viene a conti­nuación la Filosofía, que se divide en racio­nal y moral, para tratar inmediatamente de la Jurisprudencia y cerrarse la obra con las Ciencias Eclesiásticas, acaso el capítulo más trabajado de la obra, pero que, como ya se dijo, no aparece en la edición española.

A. Pacheco

Le faltó una segura arquitectura concep­tual para ser el Spengler del siglo XVIII, pero, dentro de su ideología media, la arma­zón histórica de su obra posee un valor de época sumamente representativo. (A. Valbuena Prat)

El P. Andrés pudo equivocarse en algunos juicios particulares de escritores y de libros, pero el espíritu de su historia es entera­mente moderno. (M. Menéndez Pelayo)

Sobre el Origen Experimental de una Nueva Especie Vegetal, Hugo De Vries

[Sur Vorigine expérimentale d’une nouvelle es­pècevégétale]. Breve escrito de Hugo De Vries (1848-1935), publicado en 1900, con el que el célebre botánico holandés (cono­cido además por sus investigaciones sobre la física del protoplasma vegetal) dio cuenta de haber obtenido en sus propios cultivos de «Oenothera Lamarckiana» (planta her­bácea perteneciente a la familia de las onagráceas) una forma diferente del «tipo», por sus caracteres dimensionales y cualita­tivos.

Este resultado lo obtuvo por autofe­cundación, es decir, aplicando el polen de la parte masculina de la flor a la fecunda­ción de óvulos de la misma planta, y esta­bleció que los caracteres de la planta origi­naria eran transmitidos a los descendientes.

La estabilidad de la nueva forma (denomi­nada «Oenothera Gigantea») le permitió afirmar en ella el carácter de una nueva especie, surgida espontánea y bruscamente. Con ulteriores observaciones efectuadas so­bre el mismo material, De Vries recopiló elementos suficientes para dar a conocer un fenómeno anteriormente ignorado, que muy pronto adquirió un valor primordial entre los fenómenos biológicos, el de la «muta­ción».

De Vries pronto advirtió el alcance general del descubrimiento y lo puso en relación con cuanto se sabía del mecanismo de «evolución». Lamarck había afirmado la eficacia de la acción ambiental para la trans­formación de los seres vivos; Darwin había afirmado el principio de la selección natural; De Vries iluminó así la posibilidad del paso brusco de una forma a otra, por transformación espontánea del patrimonio heredi­tario.

El fenómeno «mutacional», que cons­tituye hoy el centro de la investigación ge­nética (aunque entendido de diferente modo de como lo pensaba De Vries), entró, en efecto, en la ciencia moderna gracias a esta breve publicación. El mismo autor desarrolló sus principios en tratados más amplios: La teoría de la mutación y Especie y variedad y su origen por mutación (v.).

C. Barigozzi

Orígenes Históricos de Cataluña, José Balari Jovany

Obra del historiador José Balari Jovany (1844-1904), distinguida con el premio «Martorell» en 1897 y publicada en Barcelona en 1899.

En ella se plasman los resultados de una laboriosa y concienzuda investiga­ción en varios archivos de Cataluña, en particular en el de la Corona de Aragón, de Barcelona, y en el Histórico Municipal de la misma ciudad.

A pesar del tiempo trans­currido desde su publicación, este libro continúa siendo de gran utilidad para el estudio de los condados catalanes, sobre todo del de Barcelona, en la Alta Edad Media. La obra se divide en cuatro partes, tituladas, respectivamente, Geografía, Re­conquista, Feudalismo y Civilización.

En la primera se estudia minuciosamente la Geo­grafía histórica del país, con especiales referencias a la etimología de los nombres. Es conveniente advertir aquí que los primeros pasos de la labor investigadora de Balari fueron dirigidos a estudiar el origen de los apellidos catalanes.

En la segunda — Recon­quista—, el autor examina la invasión mu­sulmana en el nordeste de la Península Ibérica, el establecimiento de la llamada Marca Hispánica, el desarrollo de la casa condal de Barcelona, las incidencias de la repoblación y las características generales de la Reconquista.

En la tercera — Feuda­lismo—, Balari estudia la problemática del mismo y examina varios aspectos: el servició militar, la administración de justicia, los litigios, los juicios ordinario y de Dios, los poderes del conde, los Usatges, la legis­lación vigente en la Marca Hispánica, la distinción de las personas según la jerar­quía feudal, la propiedad y los tributos. También dedica un capítulo al glosario feu­dal.

En la cuarta parte — Civilización — estudia la organización familiar, los nom­bres de persona, geográficos, de cargos y profesiones, la vida doméstica, la indumen­taria, la habitación, la despensa, los viajes, las monedas y los aspectos más salientes de la vida económica, agrícola, industrial y mercantil.

J. Regla

Los Orígenes del Teatro en Italia, Alessandro D’Ancona

[Le origini del teatro in Italia]. Es la obra más estructurada de Alessandro D’Ancona (1835-1914) y una de las más re­presentativas de la erudición histórica de la segunda mitad del siglo XIX. La primera edición es de 1877; la segunda, de 1891.

Después de haber indagado algunas mani­festaciones dramáticas en latín y las nuevas lenguas romances, a comienzos del siglo VIII D’Ancona ve el verdadero origen del dra­ma en las «laudas» en vulgar que florecie­ron en Umbría en el XIII.

Las etapas vienen señaladas por la «devoción» y la «sacra re­presentación», «última forma correcta de la lauda dramática»; expresión francamente italiana, vulgar, popular, sin ninguna dependencia del drama litúrgico latino, como otros sostenían (por ejemplo Monaci, cuyo descubrimiento del drama umbro demostró indirectamente la insuficiencia de la tesis de D’Ancona).

El período de oro de la sacra representación — aproximadamente un siglo — va de Belcari, el primero que le dio una notable elaboración artística, a Cecchi, que la aproximó a la comedia latina, haciéndola entrar en el movimiento del Renacimiento.

Gustando al pueblo y a la vez a la aristocracia, durante el gobierno de Lorenzo el Magnífico atrajo no sola­mente el ingenio de los poetas, sino tam­bién la habilidad y fantasía de escenógrafos y directores. Pero cuando de Florencia y Toscana pasó a otros lugares (Ferrara, Nápoles, Milán), se hizo cada vez más espec­tacular, perdiendo su carácter de verdadero drama, es decir, de acción en verso, que tenía en Florencia.

Las causas de su deca­dencia son literarias (la aparición de la comedia de tipo clásico y de la farsa), po­líticas (debido a la separación de los Médicis del pueblo y la burguesía, que habían producido el género), religiosas (a causa del freno puesto por la autoridad eclesiás­tica, que aspiraba a «unificar la liturgia y, en lo posible, excluir al pueblo de las cere­monias rituales», prefiriendo las inocuas y pueriles dulzonerías del Oratorio jesuítico).

Mérito de la obra es «condensar indagacio­nes y estudios múltiples, rectificando algu­nas incertidumbres y llenando algunos va­cíos»; el «animus» lo da la exaltación de las formas populares y religiosas frente al cla­sicismo, presentado, según un esquema grato a la crítica romántica, como opresor y de­formador de aquellas formas genuinas y honestas.

La obra nos da no la historia de una forma de arte que resume en sus vici­situdes la vida moral de un pueblo en una determinada fase, sino la crónica, siempre algo externa, de una institución teatral; los textos se examinan de un modo erudito aunque sometiéndolos a una crítica que se limita a aplicarles algunos de los criterios más en boga.

G. Marzot