[Geschichte der russischen Revolution]. Obra del político bolchevique Lev Davydivic Trotzkij (Leiba Broustein, 1879-1932), publicada en Berlín en dos volúmenes: Februar-Revolution (1931) y Oktober-Revolution (1933).
Los primeros capítulos de esta obra los dedica Trotzkij, fiel a su criterio de reconstrucción histórica esencialmente marxista, al estudio de la situación política y social de la Rusia prerrevolucionaria. Los capítulos sucesivos, estrechamente conexos con los primeros, describen su proceso gradual, elemental, y el movimiento casi fatalista gracias al cual las fuerzas sociales rusas por etapas cada vez más progresivas se desarrollan y alcanzan el definitivo equilibrio en la Revolución de Octubre. El primer acto de la revolución del año 1917 son las «Jornadas de Febrero». Cerca de 90.000 obreros, ex soldados de San Petersburgo, se alzan en revuelta, sorprendiendo no sólo a las clases dirigentes empeñadas en la conducción de la guerra, sino también a los cuadros de la organización revolucionaria. Fenómeno que se repetirá varias veces en el curso de los acontecimientos revolucionarios, las masas proletarias muestran, desde las primeras jornadas de revuelta, el querer y el deseo de actuar cada vez más aprisa de lo que imponen la estrategia y la táctica de sus jefes. Y, al mismo tiempo, las masas muestran su fuerza elemental, irrefrenable, y su invencibilidad. Si hubieran sido conscientes, habrían conquistado el poder ocho meses antes. Pero, por otra parte, no había todavía a su cabeza un partido revolucionario fuerte y autorizado. Con todo, aquellos ocho meses fueron dedicados a la educación política y revolucionaria de las masas, y a la formación de una sólida y autorizada guía revolucionaria. Pero las «Jornadas de Febrero», a pesar de ser tan tumultuosas y desorganizadas, deciden la suerte de la monarquía de los Romanof. Falta saber aprovechar el éxito: quien se aprovecha de la revuelta de febrero es la democracia de la pequeña burguesía, pintada con los colores protectores del socialismo.
El contenido concreto del nuevo régimen político salido del equívoco de las «Jornadas de Febrero» es fácil de imaginar. El poder de la autocracia queda con él destrozado para siempre; en su lugar, quedan sólo fuerzas que intentan superar la fluidez de las posiciones políticas cada vez más inciertas, y de los mudables estados de ánimo: de una parte los burgueses y los liberales socializantes, mientras tanto, se habían reorganizado como órganos representativos de los intereses de los obreros y de los soldados de Petrogrado. El índice de la situación política de aquellos días, es la opinión pública burguesa, que ve en Kerensky el héroe central de la Revolución. El problema político vino a plantearse en los términos siguientes: o la burguesía se apoderaba de la vieja máquina estatal, renovándola para sus propios fines, o los soviets se colocaban como fundamento de un nuevo Estado, liquidando no sólo la antigua máquina, sino también el dominio de aquellas clases a las que había servido. La diarquía reproduce, en forma no menos drástica que antes, la íntima incompatibilidad de las diversas fuerzas políticas rusas. En abril, los soldados de la guarnición y los obreros de las fábricas de Petrogrado, insatisfechos de la política general del Gobierno Provisional y, lo que es más, indignados por las aspiraciones imperialistas de la política extranjera (anexión de Constantinopla), bajan a las calles de Petrogrado sin esperar la llamada de los órganos revolucionarios dirigentes.
La demostración armada constituye un éxito evidente. Miljukov, jefe de la política imperialista rusa, es sacrificado; representantes de los soviets entran a formar parte del Gobierno Provisional: la diarquía es introducida en el interior del órgano supremo del régimen. Sin embargo, ninguno de los más graves problemas que están a la orden del día de la nación queda resuelto; y no sólo esto, sino que en junio, el Gobierno de coalición infringe el armisticio que se ha establecido de hecho en el frente, permite al mando del ejército dejar las tropas a la ofensiva e inflige de este modo un golpe decisivo. El espíritu de revuelta ha penetrado ya también en el corazón de los soldados, en el frente; en gran parte campesinos, para ellos el problema de la tierra está inmediatamente ligado al de la paz. ¿Qué haré yo, razonaba en el frente, el campesino ruso vestido de soldado, de la tierra que me ha regalado la revolución cuando esté muerto? El sentido de revuelta, despertado en los soldados del frente condicionaba «la fase preparatoria inmediata de la segunda revolución». El Gobierno intenta recurrir a soluciones extremas; persigue toda acción revolucionaria como traición a la Patria y ayuda al enemigo. Los bolcheviques ya constituidos en sólido partido después de la llegada a Rusia de los jefes desterrados Lenin, Trotzkij, Zinoviev, Kamenev — por consideraciones tácticas, contienen en los obreros y los soldados toda manifestación revolucionaria. Pero el movimiento de las masas, una vez más anticipándose a los cálculos de los estados mayores revolucionarios, es «irresistible y general». Los obreros y los soldados de la guarnición de Petrogrado resultan ser los dueños exclusivos de la situación. Pero es un triunfo de poca duración. «La ofensiva se rompió contra la insuficiente preparación de la provincia y del frente». De la coalición de las fuerzas adversas en el Gobierno Provisional podían obtenerse, dice Trotzkij, dos posibilidades: la reacción zarista disfrazada de revolución democrática, o bien un ulterior y definitivo impulso hacia la revolución bolchevique.
En las «Jornadas de Julio», a pesar de la atmósfera extremadamente candente en los ambientes proletarios de Petrogrado, se manifiesta la primera posibilidad. La reacción, reforzada por el apoyo de algunas unidades del ejército «fieles», intenta la ofensiva y consigue imponerse a los bolcheviques, los cuales, acusados de inteligencia con el enemigo, son «privados del fuego y del agua»; sus organizaciones sociales son disueltas, Trotzkij es detenido, y Lenin y los demás jefes reducidos a la vida de conspiradores. Julio es «el mes de la gran calumnia». Los regimientos más revolucionarios son alejados de Petrogrado; formaciones de oficiales, expresamente escogidos, «junker» y destacamentos cosacos, son concentrados y lanzados contra la capital. «Pues bien, la conjura, que parecía protegida por los dioses en persona, apenas chocó con el pueblo revolucionario se hizo polvo inmediatamente». El jefe supremo, Kornilov, levanta una sedición contra la revolución, bajo las apariencias de una campaña contra los bolcheviques. Como antes de la revolución todos los aspectos de oposición legal se cubrían con el patriotismo, esto es, con la necesidad de la lucha contra los alemanes, ahora, después de la revolución, todos los aspectos de contrarrevolución legal se cubren con la necesidad de la lucha contra los bolcheviques. Kornilov gozaba del apoyo de las clases pudientes y del partido de éstas. Esto no impedía, antes por el contrario contribuía a ello, que «las tropas dirigidas por Kornilov contra Petrogrado fuesen vencidas sin lucha, capitulasen sin un encuentro y se evaporasen como una gota de agua echada sobre un hornillo encendido». El final de la aventura de Kornilov y el equívoco ya aclarado — para la sensibilidad de las masas, de la revolución democrática de Kerensky, determinaron el naufragio de las últimas esperanzas de los burgueses «conciliacionistas» y la corriente de un nuevo ímpetu en las filas de los bolcheviques. Si las «Jornadas de Julio» muestran la potencia del movimiento espontáneo de las masas, las «Jornadas de Agosto» dejan al desnudo la completa impotencia del Gobierno Provisional y del mando supremo del ejército.
Esta correlación anuncia la inevitabilidad de un nuevo choque y la victoria final de octubre, y en realidad, después del pronunciamiento de Kornilov y su inglorioso naufragio, las masas se vuelven impetuosa y definitivamente hacia los bolcheviques. Los meses de agosto y septiembre señalan el progresivo robustecimiento del partido bolchevique: los obreros de las fábricas de Petrogrado perfeccionan, después de la instructiva experiencia de las infaustas «Jornadas de Julio», su organización; los regimientos de la guarnición demuestran cada vez más querer depender no del Gobierno Provisional, sino del Soviet de Petrogrado; los soldados del frente, ante la perspectiva de una nueva campaña invernal, apoyan incondicionalmente a los bolcheviques. La situación madura rápidamente. Las «Jornadas de Octubre» sancionan con un decisivo extremo acto de fuerza el triunfo del bolchevismo. Los últimos capítulos de la obra están dedicados al triunfo de la Revolución y a la exaltación de Lenin, el solitario, «el hombre que sale del subsuelo» como plasmado en lo vivo del alma y de la naturaleza rusa. Desde el 25 de octubre, Lenin se pone a la cabeza de Rusia: le rodea un estado mayor de colaboradores, que se habían formado en su escuela y habían vivido con él todas las vicisitudes de la revolución.
E. Pací

