[Mémoires de Mr. d’Artagnan, capitaine-lieutenant de la première compagnie des Mousquetaires du Roi, contenant quantité de choses particulières et secrètes qui se sont passées sous le règne de Louis-le-Grand].
Obra en tres volúmenes de cerca de 1.800 páginas, de Gatien Courtil de Sandraz (1647-1712), publicada en 1700, reeditada al año siguiente y de nuevo en 1704. Antes de ser el héroe de los Tres Mosqueteros (v.), de Veinte años después (v.) y del Vizconde de Bragelonne (v.), d’Artagnan (v.) fue un personaje real, y es posible trazar su vida con suficiente precisión, pues no faltan los documentos. En realidad, d’Artagnan, nacido en 1623 en Lupiac, en Gascuña, se llamaba Charles de Batz-Castelmore; el nombre que tomó cuando se dirigió a París para hacer fortuna y que Alexandre Dumas había de hacer famoso, es el nombre de unas tierras pertenecientes a la familia de su madre, que era una Montesquiou-Fézensac. La carrera de las armas para d’Artagnan empezó alrededor de los diecisiete años, y puede decirse que durante más de un cuarto de siglo no las abandonó; así, pasando de batalla en batalla, de asedio en asedio, haciéndose notar cada vez que se presentaba la ocasión, ascendió fácilmente de grado en grado, de modo que le hallamos como lugarteniente de la compañía de los mosqueteros en 1658, capitán, es decir, jefe, de la misma compañía en 1667, brigadier de caballería algunos años más tarde y gobernador de Lille en 1672. Ciertamente hubiese recibido el bastón de mariscal — aquel bastón de mariscal que Dumas le concedió generosamente en la última página del Vizconde de Bragelonne — de no haber muerto en el sitio de Maestricht el 25 de mayo de 1673, dirigiendo un furioso ataque de sus mosqueteros para recobrar una posición conquistada por los holandeses.
Durante toda su vida, d’Artagnan fue un fiel servidor del rey y, como tal, fue empleado en misiones delicadas y secretas, la mayor parte de las cuales, por su misma naturaleza, escapan al control y a las investigaciones del historiador. Es cierto que estuvo varias veces en correspondencia directa con los ministros de Luis XIV, con Mazarino en especial, y con Louvois. Pero algunas de sus cartas, dirigidas a Louvois, nos revelan que, si bien sabía manejar la espada como pocos, era absolutamente incapaz de servirse de la pluma, ni para redactar un breve billete. De hecho sus Memorias son apócrifas, escritas y publicadas un cuarto de siglo después de la muerte del mosquetero, por el fecundísimo polígrafo Courtil de Sandraz. Pero ello no significa que sean del todo falsas: en ellas los hechos verdaderos alternan y se combinan agradablemente con los de pura invención, y se ha observado que aquellos cuya autenticidad está comprobada, son a menudo los más extraordinarios e increíbles. Courtil, antes de ser escritor, había sido soldado, como su héroe. Émile Henriot supone, incluso, que ambos hombres, el mosquetero y su futuro historiador, se conocieron, y que el primero narró al segundo «les événements les plus caractéristiques de sa vie amoureuse, intrigante et guerrière».
Para Alexandre Dumas y para su colaborador Adrien Maquet a quien, como ya es sabido, se debe la primera versión de los Tres mosqueteros, la obra de Courtil fue una mina. En ella no sólo conocieron a d’Artagnan, sino también a sus tres inseparables amigos Athos (v.), Porthos (v.) y Aramis (v.), que también vivieron, vistieron la casaca de los mosqueteros y se llamaron: el primero, Sillégue d’Athos; el segundo, Isaac Portau, y el tercero, Henri d’Aramitz; este último, además, era sobrino del capitán De Tréville, comandante de los mosqueteros, que también era un personaje real. Del libro de Courtil, Dumas extrajo numerosos episodios y adaptó otros. Gatien Courtil de Sandraz está olvidado; todo el mérito de la obra que envuelve el nombre del mosquetero d’Artagnan, le ha tocado en suerte a Dumas. Pero el autor de las Memorias de d’Artagnan es un escritor notable, aunque desordenado. Hay en el libro retratos, como el de la terrible Milady (v.), a los que la pluma suntuosa de Dumas tuvo que añadir muy poco y, en general, los personajes históricos que aparecen en sus ya amarillentas páginas, un Mazarino, un Luis XIII, un Cinq-Mars y así sucesivamente, están vistos con ojos agudos y sin prejuicios que saben captar los rasgos esenciales. Ciertamente, durante páginas y páginas, el asunto tratado resulta monótono y opaco; pero en 1928, una edición parisiense muy recortada de las Memorias de d’Artagnan con un prefacio de Gérard Gailly, demostró que, entre las muchas obras producidas por Courtil durante treinta años de incansable actividad literaria, podrían escogerse muchas páginas vivas y artísticamente meritorias.
C. Giardini

