[Storia d’Italia dal 1871 al 1915]. Obra de Benedetto Croce (1866-1952), publicada en Bari, en 1928. Cierta unidad espiritual entre las gentes encerradas en la península italiana preexistía a la unidad política, y puede decirse que a diferencia de lo ocurrido en Francia, por ejemplo, donde el Estado produjo la formación de la nación, en Italia la nación ha sido el factor determinante y decisivo del Estado unitario. La unidad alcanzada pareció la obra de una reducida aristocracia y precaria la existencia del nuevo Estado. Decepciones y sacrificios gravísimos fueron el precio de su consolidación. Cuando, con la caída de la «Derecha», pareció que terminaba el período heroico del Risorgimento y que inesperadamente declinaba el alto fervor moral que lo había inspirado y dirigido, en la mediocridad de los nuevos dirigentes, precisamente entonces se consolidaron definitivamente las posiciones alcanzadas. La obra de la «Izquierda» fue sólo, si bien se mira, la continuación, con mayor base de aceptación, de la política liberal instaurada por Cavour. Bastó que los que se declaraban republicanos y socialistas entrasen en el engranaje de los parlamentos y aceptasen lealmente el método de la vida democrática para que se hiciesen liberales como los demás. A los hombres de la «Izquierda» les corresponde el mérito de haber ampliado con las nuevas leyes electorales la base de consentimiento necesaria para una vida más plena del Estado.
El gobierno centralizado demostró ser, con todos sus defectos, el más conveniente para un país donde los municipalismos eran todavía tan vivos y tan turbia la vida provincial de algunas regiones. Se alcanza con heroicos sacrificios el equilibrio pretendido, precisamente porque querían dar a sí mismos y al mundo la prueba de que Italia se había formado por virtud intrínseca y no por la habilidad de unos pocos ni por suerte política. El ejército reveló ser instrumento precioso para reforzar la conseguida unidad, con el sistema del reclutamiento nacional. Las líneas férreas en continuo incremento crearon ligámenes económicos y espirituales más estrechos entre las diversas regiones. Toda Italia se asomaba a Europa y se convertía en factor no despreciable de la civilización de aquélla. Precisamente de Italia, entre 1890 y 1910, partía el vasto movimiento de renovación, en el campo de la estética y de las disciplinas historicopolíticas, que había de conquistar rápidamente a Europa y al mundo anglosajón en particular. Entonces Italia sumió en el círculo vital de su cultura todos los independientes movimientos ideales de su Risorgimento y descubrió el origen de los mismos en el pensamiento de Vico.
Y en la educación que efectuaba de su pueblo, mediante las instituciones libres, dio una irrefutable prueba de la perenne vitalidad del liberalismo, no como partido político, sino como la forma más alta de la cultura moderna. Historia pensada y escrita en un período de aprensión totalitaria, suena como nostálgica evocación y como enérgica incitación a una agitación para reconquistar la libertad y la responsabilidad que es el verdadero fundamento de toda vida eticopolítica. Historia que no se basa en la sucesión de ministerios ni demás hechos extrínsecos, sino que busca la razón íntima de los acontecimientos en la vida moral de un pueblo y considera «el verdadero movimiento y el verdadero drama en las inteligencias y en los corazones».
G. Franceschini

