[Istorie della cittá di Firenze). Cuando, después de la primera mitad del siglo XVI, la historiografía italiana empezó a rebajarse al nivel de ejercicio literario y de una descarada exaltación de los príncipes que la mantenían, Iacopo Nardi (1476- 1563) llevó nuevamente a ella la nobleza de intenciones que había inspirado las grandes obras de Maquiavelo y de Guicciardini, consagrando esta obra, que es la mayor de las suyas, a los ideales republicanos de su juventud, a los que había seguido siendo tenazmente fiel aún en la adversa fortuna. Después de mostrar su valor con las armas en la mano, en la heroica defensa de la República florentina, al regresar los Médicis, que le desterraron a Liorna, huyó de su destierro y se retiró a Venecia, para no tener que manchar su nombre con posibles debilidades y no traicionar aquellas austeras enseñanzas que habían exaltado su juventud de ardiente partidario de Savonarola.
En Venecia, pensando de nuevo, y con el alma aún no aplacada, en las vicisitudes de su partido, escribió en diez libros esta historia, que abraza los sucesos exteriores e interiores de la ciudad de Florencia, desde la llegada de Carlos VIII (1494) a la subida al poder de Cosme (1538). Nardi es la última voz que se levanta en defensa de la libertad, definitivamente de baja con la instauración del principado de los Médicis. Hay que creer que no fue la timidez o el temor sino la dificultad de encontrar a un editor valiente como él, lo que impidió al autor publicar su obra; y el que en 1582, después de la muerte del autor, la publicó en Lyon, no se atrevió a darla en su texto íntegro. Hasta 250 años más tarde, cuando las referencias de Foscolo a las Historias empezaron a dar sus frutos, no fue publicada en Florencia la primera edición completa, a cargo de L. Arbib, entre 1838 y 1841. Esta edición de la mayor obra de Nardi, revela cuán imparcial era el autor aun con sus enemigos, y cómo su profundo sentimiento religioso le inspiraba la fe en una justicia divina que dirige la vida de los pueblos y tarde o temprano hace recaer sobre ellos mismos las consecuencias de sus errores y extravíos.
G. Franceschini

