Sexo y Carácter, Otto Weininger

[Geschlecht und Charakter]. Obra del filósofo y psicólogo Otto Weininger, que se suicidó a los 23 años (1880-1903). El autor fija como «tipos ideales metempíricos» el Hombre absoluto y la Mujer absoluta, polo positivo y polo negativo del vivir humano; el individuo aislado participa en diverso grado de ambos sexos, y la ley del acoplamiento constituye una ley de integración, en virtud de la cual cada uno busca como compañero a quien posea los dos elementos en proporción exac­tamente inversa a la propia.

La sexualidad no se limita a determinados órganos, sino que se extiende, con diferente graduación, a todas las células del cuerpo, pudiendo ser en ciertas partes más masculina, y en otras más femenina. A pesar de esta bisexualidad de toda criatura empírica, el he­cho de nacer hombre o mujer se mantiene como decisivo desde el punto de vista del carácter (o personalidad); a la mujer me­jor le es negada aquella individualidad que el varón más degenerado posee. La indivi­dualidad masculina se manifiesta como lu­cidez de conciencia y continuidad de aten­ción, así como memoria, que separando al hombre del tiempo y oponiéndola a él, hace posible que posea un sentido del valor que es medida de lo eterno. Gracias a la conti­nuidad de la memoria, conoce el hombre, por otra parte, y usa los tres principios de identidad, de causalidad y de razón sufi­ciente, que son las normas del pensamiento lógico y a la vez el fundamento de la ética, ya que la verdadera moral no es social, sino individual y basada en la verdad. Todo individuo superior, en un momento dado de su vida, siente cómo se revela en sí mismo un Yo metempírico, universal y eterno, y el genio es el único responsable del propio obrar.

Por el contrario, la mujer no posee individualidad ni centro en sí misma; vive en el tiempo y sus representaciones son va­gas e imprecisas; nunca es veraz ni pro­piamente moral, porque no sabe lo que son el deber ético y la verdad; carece del sen­tido estético, por ser puramente sexual, y del pudor, porque no comprende el pecado; indiferente a la propiedad, aunque amando la potencia, se halla siempre dispuesta a renegar de sí misma y no teme la muerte, porque no posee como el varón, el respeto de su yo. Si le ha sido concedido el ta­lento, en cambio le está vedado el genio, que es la suprema expresión de la masculinidad. Los polos del vivir femenino son la madre y la prostituta: egoísta la primera y madrastra de todos los demás seres, por afecto a su prole, que ella cuida solamente en el aspecto físico; vil y ambiciosa la se­gunda, que, como el hombre político, con­vierte al mundo en pedestal de su propio yo empírico. La femineidad insatisfecha se manifiesta como agresividad en la mujer malvada, como espíritu de contradicción en la histérica, que la combate en sí como potencia extraña y enemiga de aquel yo superior que tomó prestado de la cultura varonil y que ella cree suyo. Parecido a la mujer es el tipo hebreo, dúctil, múltiple, amoral, apolítico, arreligioso, incrédulo e irónico sin humorismo (mientras este último aspecto salva al pueblo inglés, afín al hebreo por su tenaz empirismo).

El Cristia­nismo y el Judaismo se contraponen de mo­do inconciliable, de igual manera que hom­bre y mujer, o sea, el ser y el no-ser, el valor y el desvalor, la forma y la materia, la personalidad y la especie. Si el hombre, único que es capaz, envuelve a la mujer con un amor ideal, ésta es la forma incons­ciente con que trata de hacerse perdonar por haberla desposeído de su yo trascenden­tal, convirtiéndola en esclava de’ la función sexual. Pero toda lucha por la emancipa­ción de la mujer está destinada, como la Historia demuestra, a perder sus conquis­tas, ya que su principal enemigo es la pro­pia femineidad; es lo varonil que en ella se encierra lo que quiere emanciparse. La única posibilidad de redención para la mu­jer es, por lo tanto, la castidad general de los hombres, que así puede reavivar aque­lla chispa de espiritualidad que todavía la distingue de los animales, como compañe­ra del hombre. Solamente la abolición de los sexos, el cesar toda fecundación, puede llevar de nuevo al género humano a aque­lla idea kantiana de humanidad que lo hace partícipe de lo divino. La obra, ge­nial y paradójica, es una desesperada de­fensa de los valores espirituales en el hom­bre, en una época de sexualidad y de pro­paganda feminista. El autor, hebreo tam­bién, aunque convertido al cristianismo pro­testante, actúa apoyándose en los estudios de la psicología empírica contemporánea y en la filosofía de Kant; su sincero fervor intelectual y moral, uniéndose al fanatismo de la juventud, provoca ciertos excesos de juicio y parcialidad en las rígidas contra­posiciones, pero son errores ampliamente compensados por la riqueza de las intuicio­nes psicológicas generales. [Trad. española de Felipe Jiménez de Asúa (Madrid, 1935) y 2.a ed. (Buenos Aires, 1945)].

L. Vertova