Los Problemas de la Escolástica y el Pensamiento Italiano, Giovanni Gentile

[I problemi della Scolastica e il pensiero italiano]. Obra de Giovanni Gentile (1875-1944), publi­cada en Bari en 1913. Son cuatro conferen­cias dictadas en Bari, en 1911, y después recogidas en volumen. ¿En qué relación está la Escolástica con la historia de la filosofía italiana? En rigor, ésta sólo se inicia con Francesco Petrarca y el Humanismo; sólo se puede hablar de filosofía nacional cuando ésta se hace suyos en la reconstrucción de los problemas filosóficos los elementos de la historia de la cultura nacional, y cuando la cultura adquiere también formas especiales en el seno de la nación.

La Escolástica, en cambio, no tiene carácter nacional, sino abs­tractamente universal, católico: en primer lugar porque sus problemas «abstractamente considerados, en su núcleo sustancial, son un legado que la Edad Media recoge del espíritu griego», y están tratados con una «mentali­dad… digna de estos problemas no nacidos en lo íntimo de la propia vida espiritual, sino como aceptados de la especulación ante­rior todavía no asimilada»; en segundo lugar porque es una ciencia eclesiástica, que es siempre impersonal, abstracta y antinacio­nal. Con todo, nace en la corte de Palermo de Federico II, precisamente en aquella for­ma, el averroísmo, que contenía los gér­menes de su propia disolución, y halla, en otra forma, por vez primera, una voz ita­liana en Dante.

En la interpretación histó­rica de la Escolástica el autor parte de una contraposición suya entre el pensamiento griego y el cristiano: el pensamiento griego, que para Gentile se identifica con el plato­nismo, contrapone al pensamiento un ser muerto, trascendente, un pensamiento con­gelado que ya no es espíritu, sino natura­leza; el pensamiento cristiano, que para Gentile halla su plena expresión sólo en la filosofía idealista postkantiana, y en par­ticular en el actualismo propio del autor, afirma, en cambio, la identidad del pensa­miento con el ser, de Dios y del hombre, en el acto eterno y eternamente presente del espíritu. La Escolástica intenta en vano realizar filosóficamente su conciencia cris­tiana en las formas del pensamiento griego — que no conoce y del que no desea libe­rarse —, por lo que no consigue ni acercarse a Dios ni establecer la realidad del hombre y del mundo, porque los dos términos, una vez opuestos y hechos trascendentales uno a otro, permanecen separados e inconcilia­bles.

Así en cuanto se refiere al problema de la verdad, las dos formas opuestas, el misticismo y el intelectualismo, personifi­cadas la primera por San Buenaventura y la segunda por Santo Tomás, no consiguen la expresión filosófica del principio cristiano, porque San Buenaventura pone siempre la verdad y la paz, o sea Dios, fuera del hom­bre, y Santo Tomás, a pesar de su esfuerzo por hacer surgir la verdad de la actividad del espíritu, le tiene que contraponer siem­pre la cosa en sí, la transcendencia. Análo­gamente en cuanto se refiere al problema de las relaciones entre razón y fe (que para Gentile coincide con el problema filosófico de la relación entre pensamiento y expe­riencia): San Anselmo no consigue obtener a Dios de la noción de Él sino presuponién­dolo con un acto de fe irracional, y Santo Tomás no consigue deducir a Dios del mun­do.

Finalmente, en cuanto se refiere al pro­blema del conocimiento, tanto el platonis­mo como el aristotelismo carecen del con­cepto del espíritu como inmanencia de síen sí, autorrevelación, actividad pura, y por lo tanto del concepto del conocimiento como actividad del espíritu. Por este motivo, la filosofía griega no ha alcanzado nunca el concepto de individuo espiritual, concepto esencial cristiano, en torno al cual la Esco­lástica se ha fatigado en vano: Duns Escoto, retrocediendo hasta Platón, ha establecido la base de la realidad en una transcenden­cia incompatible con la naturaleza, y por lo tanto con la individualidad misma; Santo Tomás, con el principio de la ^materia signata», parece por un momento superar el dualismo, y ponerse sobre el terreno verdadero de la filosofía cristiana, pero retrocede ante las consecuencias monistas implícitas en su teoría, y así cae de nuevo en la trans­cendencia. La filosofía escolástica, por lo tanto, pierde todas sus batallas: de estas derrotas deberá nacer un espíritu nuevo, con el que tendrá comienzo, en el Huma­nismo, la filosofía italiana.

Así termina la obra de Gentile; obra en verdad interesante, que se lee con agrado, pero en la que, como siempre en la filosofía actualista, su absurda fundamentación histórica, que identifica arbitraria y abstractamente los momentos de una dialéctica interna a una particular (y en verdad muy pobre) filosofía, con los momentos de la vida histórica infinitamente más compleja, nos deja muy perplejos, y al final nos damos cuenta de que siguien­do a Gentile, sabemos poco más o menos lo que sabíamos antes de la filosofía esco­lástica y de sus problemas.

G. Franceschini