El Ruedo Ibérico, Ramón del Valle-Inclán

Ciclo novelístico histórico, de carácter marcadamente satíri­co, publicado en 1927 por Ramón del Valle-Inclán (1869-1936), dividido en dos nove­las: La Corte de los milagros y ¡Viva mi dueño!, que constan de nueve libros cada una. La acción transcurre en la corte de Isabel II de España, y sus personajes son descritos con regocijo. En La Corte de los milagros, el papa Pío IX distingue a la reina con la Rosa de Oro, y Valle- Inclán se introduce en palacio para ridicu­lizar la ceremonia y sus actores (Narváez, el padre Claret…).

Surgen más tarde las intrigas y tertulias cortesanas, las represen­taciones de las «comedias lloronas del fi­gurón cabezudo» (López de Ayala), el Café Suizo y su cenáculo de noctámbulos. Todo ello es presentado a través de la vida social de la noble familia Torre-Mellada, en la cual se centra Valle-Inclán hasta el final de esta primera novela. Gonzalón, hijo del marqués de Torre-Mellada, y sus amigos, entre ellos Adolfito Bonifaz, joven con el cual la reina «ha estado diferentísima», defenestran durante una de sus juergas a un guardia, que resulta muerto. El joven Gonzalón y Adolfito huyen a Los Carvajales, coto de los Torre-Mellada, al tiempo que en Madrid crece la inquietud política, a causa de la grave enfermedad de Narváez. El marqués, por sugerencia de González Bravo, decide pasar unos días en Los Carvajales, y anuncia su marcha en el tren nocturno de Andalucía, en compañía de su esposa y de Feliche, hermana de Adolfito: «Lo he leído en Los Ecos de Asmodeo». Los viajes en ferrocarril sirven para dar a conocer el ambiente social me­diante la presentación de tipos: un picaro que viaja sin pagar, la pareja de la Guar­dia civil, que lo persigue a tiros, un súb­dito inglés, un cura y su ama, un garro- chista, un coronel veterano de Cuba…

Con la llegada de los marqueses al coto, la ac­ción se centra, durante largo período de la obra, en una partida de «caballistas» (cua­treros), que tienen su madriguera en Los Carvajales, y que están encubiertos por Se­gismundo, administrador del marqués, y por el tío Blas de Juanes, cachicán del coto. Los «caballistas» han apresado a un joven noble, por el cual piden rescate. Pero son denunciados por el gobernador de Córdoba y perseguidos por la Guardia civil, que prende a un cómplice tullido. Mientras lo conducen, atado a un rucio, salen al paso de la pareja algunos cuatreros. Los guar­dias matan al tullido al verse atacados: «el Baldado» ya no podrá descubrirles. Por otro lado, la estancia plácida del marqués en su coto es interrumpida al ser reque­rido en Madrid, junto con Adolfito Bonifaz. A su llegada a la corte sostiene una con­versación con el ministro González Bravo sobre el porvenir político de Adolfito y la posibilidad de que éste, propuesto por la reina, ocupe un cargo en la Alta Servi­dumbre. Muere Narváez, «el Espadón», de­jando a la reina en la incertidumbre de designar nuevo ministro.

Isabel II acude al convento de las Madres de Jesús para pedir consejo a la «bendita madre Sor Patrocinio», que hace una de sus aparicio­nes milagrosas en Palacio para decidir el nombramiento. «El lego y el frailucho droláticos habían sido los maestros humanísti­cos en aquella corte de Licencias y Mila­gros». ¡Viva mi dueño!, la otra novela, se abre con la efervescencia de múltiples intrigas* El consejo de ministros, presidido por González Bravo, inicia una represión dura. Pintorescos desterrados conspiran, en Hendaya, en París (progresistas), en Lon­dres (Prim, el soldado de África), partida­rios de la Unión Ibérica, de los duques de Montpensier… «Cúmplase la voluntad na­cional». En Madrid, la corte entera acude al Teatro de los Bufos. Un opulento cubano ha llegado con instrucciones de Prim. Gon­zalón Torre-Mellada ha tenido un espec­tacular vómito de sangre. Consternación en la alta sociedad. Reposo en Los Carva­jales, preceptivo. Prim garantiza la trata en Las Antillas. El cubano escapa de Ma­drid y se refugia en el desván de las Trinitarias, en Córdoba. Le preparan la fuga: huye por el tejado y por la casa contigua, donde vive una coronela con siete hijas. Fernández Vallín, el cubano, disfrazado de pordiosero, tiene que habérselas por el ca­mino con los que descubren su ficción. Mientras tanto, en Madrid se reúnen las Cortes. La reina nombra dos nuevos capi­tanes generales, y reconoce al príncipe Luis de Borbón.

Descontento. Se avecina la boda de la princesa con el conde Girgenti. Torre-Mellada anuncia el «Herradero», en el cual la reina desea que se distraigan al­gunos personajes. Se prepara la fiesta en Solana del Maestre: toreros de tres al cuar­to, gitanos, señoritos de Madrid, bandoleros retirados. Durante la capea en el Compás de Los Verdes, se arma una pelea en el coso. Resulta muerto un gitano y algo he­rido Adolfito Bonifaz. Lo acogen en casa del vicario. Seduce a la sobrina y tiene que escapar ante la escopeta del tío. De vuelta a Madrid los señoritos, diecinueve genera­les se citan en El Pardo para protestar por los últimos nombramientos de la reina. Puede ser el inicio de la revolución. Los alabarderos de palacio esperan la llegada de «La parada de Marte». Pero ésta se di­suelve sin más, en el despacho de Ulloa. El Gobierno multa por difamación a «El baluarte del Betis», periódico liberal, anun­ciando que el cubano ha sido detenido en Irún, aunque el cubano está en Córdoba, en espera de pasar a Gibraltar. El vicario de Los Verdes se pasa sin condiciones a los revolucionarios. En la corte, el nuncio ha­bla con la reina, su confesor y la madre Patrocinio: una comprometedora carta de la reina al papa ha caído en manos de los «carbonarios». Acuden los duques de Montpensier a las bodas de la infanta. Toros. El prometido, alarmado por la carta intercep­tada; la reina deshereda a sus hijos. En Londres: Prim, partidario de don Carlos; Cabrera, de don Juan. Don Juan de Bor­bón notifica al marqués de Bradomín la cesión de sus derechos. El Gobierno de Madrid, en un telegrama circular, publica el descubrimiento de un complot y la ex­pulsión de los duques de Montpensier. «Y la Niña, todas las noches quedándose a dormir por las afueras».

R. Jordana