[Probleme der GeschicKtsphilosophie]. Obra del filósofo alemán Georg Simmel (1858-1918), publicada en 1892 en Leipzig y corregida y aumentada en sucesivas ediciones, cuyo sentido general es el de una crítica radical del realismo ingenuo histórico, y el de realzar los «a priori» que determinan el conocimiento histórico y que, por su naturaleza, justifican una concepción relativista, tanto del saber como de la realidad histórica.
De las tres partes que constituyen la obra, la primera considera las condiciones generales de la investigación histórica, la segunda define el valor de las leyes históricas, la tercera estudia el sentido y los límites de una filosofía de la historia. El principio — el «a priori» — esencial del saber histórico, es que tiene por objeto personalidades individuales. Pero el estudio de dichas personalidades, de sus interferencias, del significado que éstas asumen, en fin, de los acontecimientos históricos, está determinado por una serie de supuestos, según los cuales interpretamos los datos históricos. Dichos supuestos dependen en último análisis de la conciencia espiritual y cultural de lo histórico, de su experiencia; lo cual no quiere decir que sean individualmente subjetivos, pues también la conciencia de la historia depende, ya de una atmósfera general, ya de una tradición de análisis y valoración histórica, y está planteada a base de una problemática universal; vale decir, sin embargo, que dichos supuestos son, por naturaleza, relativos y variables con el proceso de la vida y el saber.
De ello se revela, por un lado, el error del realismo histórico que pretende considerar el saber histórico como reproducción de una realidad objetiva, y por otro, el parentesco de la conciencia histórica con la conciencia artística. Es natural, por ello, pasando a la segunda parte, que las leyes históricas hayan de ser consideradas como extremadamente hipotéticas, tanto por irreductibilidad a la forma abstracta de causalidades funcionales de relaciones entre las individualidades vivas, cuanto por la necesaria parcialidad de los puntos de vista interpretativos del saber histórico. Sin embargo, se puede atribuir, y se atribuye de hecho, a las leyes históricas un doble valor: por una parte, el de anticipaciones hipotéticas de leyes históricas más puras y universales, concebidas como límites de la investigación; por otra, el de sistemas de conceptos y valores que por sí solos hacen posible comprender el hecho histórico en cuanto tal.
Aquí se plantea el último problema: el problema de una filosofía de la historia, es decir, de cómo se puede imaginar la unidad del devenir histórico, de cómo es posible que el curso de los acontecimientos se conciba según una unidad intrínseca, y que, por tanto, los conceptos y las valoraciones interpretativas de los acontecimientos singulares se integren y coordinen recíprocamente. Lo que sostiene la filosofía de la historia, como toda filosofía, es un doble interés superteorético, según el cual tendemos a definir nuestra posición en el mundo: el interés por la realidad y el interés por el sentido de los contenidos concretos de la experiencia. Naturalmente la definición de la realidad y del valor histórico no puede ser universal ni unívoca: es siempre, en cada filósofo, la transposición al límite de lo absoluto de un aspecto de la realidad y de un valor que él adopta y que la cultura le presenta como absoluto.
Ninguna filosofía de la historia es definitiva, pero cada cual presenta un aspecto de la historicidad esencial al entrelazarse con los otros. El sistema dialéctico de sus perspectivas nos da, pues, las coordenadas para interpretar y comprender la realidad histórica, que no es posible, dada su complejidad y concreción, captar en su unidad, sino construir con la combinación y el equilibrio inestable de las interpretaciones parciales, pero que siempre está destinada a englobar en sí, y por ello a trascender, cada una de dichas interpretaciones.
A. Banfi

