Soliloquios, Marco Aurelio

Diario de Marco Aurelio (121-180), compuesto por el emperador filósofo, probablemente en los últimos diez años de su vida, en lengua griega, en la que aparecieron impresos por primera vez en Zurich en 1599. También es conocido bajo el título de Recuerdos o Pensamientos. Divididos, no se sabe por quién, en doce libros, los Soliloquios no son una obra destinada a la publicación: los varios capítulos o párrafos en que están divididos son de extensión bastante des­igual, sin conexión alguna entre sí, de te­mas heterogéneos, escritos evidentemente en momentos y circunstancias diversos. No es posible una datación, siquiera general, de la obra; únicamente por algunos deta­lles del final del libro segundo podemos in­ferir que los dos primeros fueron escritos en los últimos años de la vida del autor, y en general toda la obra parece fruto de una inteligencia madura y experimentada. En el primer libro, que se distingue de los demás por el contenido y por la forma, Marco Aurelio expresa su gratitud a cuan­tos han contribuido a su formación espi­ritual y particularmente a Rústico (I, 7) por haberle dado la oportunidad de leer las obras de Epicteto; en los restantes ex­pone la doctrina estoica, sin alejarse de sus conceptos tradicionales y extendiéndose particularmente sobre el problema moral. Ajeno al diario es todo propósito no sólo de publicación ordenada y sistemática, más aún de búsqueda orgánica de un credo filo­sófico propio.

Los pensamientos que en él se contienen son evocaciones, hechas por el autor para su propio consuelo, de aquellos preceptos que había bebido en las fuentes de la enseñanza de la filosofía del estoicis­mo tardío, en especial de la de Epicteto, y también de su experiencia personal. Se ha observado que en los Soliloquios revive todavía el contraste entre las dos ideas fundamentales cínica y estoica, según las cuales la «adiaforia», o indiferencia hacia cualquier causa externa de perturbación, se alcanza ya sea mediante el menosprecio de todo el mundo exterior, ya mediante la antitética persuasión de que en el mundo todo está bien dispuesto y que es vano in­tentar influir sobre el curso de las cosas ordenadas por Dios. Semejante antítesis da lugar a veces a momentos de turbación, a notas de escepticismo y pesimismo sobre la suerte final del mundo y del individuo, en contraste con el difuso sentido religioso de una presencia de Dios en el mundo y en el alma humana, y se refleja en asertos llenos de desprecio hacia la vanidad del mundo, pero de compasión benévola y fra­ternal para con todos los hombres, aun los más extraviados, sobre un fondo de me­lancolía que todo lo invade. En muchos conceptos prevalece una inspiración cínica, como aquellos en que considera como bien real aquello que le pertenece y depende de su voluntad, el bien del alma, y sólo es mal la privación de éste;- todo lo demás: honra, poder, riqueza, salud, o la misma falta de todo ello, es indiferente. Cínicas son también en grado máximo las misffeas razones que inspiran la conducta para con los enemigos: «¿Alguien peca contra mí? Allá él.

La mejor manera de vengarse de una ofensa es no imitar al ofensor»; «pro­cura no exaltarte ni rebajarte. Consérvate sencillo, bueno, íntegro, donoso, amante de la justicia, piadoso, apacible, afectuoso tal como te hizo la filosofía». «La araña se envanece cuando ha cazado una mosca… y hay quien se envanece de haber captu­rado a algunos Sármatas. Mas, ¿acaso no son todos ellos unos bandidos, si examinas bien sus principios?» De inspiración estoica, pero con un tono más acentuadamente re­ligioso, son en su mayor parte los con­ceptos en los que. fluctúa entre la tendencia a unificar el alma y el cuerpo, Dios y el mundo y la que le lleva a considerar el cuerpo como breve aposento del alma, a admitir una existencia eterna después del renacer de la muerte; entre la Providencia universal, buena y razonable, pero inexora­ble como el Hado, y la comunión personal con Dios, presente en el alma. El concepto estoico de la humanidad concebida como una gran familia y del Estado como comu­nidad espiritual y mortal se halla expre­sado en estas palabras: «Como Antonino, mi patria es Roma; como hombre, lo es el mundo: todo cuanto es útil a estas dos patrias, lo es también para mí». «Si hay un Dios, todo anda bien; si rige el azar, procura no obrar tú al azar». «Considera siempre el mundo como un animal único, como un único cuerpo y alma: y piensa que todas las cosas obran por único im­pulso». «Tú naciste como parte de un Todo… en el que desaparecerás, o mejor, serás absorbido por vía de transformación en la razón seminal de él (alma del mundo)». «Lo que está muerto no puede caer fuera del Universo…», etc. Los Soliloquios se cie­rran con este pensamiento: «Oh hombre, has sido ciudadano de esta gran ciudad; ¿qué importa si sólo durante cinco o tres años?… ¡Vete ahora sereno, como sereno está Aquel que te despide!» Todos ellos respiran cansancio y disgusto por la vul­garidad y corrupción de que se siente ro­deado el autor; por la angustia de la duda y el ansia del sentimiento, que él procura calmar, pero que constantemente reapare­cen; por el anhelo expectante hacia la li­beración espiritual, y la curiosidad siem­pre despierta y acuciante por los «grandes problemas» del espíritu: razón esta última que es la que más ha aproximado el lector de todos los tiempos a su alma, calificada por Tertuliano: «naturaliter christiana».

La obra de Marco Aurelio ejerció un influjo considerable sobre los hombres de todos los tiempos, desde los emperadores Justiniano y Juliano hasta Petrarca y Federico el Gran­de: los Soliloquios a partir del siglo XVII fueron traducidos a todas las lenguas euro­peas, incluidas el polaco, el checo y el ruso; particularmente numerosas son las traducciones inglesas, francesas y alemanas. [Trad. española de don Jacinto Díaz de Miranda (Madrid, 1785) reimpresa moder­namente (Madrid, 1885); trad. de Jaime Villa-López, con el título Pensamientos es­cogidos (Madrid, 1786); y de Ricardo Baeza, con el título Meditaciones (Madrid. 1916)].

G. Puccini

Si cogéis este libro con sincera sed de verdad, con conciencia atenta, con alma conmovida por grandes pasiones, que, sin interrupción, le hablan al corazón del de­ber, del sentido de la vida y de la muerte, el diario de Marco Aurelio os atraerá, os parecerá más próximo y más moderno que muchas obras creadas por el genio de ayer. (Merejkowsky)