Crónica del Condestable Iranzo, Anónimo

Obra anónima del siglo XIV, no publicada hasta el año 1855 — forma el tomo VIII del «Memorial Histórico Español» —. Ha sido atribuida, sin fundamento, a un secretario del personaje, Juan de Olí o de Olid; con más base, a Pedro de Escavias, alcaide de Andújar; a Luis del Castillo, jurado de Jaén, como colaborador, por lo menos, de la obra. Sólo puede conjeturarse en tanto no aparezca un testimonio seguro, que la compuso alguien muy afín a Iranzo, por la adhesión que el autor le muestra y el mi­nucioso conocimiento de su vida particular. Enrique IV ennobleció a Lucas, «levantado del estiércol», en 1455, y en 1458, en una sola ceremonia, le hizo barón, conde y con­destable— jefe supremo del ejército — de Castilla. Puede fácilmente adivinarse los ce­los que tan rápido encumbramiento desde la nada despertarían. Lo cierto es que al año siguiente el Condestable se aparta de la corte y se sitúa en Jaén, de que era al­caide, donde reside hasta su muerte (1473).

El relato del cronista, iniciado en 1458, se detiene, inesperadamente, en 1471. ¿Puede pensarse que prefirió omitir esos dos años postreros, hurtando así el trágico desenlace que desentonaba con el tono lisonjero de la obra? La suerte de Iranzo, en efecto, se agravó hasta el punto de ser odioso a los mismos que antes le defendieron contra sus enemigos y morir asesinado en una revuel­ta. Hasta entonces fue su vida la existencia fastuosa de un noble en su «Estado» y la minuciosa reseña de ella es lo más peculiar de esta obra. En tal aspecto — relación de fiestas, noticia de costumbres, vestidos, man­jares…— es una copiosa mina de informa­ción. Pero también se extiende, claro es, a cuanto atañe a la actividad pública de Lu­cas, las guerras que por sí emprendía con­tra los moros, etc., así como á sus rela­ciones con la corte. Es, en una palabra, una pintura muy viva de política local, de las condiciones en que se desenvolvía un tro­zo del reino lo bastante alejado del centro de la monarquía para tener cierta soltura de movimientos. Han podido hacerse muy interesantes consideraciones sobre lo que nos enseña de la fermentación política que se acusa en aquel período tan importante, en que se empezaba a fraguar una nueva España. Como fuente histórica debe contarse entre la historiografía favorable a Enrique IV. El autor acudió repetidamente a documentos y muestra instinto y agudeza de historiador. Escribe sin adobo literario.

B. Sánchez Alonso