Obra del crítico y erudito español Marcelino Menéndez Pelayo (1856- 1912), publicada en tres volúmenes, en Madrid, 1880-1882 (ya en el año 1876, contando sólo veinte años, el autor había trazado el plan detallado de la misma en la «Revista Europea»), y de nuevo en siete volúmenes en sus Obras completas (I, 1911; los otros, a cargo de sus amigos A. Bonilla y M. Artigas, 1917-1932). La nueva edición va precedida de unas «Advertencias preliminares» del propio autor, interesantes para la historia de su pensamiento y por la parcial revisión a que sometía la obra y los supuestos doctrinales y especialmente psicológicos que la habían inspirado treinta años antes («estos años han sido de renovación casi total en muchas ramas de la Historia eclesiástica»), y especialmente por los nuevos datos que el autor podía añadir y los juicios más acertados que iba emitiendo («los dos ejemplares de mi uso vinieron a quedar literalmente anegados en un piélago de notas y enmiendas»).
De entre todas sus obras, ésta sobre los heterodoxos es la que tiene un más marcado carácter polémico, lleno de entusiasmo y elocuencia, que la convierten asimismo en la más significativa por la explícita profesión de sus ideales católicos y conservadores (que le granjearon la solidaridad de las derechas políticas y el anatema de las izquierdas) y sobre todo por la inquietud intelectual y el iluminado optimismo con que el autor saca a luz espíritus y movimientos por lo demás desconocidos o no tenidos en cuenta. La nobleza y la seriedad con que el escritor abordó su empresa de historiador, que, pese a alguna intemperancia, acabaron por sobreponerse a la preconcebida apología ortodoxa en beneficio de una cultura más liberal, hicieron de la obra un monumento insigne de paciente erudición y de elaborada doctrina. Menéndez Pelayo prefirió al título de Historia de los «herejes» el de Historia de los «heterodoxos» por ser éste más comprensivo: «Todos mis personajes— dice — se parecen en haber sido católicos primero, y haberse apartado luego de las enseñanzas de la Iglesia, en todo o en parte, con protestas de sumisión o sin ellas, para tomar otra religión o para no tomar ninguna». De conformidad con este criterio, su historia comprende: a) Lo que propia y más generalmente se llama herejía, es decir: el error en algún punto dogmático o en varios, pero sin negar, a lo menos, la Revelación; b) La impiedad en sus diversos aspectos de deísmo, naturalismo, panteísmo, ateísmo, etc.; c) Las sectas ocultas e «iluminadas», el culto demoníaco o brujería, los restos idolátricos, las supersticiones fatalistas (judaizantes, moriscos), etc.; d) Y, en fin, las diversas apostasías, «por cuanto, en sentido riguroso, todo hereje es un apóstata».
Parecióle también oportuno al autor incluir aquellas figuras y corrientes que parecían «heterodoxas» sin serlo, y estimó justamente necesario situar toda doctrina o manifestación herética en el ambiente histórico, político, social y literario que le fue propio, y sin el cual no podía justificarse ni apreciarse. Los límites cronológicos de la obra son amplísimos, puesto que van de los orígenes de la Iglesia a la Constitución de 1876 (año en que concibió este vasto proyecto), que establecía la tolerancia religiosa en la vida española (introducida «por voluntad de los legisladores y contra la voluntad del país»; y el inciso revela, si hubiera necesidad de ello, la indignada y combativa convicción del creyente); así, el autor ha podido tratar del pensamiento contemporáneo, en nombre precisamente de la libertad de cultos que se había concedido. Los confines geográficos son asimismo amplísimos, puesto que Menéndez Pelayo considera unitaria e indivisible la historia de toda la Península Ibérica y puede señalar fácilmente los vínculos que unen el pensamiento castellano con el portugués. Por otra parte, consideraba imposible llevar a cabo semejante investigación con una actitud de imparcialidad o de indiferencia religiosa, incompatibles con «una historia de doctrinas y de libros, en que la crítica ha de decidirse necesariamente por el bien o por el mal, por la luz o por las tinieblas, por la verdad o por el error, someterse a un principio, y juzgar con arreglo a él cada uno de los casos particulares».
Esta postura fideísta hace prever la actitud crítica que adoptará el escritor frente a movimientos tales como el Protestantismo (v. Reforma) o el Jansenismo (v.), que la Iglesia ha tenido que combatir trabajosamente; pero al mismo tiempo, gracias a la admirable lucidez intelectual de Menéndez Pelayo, asegura a la Historia de los heterodoxos una sistemática cohesión, enlazando con la única tradición católica, como con un eje de nuestra civilización, movimientos, corrientes y tentativas que de otro modo hubieran quedado desligados y desplazados. Y, con todo, la real y preciosa utilidad de esta obra se revela en el hecho de haber descubierto y reconstruido tan gran caudal de ideas y de trabajo espiritual y en haber re valor izado las más torturadas y secretas experiencias de tantas meditaciones individuales y solitarias, que la incuria o el temor conformista de tiempos anteriores habían relegado al olvido o que el espíritu sectario solía deformar con fines bastardos. Menéndez Pelayo ha recorrido así las más ocultas y difíciles sendas del subsuelo cultural de España, revelando y haciendo resplandecer sus filones de oro. Muchos pensadores aislados, obras que yacían sepultadas en los archivos o todavía inéditas, grandes y pequeñas corrientes de ideas, de fe, de rebelión, de entusiasmo y desilusión, meditaciones de espíritus sutiles y selectos, tentativas audaces o tímidas para abrir nuevos cauces o senderos marginales a la evolución moral y religiosa del hombre, reciben por vez primera o adquieren de nuevo en la «historia» de Menéndez Pelayo su más documentada vitalidad y recuperan su exacto valor en la perspectiva historicoliteraria de España y de Europa.
Y en este fervor suyo, el autor se impone una tarea que trasciende incluso sus mismos objetivos fundamentales: en los dos primeros libros (la obra consta de ocho) traza la «prehistoria» del mundo ibérico y la «historia» anterior a la predicación cristiana (creencias, ritos y supersticiones en la España prehistórica; ritos y cultos de las tribus ibéricas; la colonización fenicia; la conquista romana; las influencias mediterráneas, orientales, célticas); en el libro III considera la introducción del pensamiento islámico y del panteísmo semita en torno a Toledo (Domingo Gundisalvo y Juan Hispalense), aborda las herejías de los cátaros, albigenses y valdenses, deteniéndose con particular atención en las figuras y escuelas de Arnau de Vilanova y de Ramón Llull, elabora un capítulo de curiosidad pseudocientífica sobre las artes mágicas en los siglos VIII-XV y otro sobre el proselitismo judío y la penetración musulmana hasta el establecimiento del Santo Oficio. Con el libro IV, el tema se pone más al rojo y el genio del escritor se hace más sutil y penetrante: el erasmismo español (Alfonso de Valdés) y el erasmismo portugués (Damián de Goes), el protestantismo de Juan de Valdés, los luteranos españoles fuera de España (Juan Díaz, Jaime de Enzinas, Francisco de San Román; Miguel Servet, Alfonso Lingurio), los luteranos de Valladolid, Sevilla y Toledo (con el célebre proceso del arzobispo Bartolomé Carranza).
El libro V está dedicado a las sectas místicas, a los «alumbrados», a Miguel de Molinos y a la reacción ortodoxa; con el VI se abordan los acontecimientos politicorreligiosos del siglo XVIII: el jansenismo, el enciclopedismo, la preponderancia de la cultura francesa. En los libros VII y VIII se estudia el siglo XIX; aquí es donde aparece más deliberada la intransigencia ortodoxa de la obra. Frente a la tradicional perspectiva de una España uniformemente conformista en la que habían ido sumergiéndose y sedimentándose todas las herejías de allende los Alpes, a Menéndez Pelayo corresponde el mérito de haber agitado las aguas más profundas para ver salir de sus profundidades una vegetación rara y delicada que conserva el encanto fascinador de las cosas insólitas y singulares. Y si se tiene en cuenta que la literatura ibérica es en general bastante pobre en experiencias teóricas, se echará de ver todo el valor de estos Heterodoxos, obra a través de la cual el autor redescubría en su nación una participación más real en la cultura y sensibilidad europeas, aunque fuera a través de los peligrosos caminos heréticos.
S. Battaglia

