Correspondencia de Claudel y Gide, Robert Mallet

Esta Correspondencia, reunida, pro­logada y anotada por Robert Mallet, vio la luz en 1949. Consta de 167 cartas: 46 de André Gide (1869-1951) y 121 de Paul Claudel (1868-1955), escritas entre 1899 y 1926. El número más restringido de cartas co­rrespondiente a Gide se explica perfecta­mente. Aparte de que en el curso del terre­moto de Tokio en 1923, Claudel perdiese parte de sus archivos, éste solía escribir con más frecuencia y amplitud que André Gide, que, como él mismo reconocía, no era un buen corresponsal «a causa de la con­fusión que provocan en mí cada una de sus cartas», le informaba a Claudel, sin que este argumento le librase de reproches por sus largos silencios.

Estas cartas nos retro­traen a la historia de una conversión frus­trada. En el año 1899, en casa de Marcel Schwob, ambos escritores traban conoci­miento. Por entonces, Gide acaba de enviarle a Claudel su Prometeo mal encade­nado y su Filoctetes. La vida siempre ope­rante de Claudel hizo posible esta Corres­pondencia. A menudo, lo que Gide no osa­ba o no quería decir a su «catequizador», lo confiaba a su Diario. Tras su entrevis­ta con Claudel, en noviembre de 1905, Gide cree descubrir en él un cierto «aire de martillo pilón». Analiza su actitud frente a su colega y le escribe: «Tal vez me ha preocupado demasiado defenderme y no he podido responder a sus insinuaciones más que a medias». Claudel quiere convencerle a toda costa, incluso a costa de pasar por «un fanático», mientras Gide aspira a protegerse y defender su independencia in­telectual. Pero Claudel no ceja y siempre vuelve a la carga: « ¿Por qué no se con­vierte?», le pregunta tercamente, una y otra vez, y, antes de partir para el Extremo Oriente le deja un Compendio de la doc­trina cristiana. A Gide no deja de afectarle en cierto modo el auténtico interés que por su persona revela la conducta de su amigo; no obstante, cada vez que se le presenta ocasión se apresura a declarar que todavía no se siente convertido.

Poco tiempo des­pués de la publicación de La vuelta del hijo pródigo que desencadenó la cólera de Francis Jammes, Gide escribía a Christian Beck; «Quizá no sepa usted que Clau­del, después de haber encontrado en Jam­mes una oveja fácil de manejar, ha queri­do emprenderla a su vez conmigo, o, dicho en otras palabras, que trata de convertirme». Claudel tenía conciencia de la irrita­ción que su proselitismo podía despertar en el ánimo de Gide y le escribe excusándose: «Siempre tengo miedo de que inte­rrumpa usted nuestra correspondencia.» La aparición, en 1909, de La puerta estrecha (v.) brinda una nueva ocasión para el diálogo. Gide critica el estado de reposo a que se inclina el catolicismo y Claudel le replica que, por el contrario, el catoli­cismo supone un combate perpetuo; des­pués, con motivo de la muerte de Charles- Louis Philippe, autor de Bubu de Montparnasse (v.), que trataba de convertirse, vuel­ve a la carga: «Me reprocho no ser todavía lo suficiente fanático y proselitista.» Un año transcurre antes de que Claudel entone su Magníficat con motivo de la Navidad: «Mañana comulgaré… ¡De qué inmensas alegrías se ve usted privado!» Claudel bus­ca, al parecer, pulsar en la sensibilidad de su amigo.

Durante el año 1911, parece haberse soslayado el candente tema, pero bruscamente, finalizando el año, la conver­sión al catolicismo de una cuñada de Gide hace que florezcan las esperanzas de Clau­del: «La noticia de esa conversión, en su familia, me emociona profundamente. ¿Cuándo la suya, querido amigo?» De nuevo Claudel asedia a Gide, presionándole a adherirse «a algo tan inmenso como la bó­veda celeste, donde hasta el propio océano tiene su sitio para moverse». Porque, para él, permanecer incrédulo es «disponer sólo de un mundo estrecho, amputado en su mi­tad». Pero Gide argumenta que no puede abandonar el protestantismo en honor a la fidelidad debida a sus padres y antepasa­dos, a quienes ha visto vivir en «una comu­nión con Dios tan constante, sonriente y bella…». Claudel intenta entrevistarse con Gide a fin de tener con él una conversación decisiva: «Preciso será que charlemos uno de estos días como esos personajes de Dostoievski, que cambian tales confidencias que al día siguiente ya ni osan mirarse, sintiéndose presos de un recíproco odio mortal». Con motivo de una polémica que le enfren­ta a los católicos poco cristianos, Gide es­cribe a Claudel informándole de la aver­sión que siente por todos los «que se sir­ven del crucifijo como de una maza que descargan sobre la cabeza de sus semejan­tes». Claudel le contesta brutalmente: «No es con las pajas que se encuentran en el ojo del prójimo como se construye la casa de Dios, sino con las vigas sacadas del su­yo» (15-1-1912). Gide parece cansado de este diálogo: «Me gustaría no haber cono­cido jamás a Claudel — escribe en su Diario —; su amistad pesa sobre mi pensa­miento y le fuerza y le molesta.»

Cuando en 1914, se publican Las cavas del Vatica­no (v.), el drama estalla con motivo de las «costumbres repulsivas» a las que Gide hace alusión. Claudel le conmina a explicarse y Gide argumenta que él no tiene nada que explicar, porque «le responda o no le res­ponda, presiento que de todas formas usted me juzgaría mal». No obstante, le escribe con franqueza y como si se dirigiese a un sacerdote. Pero su cansancio se agudiza: «A veces incluso me gustaría que usted me traicionase, porque entonces me sentiría liberado de mi estima por usted y por todo lo que usted representa a mis ojos y que tan a menudo me frena y me molesta.» Claudel le pide que suprima el pasaje in­criminado y Gide rehúsa hacerlo: «No me pida ni maquillaje ni compromiso, si no quiere que le estime menos.» El libro apa­rece sin expurgar y el silencio se ensan­cha separando a los amigos. Diez años más tarde, con ocasión de la aparición de Numquid et tu (v.), Claudel escribe largamente a Gide: «Me parece que en estos diez años su camino está ya tan próximo al gran va­lle de la humildad como el mío.» En mayo de 1925, sabiendo que es inminente el en­cuentro con Claudel a su paso por París, Gide no puede evitar escribirle: «Ansió volverle a ver… y tengo miedo de usted, Clau­del.» Después de la entrevista, Claudel es­cribirá al final de la carta recibida de Gide: «Larga y solemne conversación. Me ha con­fesado que su inquietud religiosa ya no existe. La faceta goethiana de su carácter ha triunfado sobre la cristiana.»

Por su parte, Gide, no sin cierta ironía, también registra la entrevista en su Diario, para acabar diciendo: «Ante Claudel sólo poseo conciencia de mis faltas; me domina, me aniquila; posee demasiada personalidad y más salud, dinero, genio; pujanza, fe, etc., que yo. Ante él sólo pienso en hilar del­gado.» En su última carta a Gide (25-7- 1926), Claudel declara: «Usted es el que se arriesga, el actor y el teatro de una gran lucha cuyo desenlace me es imposi­ble prever.» Algunos años más tarde, refiriéndose a Claudel, Gide escribirá en su Diario (diciembre, 1931): «Le estimo. Y le quiero así: dictando su lección a los cató­licos transigentes, tibios, que buscan la com­ponenda, el pacto. Podemos, pues, admitirle, admirarle, y él está en su papel escupiéndonos. En cuanto a mí, prefiero verme escupido a escupir.» Esta Correspondencia se nos aparece especialmente reveladora del temperamento de ambos escritores. La vio­lencia profética de Claudel, «ese católico de glóbulos rojos», jamás logrará hacer me­lla en la intransigente necesidad de liber­tad espiritual que reclama Gide. Claudel no puede juzgar a las ideas y a los hom­bres fuera del marco de sus íntimas con­vicciones religiosas. Está dotado de genio, pero, por naturaleza, es incapaz de impar­cialidad. Aspira a salvar a las almas, in­cluso a pesar de ellas mismas, y condena y desprecia cualquier obra que sólo se cen­tre en el hombre escueto. Por eso ni Montaigne, ni Rousseau, ni Kant, ni Nietzsche encontrarán disculpa a sus ojos.

Por otra parte, poca simpatía más despiertan en él los católicos más modernos; y Péguy y Unamuno, por ejemplo, apenas le interesan. En compensación sus admiraciones son desbor­dantes, y Platón, Rimbaud, Fabre y Chester- ton siempre contarán de algún modo con su beneplácito. Sea como sea, este diálogo epistolar perdurará como uno de los más bellos de la literatura francesa, y figurará entre los más representativos de posiciones espirituales contrapuestas.