Vidas Paralelas, Plutarco de Queronea

A las biografías reunidas en su mayor parte bajo este título, debe Plutarco de Queronea (46-120 d. de C.) su popularidad entre antiguos y modernos, aunque no fueron el principal ni el más característico producto de su autor. En efecto, él era sobre todo un filósofo (v. Obras morales), y sus ten­dencias se muestran en el propio intento moral de estas biografías.

Algunas de ellas las escribió siendo joven, tal vez bajo Vespasiano: son de aquel tiempo las vidas de Galba y de Otón, únicas que han llegado hasta nosotros de una serie de vidas de los emperadores romanos desde Augusto a Vitelio. Su arte poco maduro se revela en la insuficiente elaboración de los materiales ofrecidos por las fuentes historiográficas, los cuales son transfundidos a la biografía sin especial selección de los elementos pro­pios para hacer revivir el personaje en su humanidad. Este arte fue conquistado en la edad madura de Plutarco, a la cual se atribuyen las Vidas paralelas. En ellas, ha­ciendo suya una idea ya varias veces puesta en práctica por otros escritores, narra la vida de los grandes personajes griegos con­traponiendo cada una de ellas a la de un romano: la selección está en general suge­rida por semejanzas que son acentuadas, junto con las diferencias, en una compa­ración con que suele cerrarse la narración de las dos vidas, en una sin­tética valoración de las cualidades de los personajes.

De los veintitrés pares de bio­grafías escritas por Plutarco, y publicadas en grupos, se ha perdido la pareja Epaminondas – Escipión Emiliano; las demás han llegado hasta nosotros en los manuscritos, pero en un orden diverso del que fueron originariamente publicadas. Este orden ha podido ser reconstruido con suficiente probabilidad del modo siguiente:

1) Pelópidas- Marcelo; 2) Solón-Valerio Publicóla; 3) Cimón-Lúculo; 4) Demóstenes-Cicerón; 5) Filopémenes-Flaminino; 6) Teseo-Rómulo; 7) Licurgo-Numa; 8) Temístocles-Camilo; 9) Pericles-Q. Fabio Máximo; 10) Lisandro-Sila; 11) Dión-Bruto; 12) Timoleón-Emilio Paulo; 13) Alejandro-César; 14) Agesilao- Pompeyo; 15) Arístides-Catón el Viejo; 16) Foción-Catón de Utiea; 17) Agides y Cleómenes-Tiberio y Cayo Graco (aquí el paralelo es entre dos parejas, es decir, los dos reyes revolucionarios de Esparta y los dos hermanos romanos, nobles de nacimiento y promotores de la guerra contra la noble­za); 18) Demetrio Poliorcetes-Marco Anto­nio; 19) Alcibíades-Coriolano; 20) Nicias- Graso; 21) Eumenes-Sertorio; 22) Pirro-C. Mario.

Además de éstas, Plutarco escribió otras vidas aisladas, de las cuales sólo han llegado hasta nosotros las de Artajerjes y Arato. La literatura historicobiográfica había sido ya desde mucho tiempo antes muy cultivada, y los principios de este género literario habían sido definidos especialmente por la filosofía peripatética. La finalidad del biógrafo era muy diversa de la del historiador; no se proponía ilustrar las ac­ciones políticas,  las gestas militares, los méritos científicos o literarios del perso­naje, sino que intentaba hacer revivir su personalidad humana estudiando su educación, su carácter moral, sus maneras de vida. Por esto el biógrafo se detenía en los hechos más comunes de la vida cotidiana, en las anécdotas, en las frases, en las ac­ciones repentinas, esto es, en las manifes­taciones de la personalidad menos gober­nada por la razón y por lo tanto más reve­ladoras del alma humana.

Por esto el único proemio que Plutarco antepone al librito dedicado a Alejandro y a César tiene por objeto excusarse ante el lector por no haber narrado todas las empresas de los dos per­sonajes, ni profundizado la exposición de las principales: «en efecto, nosotros no es­cribimos historias sino vidas». Por esta deliberada limitación no es posible hallar en las Vidas de Plutarco una reconstruc­ción histórica de la actividad de cada uno de los héroes. Con todo, por la fuerza de los hechos, el escritor tiene que narrar a menudo acontecimientos de la historia politicomilitar, hasta el punto de que casi siempre se advierte en la base de la bio­grafía el cañamazo de una narración his­tórica; cada vida está construida predomi­nantemente con materiales anecdóticos. Éstos eran distribuidos dentro de un esquema fijo: se partía del nacimiento del héroe, se hablaba de su figura física, de su familia, de su educación, de su forma de vida; des­pués seguía la exposición de les hechos y los dichos más característicos (también éstos agrupados en varias categorías, separando las acciones públicas de las privadas, de los dichos agudos, actos de valentía, etc.); después de la caracterización del personaje, la tarea de reconstruir con todos estos ma­teriales su figura era dejada al lector, ayu­dado, a lo más, por el autor con ciertas indicaciones. También la narración de la muerte, las noticias sobre la suerte de los familiares y su fortuna posterior, conte­nían una valoración moral.

No todas las vidas seguían en todos sus pormenores este esquema: en cuanto a ciertos personajes de los tiempos míticos o de la más antigua historia, los elementos biográficos eran es­casísimos, y era menester contentarse con lo que ofrecían las fuentes historiográficas. Plutarco no hacía obra crítica ni trabajaba sobre fuentes originarias, sino que escogía los materiales de segunda o tercera mano y completándolos con los frutos de sus propias, vastísimas lecturas, los modificaba en lo que pudiera tener de excesivamente des­favorable para el personaje. Porque él quiere mostrar sobre todo su lado bueno, conforme con la tendencia didascálica de toda la obra, y con la sincera admira­ción que alimentaba hacia las edades an­tiguas.

Mientras sus tiempos preparaban, con las nuevas religiones y filosofías, el advenimiento de una nueva cultura, Plu­tarco se hacía campeón de la antigua cul­tura helénica y romana, y tomaba de la religión de la filosofía y de la historia de las épocas remotas todo lo bueno y admi­rable que su eclecticismo le hacía hallar, en su esfuerzo por devolver vida al hele­nismo moribundo- Y como en sus persona­jes buscaba el lado humano más allá de las grandezas y las miserias de la vida pública, una cálida corriente de simpatía se difunde por la narración y hace olvidar el propó­sito preconcebido de embellecer y enno­blecer el carácter de los héroes, y si en algunos los defectos o las culpas no pueden ser disimulados, no justifica tanto la se­lección de Plutarco su intento didascálico, cuanto la íntima simpatía que él experi­menta por aquellos hombres grandes hasta en las culpas. «Este libro — dice Plutarco a propósito de los héroes de esa clase — con­tará la vida de Demetrio Poliorcetes y de Antonio, hombres que más que otros darán testimonio de la verdad de lo que dijo Platón: que los grandes vicios como las grandes virtudes, sólo nacen en las almas grandes».

Por esto mismo, Plutarco muy raramente condena a sus héroes, sino que hasta cuando la desventura sobreviene como justa consecuencia de sus errores, él los sigue con simpatía, sacando del contraste de su íntima nobleza y grandeza con la miseria presente, poderosos efectos de emoción. Las páginas que narran el fin de Demóstenes, Cicerón, Temístocles, Pompeyo, o la fuga fatal de Antonio siguiendo el rastro a Cleopatra, o las meditaciones de Mario entre las ruinas de Cartago con su bien combi­nado dramatismo, son dignas del más noble arte clásico. Plutarco no declama nunca, sino que seduce al lector con la elevación moral y con la cálida humanidad con que revela el secreto de las almas grandes. Por esto en el curso de los siglos sus Vidas han tenido siempre apasionados lectores y han merecido inspirar a hombres de acción y a excelsos poetas. Plutarco es sin duda uno de los escritores más vivos de la Antigüedad, aunque ahora su influencia es mucho menor de lo que fue en el Renacimiento. [La pri­mera trad. castellana es la del cronista Alon­so de Palencia, titulada Vidas de Plutarco (Sevilla, 1491). La mejor es la versión clá­sica de Antonio Ranz Romanillos (Madrid, 1821-1830), reimpresa modernamente (Ma­drid, 1919-1921). [Trad. catalana de Caries Riba en la serie de clásicos de la «Fundació Bernat Metge» (Barcelona)].

A. Passerini

Esta inmortal viveza del estilo, unida a la selección felicísima de los más maravi­llosos temas que satisfacen la mente y la fantasía, explica muy claramente por qué sus obras históricas inspiran tanto interés. Él pintó allí al hombre, y retrató magistralmente los más nobles caracteres y las más bellas acciones del género humano.(Villemain)

Pero el libro de los libros para mí, y que en aquel invierno [1769] me hizo pasar horas felices, de verdadero arrobamiento, fue Plutarco, con sus vidas de los grandes hombres, algunas de las cuales, como las de Timoleón, César, Bruto, Pelópidas, Catón y otros, las leí hasta cuatro o cinco veces, con tal exaltación de gritos, llantos y hasta furores, que quien me hubiese oído desde la habitación vecina sin duda me hubiera tomado por loco. (Alfieri)

…no se puede presentar como modelo ni de lengua, ni de estilo, pero es quizás más filósofo que todos los filósofos griegos. (Leopardi)