Napoleón o Los Cien Días, Christian Dietrich Grabbe

[Napo­león oder die hundert Tage]. Drama en prosa de Christian Dietrich Grabbe (1801- 1836), publicado en 1831, pero terminado antes de que estallase la revolución de julio; detalle del que el autor se loaba mucho, para hacer resaltar su perspicacia política.

Numerosos acontecimientos habían sido ya previstos por él en esta obra. La primera representación no se efectuó hasta 1895, en Berlín. El verdadero protagonista del drama no es Napoleón, que aparece en unas pocas escenas anecdóticas, sino el pueblo francés, descontento por la inep­titud de Luis XVIII y sus ministros, y presa de un fermento que le hace desear cualquier cambio político que elimine a los Borbones.

La multitud aclama como fu­turo rey de Francia al duque de Orléans, que más tarde reinó como Luis Felipe, y evoca con nostalgia las jornadas de la gran revolución y de la epopeya napoleónica. Cualquier tribuno callejero consigue pro­vocar demostraciones de odio contra la Restauración. Grabbe personifica el estado de ánimo de los bonapartistas en dos ex soldados, Vitry y Chassecoeur, vueltos de las campañas del gran corso y reducidos ahora a la miseria.

Las corrientes más de­magógicas de la revolución del 89 están representadas por el diabólico y cínico tri­buno de la plebe, Jouve, que incita a la multitud con palabras de infernal maldad. Algunas escenas nos llevan a la Corte de Luis XVIII, con su séquito de ineptos y vengativos ex emigrados; la única alma verdaderamente viril es la duquesa de An­gulema, hija de Luis XVI. El mismo Na­poleón sólo aparece en breves escenas per­tenecientes a aquel último período de su carrera; pero en las escenas en que ac­túa, es decir, cuando prepara la huida de Elba y en las batallas de Ligny y de Waterloo, demuestra que sigue estando a la altura de las situaciones.

A las entusias­tas tropas del corso se oponen los ejérci­tos alemanes e ingleses de Blücher y de Wellington, que combaten con igual fe y entusiasmo. Rapidísimamente, el autor trans­porta la acción de uno a otro campo; las, escenas de batalla son las más conseguidas del drama; el combate emociona con su ritmo precipitado entre el remolino de las masas, sobre las cuales destacan las órde­nes de los comandantes.

Las escenas son de una movilidad casi cinematográfica, lo cual durante muchos decenios impidió su representación por las insuperables dificul­tades de montaje. El drama de Grabbe es sin duda el mejor de cuantos se escribie­ron sobre el asunto. Aunque las pocas es­cenas en que aparece Napoleón son muy breves, en su episódica figura se reconoce y advierte la presencia del genio con su «fiebre de actuar» y su «tempestad de ac­ción», y su ocaso se produce en una at­mósfera altamente dramática.

C. Gundolf