Proclamas y Memoriales, Napoleón Bonaparte

[Proclamations et mémoires]. Evidente importan­cia excepcional en la historia moderna conservan las alocuciones, proclamas, memo­riales y otros documentos políticos de Napoleón Bonaparte, originariamente Buonaparte (1769 – 1821), por regla general llamados Proclamas y memoriales.

Entre las páginas más características hay que mencionar el «Mensaje a Pascuale Paoli» de 1789, donde se manifiesta un amor a Córcega que ya no encontrará lugar entre las nuevas ambicio­nes de poder; las «Cartas sobre Córcega» (precedidas precisamente por el «Mensaje») del mismo año, donde se aprecian alusiones a los atropellos de los franceses, al mal go­bierno genovés en la isla y a la necesidad de una vida independiente y orgullosa; la «Proclama al ejército de Italia», desde Niza, el 26 de marzo de 1796 («Estáis desnudos, mal nutridos…»); las proclamas del mismo año a los representantes de la Cispadana y de la Cisalpina, sobre la unidad nacional de Italia y el destino que le aguarda $n el mar por su posición geográfica; la «Carta a Lallemant», ministro de la República Francesa en Venecia, desde Palmanova, el 30 de abril de 1797, sobre la necesidad de levantar cada vez más contra los extranjeros el nombre de Francia divulgando los principios repu­blicanos; la «Proclama» en víspera de la batalla de las Pirámides, el 23 de julio de 1798 («…cuarenta siglos os contemplan») y la «Proclama» en el momento en que se hace cargo del Consulado en París, el 10 de noviembre de 1799.

Igualmente famosos son los partes al ejército imperial y las mismas proclamas que exaltaban el valor del sol-dado, entre las cuales las de Austerlitz, del 3 de diciembre de 1805 («Será suficiente decir: “estuve en la batalla de Austerlitz”, para que se conteste: “he aquí un valien­te”»). Son muy notables, como actos políti­cos, las proclamas de la abdicación y partida hacia Elba dirigidos a la Vieja Guardia, en Fontainebleau, el 20 de abril de 1814, y en los Cien Días para el restablecimiento del Imperio, el 1 de marzo de 1815. La carta al príncipe regente de Inglaterra, con la que, después de Waterloo, Napoleón se entregaba el 14 de julio de 1815 a los ingleses, es sig­nificativa por la personalidad del vencido y su ideal casi todavía feudal del derecho y del heroísmo («Voy, como Temístocles, a sentarme ante el hogar del pueblo británi­co»).

Documentos de la actividad de Napo­león son los numerosos memoriales, desde los juveniles sobre la educación de los jóve­nes mainotas (población del Peloponeso, que reaccionaba contra la dominación turca) y la reforma de las academias militares, com­puesto en 1785, en cuanto abandonó la aca­demia militar de París, hasta los estudios de su primer período de oficial de artillería, tanto sobre cuestiones de matemáticas («In­dagaciones sobre los cicloides») como sobre la manera de disponer los cañones para el tiro. Directamente inspirado en las evoca­ciones, a menudo polémicas, del emperador prisionero, es el Memorial de Santa Elena (v.), que pronto llegó a formar parte de la literatura política de principios del si­glo XIX; pero frente a los mismos estudios históricos van adquiriendo cada vez más importancia los varios recuerdos ordenados separadamente y publicados más tarde, incluso bajo la dirección de Napoleón III.

Ilustran las campañas de Italia (donde Na­poleón rinde honor a sus generales y tam­bién, aparte la competencia técnica, a la labor del comisario de la guerra, Carnot) y la de Egipto por su dificultad logística. Así la expedición a Siria se revive, desde el lejano destierro en la pequeña isla del océano, en toda su epicidad, como lucha llevada hacia el Oriente contra la tenaz y enemiga Inglaterra. Por regla general, ins­pirados por las necesidades del momento político y las reivindicaciones de sus pro­pias acciones, estas Proclamas y memoria­les tienen una. singular importancia por el testimonio del audaz general y del hombre de gobierno. Por lo tanto hay que consi­derarlos como uno de los documentos de la historia de Europa que va desde la Revolu­ción francesa a la Restauración.

C. Cordié

Napoleón es orador: emplea la palabra de manera tal que priva a los que se dirige, individuos y pueblos, contemporáneos o ve­nideros, de libertad de juicio para dominar stu espíritu y su voluntad. (Lanson)

Thiers ha dicho — y Sainte-Beuve lo aprueba — que Napoleón fue el primer es­critor de su tiempo, y también se sostuvo la paradoja de que su verdadera vocación era la de hombre de letras. No hay que exa­gerar, pero sin duda, y desde los más dis­tintos puntos da vista, su personalidad domi­na la literatura de su tiempo. (Thibaudet)