Zend-Avesta, Gustav Theodor Fechner

[Zend-Avesta oder über die Dinge des Himmels und des Jenseits]. En esta obra, publicada en Leipzig en 1851 y que se parece al texto de Zoroastro por cierta afinidad de concepción, el filósofo ale­mán Gustav Theodor Fechner (1801-1887) expone su concepción poeticofilosófica del mundo, una metafísica fundamentada con bases empiricocientíficas, afín por sus direc­trices a la de Lotze, y más tarde a la de Wundt.

Fechner sabe que tal metafísica es una simple hipótesis, pero una hipótesis ra­cional fundada sobre bases científicas, y la formula de acuerdo con las exigencias idea­les del espíritu. El universo, tal como apa­rece a nuestra concepción objetiva y como la ciencia objetiva y abstractamente deter­mina en sus leyes, no es más que una apa­riencia de la realidad. Lo íntimo de esta realidad ha de buscarse más bien — y aquí está claro el influjo de Schopenhauer — a través de la analogía con nosotros mis­mos; a la objetividad material corresponde una objetividad espiritual, y al cuerpo, el alma. Todos los seres están animados en diverso grado, y tal animación se revela en la armonía de su estructura: desde los cris­tales minerales a las plantas (v. Nanna), a los animales, al hombre, en grados y for­mas distintos. Animados están también la Tierra y los astros, y las almas individuales reposan en la unidad de un alma suprema que funda y gobierna, en su íntimo sentido teleológico, todas las leyes naturales.

El mundo y Dios se identifican para Fechner, aunque no en el sentido de un monismo panteísta, pues el alma suprema deja sub­sistir y halla incluso en ella su complemento necesario, la individualidad de las almas, y la unidad que en ellas se realiza es la unidad en un plano más elevado en que sólo ella vive. La conciencia del valor de la individualidad es tan viva en Fechner que admite la inmortalidad de las almas. El problema está para nosotros en relación con el alma humana. Fechner lo resuelve pensando que si el nacimiento es el paso de un germen de vida a su florecimiento, la muerte es el desenvolvimiento del mismo germen en forma más elevada, libre de los límites de la corporeidad primitiva en una espiritualidad y corporeidad nuevas. La in­mortalidad, por tanto, no consiste en un más allá, está en el propio mundo, en un plano que nuestra sensibilidad no alcanza, pero no por eso deja de ser real y de estar inserto en la armonía viviente del universo.

Este proceso y desenvolvimiento de las almas está de acuerdo con el progresar del universo, con el hecho de una perfección divina cada vez mayor, a la que colaboran nuestra vida y nuestra actividad. En éste, como en los demás escritos filosóficos de Fechner, la seriedad científica, el sentido crítico de la posición de los problemas y de los límites de sus soluciones, se funden en una conmovida fantasía poética, en una curiosa armonía que da a su visión del mundo una estructura muy semejante a la de los filósofos renacentistas, pero sentida con un tono de nostalgia romántica frente a la rigidez que, en la segunda mitad del siglo, toma la concepción tecnicomecánica y positivista de la vida.

A. Banfi

Fechner es — a la par de Kepler, al que tan vívamente recuerda — un significativo ejemplo de cómo es posible, por medio de especulaciones audaces y fantásticas, llegar a resultados exactos y positivos, siempre que se persista en una determinada idea fundamental y se logre despojarla de sus vendas místicas. (Hóffding)