Obra de Carlo Botta (1776-1837), publicada en París en 1809, y revisada en Milán, en 1819. Un copioso material que le había proporcionado Lafayette (cartas topográficas, diarios, opúsculos americanos, ingleses y franceses), conversaciones mantenidas con testigos oculares, proporcionaron a Botta el material de los catorce libros de su historia. Escogido aquel tema por capricho de literato, era natural que la obra del historiador se resintiese de ello, hasta el punto de parecer pobre de significado y anacrónica con respecto al progreso conseguido en los estudios históricos de su tiempo. Botta, sin embargo, restauraba, en el purismo de la forma, valores nacionales en oposición al abstracto cosmopolitismo del siglo que moría; por esto agradó su obra y suscitó entusiasmo, a pesar de cierto carácter retórico derivado de la historiografía humanística que él intentaba restaurar. Porque en la obra de Botta «el fin moralizador está presente no sólo en los detalles, sino en el plan general de la obra, que es una especie de alegoría, en la cual los revolucionarios de América son presentados como reproche para los revolucionarios franceses, y J. Washington como vituperio hacia Napoleón, tan aborrecido por Botta» (Croce).
G. Franceschini

