El Misterio de María Roget, Edgar Allan Poe

[The Mistery of Marie Roget]. Novela de Edgar Allan Poe (1809-1849), que forma parte de las Historias serias y grotescas (v. Na­rraciones extraordinarias). Encontramos el mismo personaje que en «El doble asesina­to de la calle Morgue», un «amigo del au­tor», el caballero C. Augusto Dupin, que por el solo enlace de sus deducciones re­suelve el misterio de un crimen. Lo mismo que «El doble asesinato de la calle Mor­gue», puede presentarse esta novela como modelo de relato policíaco «puro». La at­mósfera no tiene ninguna intervención.

Poe presenta su historia en un París de fantasía, lo cual, según Baudelaire (que tradujo el cuento), no perjudica el valor del análisis: asistimos al triunfo del espíritu geométrico, y lo que el autor nos propone no es otra cosa que un problema de ajedrez. Edgar Allan Poe se propone transcribir un hecho cualquiera sucedido en los alrededores de Nueva York: la muerte de una muchacha, Mary Cecilia Rogers. Bajo el pretexto de narrar el destino de una joven obrera pa­risiense, traza los hechos esenciales de la muerte de Mary Rogers, y los únicos me­dios de investigación de que se dispone son los proporcionados por los artículos de los periódicos. Éstos constituyen, pues, la materia fundamental del cuento, y sometién­dolos a una aguda crítica el autor llegará a construir un sistema de probabilidades. María Roget vivía en casa de su madre, una viuda que tenía una pensión burguesa en la calle Pavée-Saint-André. Un domingo por la mañana salió de su casa e hizo saber a su pretendiente, procurador de los tribunales, Jacques Saint-Eustache, que tenía la intención de pasar el día en casa de una de sus tías que vivía en la calle de las Damas. Después del mediodía cayó una abundante lluvia y Saint-Eustache, cre­yendo que María permanecería toda la no­che en casa de su pariente, no juzgó ne­cesario ir a buscarla al anochecer del do­mingo, según ellos habían convenido de antemano.

El lunes supo que María Roget no había ido a casa de su tía. Hasta el cuarto día de su desaparición no fue in­formado el señor Beauvais, que con un ami­go buscaba el rastro de María Roget a lo largo de los muelles del Sena, de que un cuerpo de muchacha fue encontrado por los marinos flotando sobre el río. Beauvais identificó este cuerpo como el de María Ro­get. El cadáver ofrecía numerosas señales de violencia física: el cuello cortado por un lazo, los puños hinchados, etc. Sus vesti­dos estaban destrozados y en el mayor des­orden. La investigación instruida no dio ningún resultado y el prefecto de policía encargó al caballero C. A. Dupin que se ocupara del asunto. Poco tiempo después, dos muchachos descubrieron junto a la «ba­rrière du Roule» una falda azul y un chal de seda colocados sobre piedras que ser­vían de asiento, y una sombrilla y un pa­ñuelo que llevaba el nombre «María Ro­get». La madre de los niños, una tal señora Leduc, afirmó haber oído gritos de mujer no lejos del lugar en que ella se albergaba. El descubrimiento de estos objetos, el esta­do del lugar y las demás circunstancias pro­baban que María Roget había sido asesina­da allí tras haber sostenido una lucha con su agresor.

Partiendo de estos elementos, de los testigos y de las opiniones de los diferentes periódicos, y sometiendo todo ello a una severa crítica, el caballero Dupin, deducción tras deducción, llega a la solu­ción siguiente, que se comprueba que es la exacta: la joven ha sido asesinada por un( oficial de marina con el cual ya había huido en una ocasión, cuando trabajaba en casa de un perfumista. Después de haber atado a su víctima, para poder arrastrarla hasta el bosque, el asesino la condujo en barca hasta el centro del río y allí arrojó el cadáver al agua, sin haber tenido la pre­caución de atarle un peso; de regreso a la orilla, el asesino abandonó la barca al capricho de las aguas y huyó, sin preocu­parse de borrar las huellas de su crimen. El interés del cuento reside en el rigor matemático con que el detective aficionado con­duce el hilo de sus razonamientos. La cues­tión acaba así, el problema no ofrece ya mayor interés y el lector ignorará qué es lo que habrá de sucederle al criminal.