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Hazaña nove­lesca del poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948), publicada en Madrid, en 1929. Esta «hazaña» es una especie de novela, que no es rigurosamente una construcción técnica, sino una serie de episodios heroi­cos, sin más argumento o trama que la vida del personaje. Para evitar desorientaciones sobre su intención constructiva, Huidobro advierte en el prólogo que en los detalles sobre el Cid, a veces, siguió el poema anó­nimo, el Romancero y la Gesta, y en otras ocasiones se ha ceñido a la historia. SegúnHuidobro, el conde Lozano resulta padrino y tutor de Jimena.

Las hijas del Cid ya no se llaman en la «hazaña» Elvira y Sol, sino doña Cristina y doña María. Tampoco se casan con los infantes de Carrión, y no reciben la afrenta de Corpes, que en el poema provoca la ira del Campeador y la acusación en las Cortes de Toledo. Las li­cencias poéticas e históricas de Huidobro se acumulan con desenfado imaginativo, pero no desvirtúan la unidad psicológica de su versión. El o Cid Campeador está conce­bido con amor y con sentido fino del he­roísmo castellano. Es un canto permanente, sostenido, prolongado a la virtud, al honor, a la lealtad, al desinterés. No corresponde a la versión histórica moderna del Cid, a su sentido del dinero, a su afición al oro, a la plata, a las preseas y vestiduras. Esto habría dado la unidad esencial que persi­gue el poeta, sin vacilaciones, sin detenerse en la cara negativa del héroe. Huidobro ensaya en su enredo sus métodos juglares­cos, sus sazonadas recreaciones, sus contra­puntos maliciosos, sus «boutades» típicas. Con todos esos dislocados procedimientos y con sus lagunas indiscutibles, no se pue­de desconocer que se está frente a una obra profundamente española. Hay en el libro una firme y maciza determinación al mantener el enlace dramático y la fideli­dad amorosa del Cid. Es admirable en un genuino rasgo del héroe que participa de la gallardía y del señorío castellanos.

Todo el poema del Cid trasunta la fidelidad del Campeador a doña Jimena, cuya psicología está pintada con rasgos sobrios y maestros. También el escritor chileno ha sido leal con la reiterada idealización que surge del poema, cuando se trata de pintar caracte­res femeninos. Se destaca la distinción ca­balleresca, la fidelidad de los héroes de la primera Edad Media a la mujer de sus pensamientos, la pureza de las hijas, el entraña­do cariño que el Cid derramó como padre y como esposo amantísimo. A medida que se avanza en la lectura de Mío Cid Campea­dor se asimila más cabalmente la severa estampa que, en ese rasgo final, parece muy adecuada a la realidad del héroe castella­no. Mío Cid Campeador fue traducido al inglés en Nueva York, en 1932, con el tí­tulo de Portrait of a Paladín.

R. Latcham