Castilla, Azorín

Obra del gran prosista español José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967), publicada en Madrid en 1912. Uno de los libros más hermosos y definidores de la per­sonalidad de José Martínez Ruiz. «Se ha pretendido en este libro — dice la nota pre­liminar — aprisionar una partícula del es­píritu de Castilla.» «Una preocupación por el poder del tiempo — añade — compone el fondo espiritual de estos cuadros. La sen­sación de la corriente perdurable — e inexo­rable — de las cosas, cree el autor haberla experimentado al escribir algunas de las presentes páginas.» Estas líneas marcan de manera puntual las dos dimensiones del libro: la espacial y la temporal. El escritor describe diversos aspectos de campos y ciu­dades castellanas — los ferrocarriles, las fon­das, los toros, las iglesias — y sobre estas descripciones, el emocionante sentido del tiempo gravitando, conmoviendo el ánimo, haciendo filosofar. El procedimiento litera­rio de Azorín en esta etapa de su obra con­siste en partir de un hecho concreto: la cita de un autor clásico o una observación de la realidad para iniciar una divagación. Esta divagación tiene unas veces carácter poético y otras carácter satírico o educador.

Evo­cados los primeros ferrocarriles españoles, describe las fondas españolas—«Ventas, po­sadas y fondas» — y las corridas de toros. Uno de los capítulos que mejor explican la preocupación por el tiempo en Azorín es el que titula «Una ciudad y un balcón». En él se describe una pequeña ciudad en tres momentos de su historia: en el siglo XVI, en el siglo XVIII y en el siglo XIX. Cambia el tono de la vida, el tráfago, las costumbres. Pero en un balcón de esta ciudad hay siem­pre un hombre melancólico que medita so­bre cosas profundas y espirituales. Análogo interés tienen los capítulos titulados «La ca­tedral», «El Mar», «Las nubes». En este úl­timo capítulo finge que Calixto y Melibea se casaron y viven felices en su casa y su jardín — «Lo fatal» y «La fragancia del vaso» —, evocación de Constancica, la pro­tagonista de «La ilustre fregona», de Cer­vantes. «Del pasado dichoso, concluye Azo­rín, sólo podemos conservar el recuerdo; es decir, la fragancia del vaso». «Cerrera, cerrera», «Una flauta en la noche», «Una lucecita roja», «La casa cerrada», son otras tantas evocaciones en las que se entreverá realidad y poesía con una delicadeza y una exquisitez únicas.

G. Díaz Plaja