Convención Federal de los Estados Unidos de América

[Covenant]. Emancipados definitivamente de la Gran Bretaña con la declaración de Independencia de julio de 1776 y constituidos en Con­federación el 15 de noviembre de 1777, las 13 excolonias de América convocaron cor­tes constituyentes en Filadelfia, el 25 de mayo de 1787, para revisar los veinte «ar­tículos» de la confederación, que resultaban insuficientes. En tal ocasión, el Congreso, haciéndose intérprete de las exigencias sur­gidas después de la independencia, reco­noció la necesidad de una constitución fe­deral. Ésta se elaboró en seguida y — bajo la vigilante y enérgica mano de Washing­ton— fue llevada a término y adoptada el 17 de septiembre del mismo año. Se com­pone de siete artículos divididos en seccio­nes. A diferencia de otras constituciones modernas, ésta no considera los derechos de libertad, sino que casi los presupone. Una advertencia se halla en el preámbulo, don­de, tras los fines enunciados, resalta el de «hacer duraderos, para nosotros y nuestros sucesores, los beneficios de la libertad».

El artículo I considera las funciones del poder legislativo y la estructura de la Cámara. El poder legislativo corresponde al Congre­so, compuesto por una Cámara de Represen­tantes y un Senado, ambos electivos. Las Cámaras se componen de miembros elegi­dos por los diferentes Estados, en deter­minadas proporciones y con determinados requisitos de edad, ciudadanía, etc. Los «bilis» que crean los impuestos deben par­tir de la Cámara de Representantes con el concurso facultativo del Senado para enmiendas, y han de ser presentados al Pre­sidente. En caso de disenso han de volver a la Cámara y obtener una mayoría de dos tercios. En la sección VIII se enumeran las materias en las que puede legislar el Con­greso, y en la IX se imponen limitaciones relativas a determinadas materias. En la sección VII se determinan las limitaciones a la actividad de los distintos Estados, li­mitaciones que se condensan casi todas en la abolición de la soberanía externa (o in­ternacional). El artículo II considera los poderes, las atribuciones, las elecciones y otros requisitos del máximo órgano fede­ral: el Presidente. Éste se halla investido del poder ejecutivo, es jefe del ejército y de la flota de los Estados Unidos, tiene la facultad de firmar tratados con el pare­cer del Senado, de nombrar embajadores, jueces y otros funcionarios. Está asistido por un Vicepresidente.

Ambos pueden ser destituidos si se demuestra que son traido­res, que malversan los fondos públicos o que cometen «otros graves crímenes o com­portamientos deshonestos». El artículo III se ocupa del poder judicial, conferido a un Tribunal Supremo y a tribunales inferiores, investidos del conocimiento de todo género de causas «en cuestiones de ley y equidad» tanto civil como criminal o administrativa. Cuando una de las partes sea un Estado de la Unión, un Embajador o un ministro, el Tribunal Supremo funciona como juez de primera instancia; en los demás casos, fun­ciona como juez de apelación. Todas las causas criminales serán juzgadas por jura­dos. La sección III determina los casos de traición, que taxativamente consisten en tomar las armas o prestar socorro a los enemigos de los Estados Unidos. El art. IV regula las relaciones entre la Unión y los Estados que la forman. Las actas públicas y los procedimientos judiciales de un Esta­do tienen plena validez en todos los demás, y los ciudadanos de un Estado gozan de la inmunidad y los privilegios inherentes a todos los ciudadanos de los Estados Unidos; cada Estado tiene el derecho de extradicción respecto de los otros: el Congreso podrá admitir en la Unión nuevos Estados; pero ningún Estado estará constituido por la ju­risdicción de otro, o bien por la reunión de otros o de algunas porciones de los mismos, sin el consentimiento del Congreso y de los Estados interesados. Los Estados Uni­dos garantizan a todos los Estados una for­ma de gobierno republicana y les protege­rán contra invasiones y contra disensiones internas a petición.

El art. V establece la posibilidad de aportar enmiendas a la Cons­titución: el órgano competente es el Con­greso. Ésta es la única constitución «escri­ta» que prevea tal posibilidad y señale el procedimiento; en ello precisamente reside uno de los principales motivos de vitalidad y de la continua validez histórica de este documento. El art. VI constituye también 18 una peculiaridad de esta Constitución, pues incluye un problema capital de derecho in­ternacional. En efecto, afirma que: «Tal constitución y las leyes de los Estados Uni­dos que puedan hacerse dependientes de ella y todos los tratados concluidos o que se concluyan bajo la autoridad de los Es­tados Unidos, constituirán la suprema ley del país». Es notable que para todos los Estados las obligaciones internacionales ligan sólo a los Estados entre sí, pero no a los ciudadanos en particular. En otros tér­minos, para que el tratado o la convención tengan vigor respecto a los ciudadanos, es necesaria una ley interna que los haga va­ler. La Constitución americana, además de ser superior a las constituciones escritas de la edad moderna, es una auténtica obra maestra en el ámbito del derecho público. Sus compiladores tuvieron presente el contractualismo, el jurisnaturalismo del tiem­po (sobre todo Montesquieu), la tradición británica y una experiencia concreta en la materia, es decir, la existencia de anteriores constituciones en algunos de los Estados.

Por su estructura fuerte y completa, por su forma clara y por la madurez de los prin­cipios que contiene, sirvió de modelo a mu­chas Constituciones europeas. Es el ejem­plar típico de las Constituciones formadas por el pueblo, contrapuesta a las constitu­ciones concedidas u «octroyées». Su mayor mérito reside, sin duda, en haber sabido compaginar admirablemente las exigencias soberanas de tantos Estados con las exi­gencias federativas superiores a las de cada Estado en particular; por lo que — como co­menta Bryce — el ciudadano de la Unión americana «vive bajo dos gobiernos, y dos categorías de leyes; está animado por dos patriotismos, y ligado por un doble vínculo de fidelidad».

A. Répaci