Viaje a Italia, Hippolyte-Adolphe Taine

[Voyage en Italie]. Obra de Hippolyte-Adolphe Taine (1828-1893), que fue hasta la guerra de 1914 el breviario de muchos viajeros que iban a ese país. Escrita en 1864, puso punto final a todas las modas, todas las pasiones y todos los prejuicios que habían sido hasta enton­ces el pan cotidiano de los viajeros, y ha ofrecido sus resultados en un estilo tan lim­pio y vigoroso, plástico y fluido al mismo tiempo, que constituye como una especie de texto definitivo sobre esta materia, en la cual se habían puesto a prueba, por turno, todos los «dilettantes» de Europa.

Taine ha­bía ya sido consagrado por su Historia de la literatura inglesa (v.); era profesor de Estética en la Escuela de Bellas Artes cuando fue a Italia y recorrió sus ciudades. Vio sistemáticamente todo lo que comprendía el lugar común corriente, con ojos acostum­brados a encuadrar monumentos y hombres en el ambiente histórico, y lo comentó to­das las noches en su mesa, remontándose de los hechos a las abstracciones. Pocos me­ses después los dos gruesos volúmenes esta­ban ya terminados y aquella admirable feli­cidad de síntesis, aquel bello estilo razo­nado y elocuente habían hecho el milagro. La presunción del autor es grande, pero también su buena fe; así, el resultado es hoy todavía convincente como obra de estilo. Taine no vio nunca nada más que los otros, no tuvo ninguna de aquellas iluminaciones, de aquellas plenitudes del corazón que dan frescura eterna a ciertas impresiones roma­nas de Renán; ama tanto las abstracciones, que casi echa de menos, en cierto punto, el goce que se experimenta hojeando en nuestro gabinete los grabados de Roma, según él más seguro y preferible que el que se podía obtener vagando por calles sucias, mal iluminadas, donde faltaba entre otras cosas aquella buena burguesía que para Taine lo era todo.

Sus análisis de las obras de arte, que forman buena parte de los volúmenes, se hacen admirar más por su virtuosismo que por su originalidad; todo lo demás es una síntesis de lugares comunes, pero efec­tuada con mano maestra y un criterio que se apoya al mismo tiempo en el positivismo inglés y el historicismo germánico. Con tales auspicios, Italia no podía salir muy bien librada: ni la Italia nueva apenas nacida, ni la vieja que, en parte, aún vivía. En cuanto a Roma, aquel gran admirador de los ingleses demuestra extrañísima acrimonia, sólo explicable por su bien conocida voca­ción protestante. En Venecia se halla bien; hasta dice que no vale la pena de dar la vuelta a Italia, y que basta con ir a Vene­cia, donde él quisiera quedarse para siem­pre. No ve allí los acostumbrados defectos; junto con los venecianos antiguos rinde ho­menaje también a los que le llevan en gón­dola, cuyo patriotismo hace constar; pero luego, como temeroso de haberse dejado arrebatar demasiado, se pone a citar los cuadritos venecianos de Bross es.

En con­clusión, la Italia como nación moderna le parece comprometida por las que han sido sus glorias municipales: aquel particularis­mo ciudadano y la presencia del Papa que han impedido, según él, la formación de un gran reino, son la explicación de su deca­dencia política en la época moderna. Ahora el país ha comprendido, y dice que debe convertirse en «un ejército, un laboratorio de sabios, un pueblo de trabajadores. En esta transformación le impulsan el recuerdo de los males pasados y la sugestión de la civilización europea».

S. Negro