Una Partida de Ajedrez, Thomas Middleton

[A Game at Chesse] Obra teatral de Thomas Middleton (15709-1627), original alegoría política contra España (1624) de la que se ha dicho (Swinburne) que es «la única obra inglesa que puede ser considerada como verdadera­mente aristofanesca».

Por las alusiones que contiene obtuvo un éxito sorprendente, como ninguna de las obras del Renacimiento inglés. El argumento es la tentativa hecha por España, dirigida desde arriba por Ignacio de Loyola, de poner sus manos sobre Inglaterra.

La historia narra la riva­lidad política entre Inglaterra (la Casa Blanca) y España (la Casa Negra). Los personajes, entre los cuales figuran los so­beranos de los dos países, Carlos, príncipe de Gales (luego Carlos I), Buckingham y el «maquiavélico» Gondomar, embajador de España, al que se destinó un papel tene­broso como «Alfil negro» del drama, son las piezas del tablero.

Representada en ocasión del rompimiento del «matrimonio español» entre el príncipe de Gales y la Infanta de España, rompimiento que todo el pueblo aprobaba, la Partida de ajedrez, después de complicadas intrigas, acaba con la victoria de la Casa Blanca.

Por la inter­vención de Gondomar fueron muy pronto suspendidas las representaciones y los ac­tores encarcelados. Es dudoso si Middleton fue puesto en prisión; lo que sí es cierto es que la cólera del rey se calmó muy pronto.

Se trata de una de las mejores obras de Middleton, a pesar de haber sido escrita para una «ocasión» determinada; en ella el sarcasmo se convierte a menudo en sátira amarga e intencionada.

Los ver­sos, técnicamente perfectos, se adaptan ma­ravillosamente al nuevo y osado tema, con algo de ampuloso y voluntaria y ridículamente barroco en la expresión («En el más afortunado rincón del mundo, la Corte ha sujetado la Ciudad por los cuernos mientras yo la he ordeñado»).

La habilidad teatral, seguida y variada, siempre a la altura de las mejores obras de Middleton, y una con­tinua riqueza de detalles y hallazgos, de golpes de efecto y de recursos en el diálogo, hacen que la lectura de este drama, incluso para el lector de hoy, no pierda ni un mo­mento su interés.

A. Camerino

(Middleton) no tiene puntos de vista per­sonales, no es ni sentimental ni cínico, no es un resignado ni un desilusionado ni un romántico; no tiene mensaje. Es pura y simplemente el nombre que asocia seis o siete grandes dramas. (T. S. Eliot)