Crónica Anglosajona, Plegmund, arzobispo de Canterbury

[Anglo-Saxon Chronicle]. Exposición de los acontecimien­tos ocurridos desde el desembarco de César a 1154, año de la muerte del rey normando Esteban. Las tres copias principales, se conocen con los nombres de Winchester Annals, que llegan hasta el 1070, continua­dos después en latín; Worcester Annals, has­ta el 1079, y Peterborough Annals, que re­cogen los textos precedentes y completan la obra. El primer período no es más que un catálogo de nacimientos y muertes de reyes y obispos, conservado en Wessex y compi­lado, según una tradición, por Plegmund, arzobispo de Canterbury. El valor histórico de la parte que se refiere a las invasiones y anterior a la introducción del Cristianismo (449-596) es muy discutible, por las leyen­das y contradicciones evidentes. Después el tema se amplía considerablemente, y en­contramos, por ejemplo, la historia del trá­gico asesinato del rey Cynewulf del Wes­sex (fijada en 775 en lugar de 784, que es la fecha real) narrada con bárbaro brío y tan minuciosa y detalladamente, que hace suponer que el escritor fuera contemporáneo del hecho. Pero la Crónica sólo adquiere verdadera importancia y dignidad de histo­ria nacional en tiempos del rey Alfredo, quien ordenó rehacerla sirviéndose de va­rias fuentes, particularmente del venerable Beda, quien dirigió la compilación en la que seguramente trabajó él mismo, al me­nos durante el período de su gobierno.

De muchacho, Alfredo había sido enviado a Roma por su padre Aethelwulf para que se instruyera, pues el papa León IV le ha­bía predicho que ocuparía el trono, aunque era el menor de cuatro hermanos. Muertos los dos mayores, el tercero, Aethelred I (866-871) tomó el trono en una situación gravísima; los wikings, piratas paganos da­neses y noruegos que en el 787 y 793 habían aparecido fugazmente por la costa, volvie­ron luego en gran número, saqueando con­ventos, asesinando monjes, dispersando la población, de modo que el rico y culto país de Nortumbria se convirtió en un desierto; después, construyendo fortalezas de empa­lizadas en los promontorios, vinieron con verdaderos ejércitos a conquistar el país. En el 871, ocupada la Nortumbria, devas­tada la Mercia y formada la «Gran Arma­da» bajo la guía de dos reyes, invadieron el Wessex. El rey Aethelred y el «etheling» (príncipe) Alfredo, su hermano de 18 años, resistieron fieramente, pero por fin el pri­mero fue muerto en la batalla y Alfredo, ya rey (871-901) sólo pagando rescate ob­tuvo la paz. Los wikings, entretanto, una vez sometida la Mercia, fundaron las his­tóricas «Cinco ciudades» de Derby, Stamford, Leicester, Lincoln y Nottingham, des­pués asaltaron de nuevo el Wessex (876), bajo la guía del rey Guthrum y de Hubba, y la lucha violentísima duró dos años (877- 878). El territorio fue invadido, Londres y Winchester devastadas, y Alfredo, duramen­te derrotado, se refugió en los lagos de Somerset.

De este período es la notable anéc­dota del rey que, sin que le reconocieran, pidió hospitalidad a una pobre mujer, que a su vez le encargó vigilar la cochura de una hogaza y que le vituperó luego por haberla dejado quemar. Pero los sajones se rebelaron, matando a Hubba, y Alfredo obligó entonces a Guthrum a retirarse den­tro de su fortaleza empalizada, donde obli­gado por el hambre hubo de solicitar la paz. Alfredo, generoso y prudente, concedió a los daneses el Danelagh, casi la mitad de la isla, a cambio de que se hiciesen cristia­nos y reconocieran su autoridad real. El cristianismo facilitó bastante la fusión de ambos pueblos. La obra de Alfredo fue im­portante también para la paz; los «thegn» (nobles) revoltosos, fueron sometidos, las condiciones del pueblo mejoraron, se die­ron excelentes leyes y se difundió la cultu­ra. Su hijo, Eadweard el Viejo (901-925), gobernó también con sabiduría y tuvo la eficaz ayuda de su intrépida hermana Aethelflaed que, sustituyendo a su marido, muerto cuando mandaba las tropas de la Mercia, contribuyó en mucho a la conquista de las «cinco ciudades» danesas. Después de la muerte de Eadweard, precisamente en el período de mayor prosperidad y gloria militar (925-975), la Crónica vuelve a ser seca y árida. No falta, sin embargo, algún episodio interesante para el estudio de las costumbres, y algún trozo poético, inser­tado por el autor o el compilador, como La batalla de Brunanburh (v.), que tiene verdadero valor literario.

Característica es la narración de la muerte en pendencia del fuerte rey Eadmund (946), apuñalado du­rante un banquete por el bandido Leofa, que se había introducido descaradamente en la sala y al que el rey, indignado, había querido prender con sus propias manos agarrándolo por sus largos cabellos. Interesan­te es también la gran figura de San Dunstan, benedictino, severo reformador de los conventos, hábil y enérgico consejero y tu­tor de varios soberanos. De nuevo la Cró­nica vuelve a ser amplia y completa, con forma artística, cuando llegan los días tris­tes para los descendientes de Alfredo. A la muerte del óptimo rey Eadgar (975) le su­cede Eadweard el Joven, llamado el Mártir, asesinado por su madrastra, que colocó en el trono a su pésimo hijo Aethelred II «the Redeless» (el Mal aconsejado). San Dunstan fue arrojado de la corte y el rey, dé­bil, cayó en manos de los peores cortesanos. En los desórdenes que siguieron, la nobleza («ealdormanry») se hizo casi independiente y los wikings, aprovechando la debilidad del estado, repitieron con mayor éxito las gestas de un siglo atrás. El rey se vio obli­gado a pagar el «danegelt» (tributo a los daneses), pero no por eso obtuvo la paz, sino que los depredadores desembarcaron cada vez en mayor número. Mal aconse­jado, el rey recurrió a la traición: estipuló con los daneses una tregua durante la cual dio de improviso orden de asesinarlos (Saint Brice’s Day, 13 de noviembre de 1002).

Swegen, rey de Dinamarca, juró venganza y fue con un poderoso ejército. Eadric Streona, llamado «the Grasper» (el ávi­do), innoble figura de advenedizo, aun debiéndoselo todo al rey, le traicionó, y tras haberle obligado a huir a Normandía, in­dujo al «Witan» (asamblea) a reconocer como soberano al danés Swegen. La Crónica prosigue con el segundo rey danés Canuto, del que recuerda el noble proceder para con sus nuevos súbditos, y así hasta la conquis­ta normanda, precisamente hasta la muerte del cuarto soberano, Esteban (1154), termi­nando con las luchas civiles entre el par­tido de Esteban y el de Matilde. La obra es importantísima desde el punto de vista li­terario, porque inicia y concluye la prosa anglosajona. Adquiere forma verdaderamen­te artística en el período al que se atribuye la compilación del rey Alfredo, figura mag­nífica de príncipe sabio y docto que difun­dió la cultura entre su pueblo, traduciendo del latín las obras más importantes y com­pilando él mismo los manuales más nece­sarios. Desde el punto de vista histórico, la Crónica, valorada diversamente según las épocas, constituye un documento de gran importancia, siendo, para muchos períodos, la única fuente existente para la historia del pueblo anglosajón. Trad. italiana par­cial de L. Viglione (Pavía, 1922).

G. Lupi