Viaje a La China, Nicolae Milescu

[Putešestvie v Kitaj]. Relación del escritor rumano Nicolae Milescu (1637-1798), redactada en 1677 y publicada en ruso moderno por I. Arsenev en San Petersburgo en 1882.

Nicolae Milescu Spătarul (el protoespátario) pertenecía a una familia de boyardos moldavos e hizo sus estudios en Constantinopla, donde ad­quirió profunda cultura. Al regresar a su patria fue enviado en misión diplomática a las principales cortes de la Europa occi­dental, pero por haber intentado adueñarse del poder fue castigado por el príncipe con la pena de cortarle la nariz, lo cual le im­pedía para siempre aspirar al gobierno. En­tonces se desterró voluntariamente y se fue a la corte de Moscú, donde el zar le nom­bró traductor suyo de confianza, y en 1675 le confió el encargo de presidir una embaja­da a China. De ésta dejó Milescu una inte­resantísima relación, en lengua rusa antigua, dividida en tres libros. El primer libro des­cribe el recorrido de Siberia desde Tobolsk al confín chino; el segundo narra las vici­situdes de la misión diplomática en China; el tercero comprende un tratado histórico- geográfico acerca de la China, pero sacado, con algunas modificaciones y adiciones, de la obra latina Novus Atlas Sinensis (1655) del jesuita Martino Martini de Trento. Tras partir de Tobolsk en mayo de 1675, Milescu fue sorprendido, junto al lago Baikal, por los rigores del invierno, que le diezmaron caballos y camellos.

Llegó en enero a la frontera, y allí comenzó una interminable cuestión entre él y las autoridades locales que se proponían comprobar personalmente si la embajada traía cartas del zar y, sobre todo, exigían que les fuese mostrada la carta dirigida al zar por el emperador chino. Pero aunque Milescu consintió por fin, continua­ron las cuestiones protocolarias, por lo que hasta el mes de abril no se permitió a la embajada la entrada en China. Después de cruzar el desierto de Gobi y la muralla chi­na, llegó a Pekín, donde se iniciaron nuevas discusiones por la intransigencia de Milescu, el cual, para mantener el ascendiente del zar, quería, contra las normas tradiciona­les, entregar las cartas en manos del empe­rador. Consiguió un compromiso por el cual fueron entregadas al Gran Kolai, primer ministro y pariente del emperador. Más tar­de Milescu fue recibido en la corte, de la cual hace una extensa descripción: todo un colorido paisaje de mármoles y oro en fan­tástica arquitectura, poblado de personajes con pomposos trajes pintorescos.

Pero Mi­lescu sabe competir dignamente con tanto ceremonial y se presenta al joven empera­dor con trajes y aspectos tan característicos que el soberano manda hacerle un retrato, terminado después en la embajada china de París. Milescu recibió otros honores, pero luego protestó por la forma de la respuesta del soberano, que consideraba al zar como inferior suyo, y no quiso recibir de rodillas sus regalos, por lo que hubo de abandonar Pekín a toda prisa y hacer el viaje de re­greso ya no solo, sin ayuda, sino obstaculi­zado. En la frontera rusa tuvo la sorpresa, por haber muerto mientras tanto el zar Ale­xis Mihailovič, su protector, de ser detenido y despojado por orden del nuevo zar Teodoro Alexievič, a quien sus enemigos habían in­dispuesto contra él. Sólo por sus enérgicas protestas le fue permitido el regreso a Mos­cú. Esta obra tiene un gran valor docu­mental no sólo por la contribución que pro­porciona a la formación de la prosa rusa, sino también por la minuciosa descripción geográfica de los lugares, y sus noticias so­bre pueblos y costumbres, descritos con un estilo sencillo y colorido.

El escritor John F. Baddley que tradujo al inglés esta relación [Rusia, Mongolia, China (Londres, 1819)], dice de él: «Su fama es única… Por la épo­ca en que fue escrita, no tiene comparación en la historia literaria rusa. Es más, dejando aparte la China, no tiene comparación en la literatura mundial».

G. Lupi