Memorias Autobiográficas, Giuseppe Garibaldi

[Memorie autobiografiche]. No se trata de una verdadera autobiografía, sino más bien de una evocación de las gestas llevadas a cabo por Giuseppe Garibaldi (1807-1882) en los tres períodos más glo­riosos de su epopeya: la guerra uruguaya y los años 1848-1849 en Italia, las campañas de 1859-1861, y 1866. Fue publicada en 1872.

La narración comienza con una ardiente profesión de fe, en la que, defendiéndose de las acusaciones lanzadas por los parti­darios de Mazzini, Garibaldi reafirma sus sentimientos republicanos, pero al mismo tiempo admite que, dada la preparación es­piritual del pueblo, tan sólo la monarquía se hallaba en condiciones de llevar a la independencia y la unidad italianas. La grandeza de la patria es, realmente, su ins­piración más elevada; esta primera parte, en la que aparecen narradas las empresas juveniles por tierras del Plata, el recuerdo de las tristes condiciones de la servidumbre italiana, el elogio a los valerosos compa­triotas que combatían a su lado y la nos­talgia de la ciudad natal demuestran en qué forma su pensamiento, hasta en la inmensidad de las llanuras americanas, se dirige con creciente intensidad al otro lado del océano, donde maduraban los acontecimien­tos.

Más tarde, a la primera noticia de que ha estallado la primera guerra de la inde­pendencia, Garibaldi corre a ponerse al lado de los piamonteses y, olvidando sus con­vicciones políticas, toma parte en la con­tienda, sin parar mientes en la bandera le­vantada contra los enemigos de Italia. Pero él es hombre de acción, y si esta acción se ve impedida por las redes de la diploma­cia, por las adversas opiniones de los go­bernantes o por los exponentes de los par­tidos, entonces el tono se convierte en agre­sivo, polémico y violento. Así, por ejemplo, contra los mazzinianos, especialmente cuan­do habla de la República romana; así, des­pués de 1859, contra el ministerio Cavour, que él acusa de haberse servido indigna­mente de la popularidad de su nombre en cada ocasión que le era provechosa, y ha­ber obstaculizado, en cambio, la expedi­ción de los Mil. Sin embargo, el rencor no impide al héroe hacer popular en Sicilia a la Casa de Saboya y al rey Víctor Ma­nuel II, hacia el cual demuestra siempre la máxima deferencia. Son omitidos los he­chos dolorosos de 1862, mientras las páginas más conmovedoras son las que describen la esforzada defensa de la República romana y la batalla de Varese, el año 1859.

Gari­baldi desarrolla su relato con sencillez, sin insistir sobre las privaciones y fatigas pro­pias y las de sus soldados; pero el relato se hace más humano cuando el general se despide de los compañeros de armas caídos en el campo de batalla. Así, a propósito de la muerte del capitán De Cristoforis en la Camerlata: «Era joven, modesto como una muchacha; poseía todas las dotes que re­únen los héroes y los grandes capitanes…» De Enrico Cairoli, dice: «Un hijo de la in­comparable madre de Enrico Cairoli, la matrona de Pavía, el más joven de los tres que ella había enviado, cayó combatiendo… Cruza por mi mente todo el amor de esta madre tan buena y tan afectuosa con sus hijos y con los que tenían la suerte de es­tar cerca de ella». Garibaldi demuestra siempre sentimientos caballerosos para el sexo femenino; en todo momento, el tono de sus palabras está penetrado de una de­vota admiración, tanto cuando habla de su Anita, como si se refiere a mujeres halla­das casualmente durante su existencia aven­turera o cuando recuerda la heroica con­tribución de las palermitanas, en 1860. Su madre fue objeto de especial veneración, y con profunda emoción describe el mo­mento en que, perdido en pleno océano Pacífico, había tenido la visión telepática de su madre muerta. Este libro, a pesar de las imperfecciones estilísticas y las inco­rrecciones ortográficas, tiene un gran valor documental.

T. Momigliano