Por la Corona, Demóstenes

El año después de la batalla de Queronea (338 a. de C.), en la cual los atenienses habían sido vencidos por Filipo de Macedonia, Demóstenes (384-322 a. de C.), llamado a formar parte de una comicomisióna la restauración de las murallas de Atenas, había contribuido al gasto con tres talentos de su peculio.

Ctesifón propuso que como demostración de agradecimiento se decre­tase ofrecerle una corona de oro; el home­naje, en el que se ensalzaría toda la obra política del orador, tendría efecto en el tea­tro de Dionisos. Pero tal acto al día si­guiente de la derrota hubiera sido una manifestación antimacedónica. Por esto Es­quines, partidario de una política de inte­ligencia con Macedonia, se opuso; y acusó a Ctesifón de haber hecho una proposición ilegal, ya por haber violado algunas dispo­siciones legales, ya porque la política pro­pugnada por Demóstenes había sido perniciosa para la ciudad (v. Contra Ctesifón). El proceso no se efectuó hasta el año 330, y Demóstenes defendió a Ctesifón y su pro­pia política con éxito esplendoroso.

Como era natural, dedicó pocas palabras a la cuestión formal sobre la legalidad de la propuesta de Ctesifón y, en cambio, se adentró en un largo análisis de las relacio­nes de Atenas con Filipo, para demostrar cómo el hábil macedonio había siempre aspirado a subyugar a Grecia; a la actividad febril, al valor de aquel rey, a quien él había combatido toda su vida, Demóstenes tributa un noble elogio: «yo lo veía, por ambición de dominio y de imperio, perder un ojo, fracturarse una clavícula, hacerse traspasar una mano, una pierna, renunciar a cualquier parte del cuerpo que el destino quisiera quitarle, con tal de vivir en un porvenir de honor y de gloria». Pero su avidez de imperio era lo que precisamente impedía y hacía imposible todo acuerdo de Atenas con él, si ésta no quería renegar de su pasado de hegemonía y de tutora de la libertad griega contra los bárbaros.

La po­lítica deseada por Demóstenes estaba inspi­rada en los más notables principios de la historia ateniense, y había intentado superar toda rivalidad y rencor entre los griegos, para unirlos contra Filipo, mientras que Esquines, vendido al enemigo (Demóstenes lo cubre aquí de violentos ultrajes), había sido, junto con los demás filomacedonios, causa del fracaso, facilitando la sumisión de Grecia. Se llegó a la crisis cuando Filipo, convencido de que no encontraría resisten­cia por parte de Atenas, ocupó Elatea. La narración de lo que sucedió entonces en la temporáneos y tuvo una difusión más am­plia que las Novelas rústicas. Aunque el análisis psicológico siempre sea fino en estas novelas milanesas, resulta como desenfo­cado. La casa, que es el templo y el calvario del mundo verguiano, aparece descrita de modo harto nebuloso.

Se trata de vagabun­dos de las calles de Milán y de vagabundos del mundo, sin techo ni meta; pero su drama carece de trascendencia. Falta el coro de correligionarios, aquel coro que es el apoyo y la fuerza de Los Malasangre (v.),- de Novelas rústicas y Maese don Gesualdo (v.). En los mismos relatos de ciudad, las mejores estampas suelen encontrarse allí donde los vagabundos llevan consigo por lo menos el sueño melancólico de los afectos familiares, deseados y no conseguidos. «Vía Crucis», por ejemplo, es la historia de una muchacha que, caída en el pecado, se arras­tra de un amor a otro con la ilusión de levantarse y encontrar de una vez su salva­ción; pero sólo tiene un abrigo de seda y un sombrero de plumas, recuerdo de uno de sus amantes más generosos, y bajo este atuendo de equívoca riqueza arrastra su estómago vacío.

Recibe limosna de un señor y va a comprar un pan, y mientras se aleja con el pan bajo el manto de seda, como una reina, el mozo de la tienda se echa a reír a sus espaldas. «Consuelos» es la historia de las ilusiones de una madre que ve morir tuberculosos a casi todos sus hijos, pero pasa de una esperanza a otra, porque una adivina le predijo: «Serás feliz, pero antes pasarás dolores». Prueba incluso su suerte en la lotería; consigue un matri­monio para la única hija que le queda, pero el mundo sigue siendo triste para ella, y su último consuelo es el aguardiente. En otro relato, «Celos», son presentados tres pobres desgraciados que luchan por un hueso: Bobbia, Crescioni y el «seor» Goslini, un portero que ya no es joven, se atacan, sufren y se acusan recíprocamente por el amor de Carlota, pobre guiñapo de mujer que, con tal de ir viviendo, se aproxima lo mismo a uno que a otro de ellos.

Aquí los celos son únicamente necesidad de un poco de calor humano y doméstico. «Ca­maradas» es la tácita disconformidad de un campesino sobre la vida nómada y sin techo: dos soldados, después de haber lu­chado en una batalla del Risorgimento, vuelven a encontrarse en la vida civil, obrero el uno y con la cabeza llena de sus «derechos sociales», campesino el otro, que, desde que ha cogido la azada, no hace otra cosa que sembrar, recoger y poner hijos al mundo. El obrero habla, gesticula, amenaza, se mete con todo y con todos; y Malerba, trabajador y receloso como buen campesino, mueve la cabeza al oír hablar de política, y calla. Junto a la poesía vaga de esta vida doméstica fracasada encontra­mos la otra nota de Verga, el poeta de los primitivos.

«Historia sencilla» es el relato de un idilio inexpresivo, casi bestial, entre una niñera de Bérgamo y un soldado meri­dional. Vemos a la criada con sus ojos dulces y estúpidos de oveja, y al hombre que se mueve con una astucia ridícula que revela el egoísmo del macho. Se advierte la presencia de un modelo: el Flaubert de «Coeur simple». La rudeza animal de ambos protagonistas se ilumina lentamente con una luz de poesía. El idilio se trunca de un modo brusco en la estación, pues el «quin­to» ha conseguido inesperadamente el licén­ciamiento y marcha, contento, a su pueblo. Por fin, en la «Última jornada», está retra­tada la vida de un «vencido» en vísperas del suicidio.

No son los pensamientos de la catástrofe inminente los que interesan a Verga; no es Maupassant, que llevó al tema del suicidio y de la locura todo su «pathos» obsesivo. Para Verga el interés lírico está en la trágica, desconsolada e impasible soledad del desgraciado. En ge­neral, la filantropía se deja sentir más en estas novelas milanesas que, salvo «Nedda», en las narraciones rurales, donde el senti­miento pasional y la intimidad humana son más absolutas. Pero el mundo siciliano es­taba como incrustado en la mente del artista, fundido en su sangre, en su educa­ción, en sus recuerdos, y ante él su actitud era de nostalgia; tenía aquella visión a distancia, aquel incubarse en la memoria que es la primera condición de la poesía, aquella capacidad de soñar sobre un mundo que aún ayer era el nuestro.

Ante el mundo de la ciudad, en cambio, Verga no es un nostálgico, sino más bien un curioso, un observador puro, un escritor deseoso de ampliar los detalles de la antigua experien­cia sufrida, de encontrar nuevos documen­tos humanos. La enseñanza de Zola – y el estímulo de Capuana se advierten más en este libro que en todo el resto de la obra de Verga; el escritor, según, la teoría del naturalismo, va en busca de «sucesos». Y es testimonio de ellos la prosa, o demasiado líquida o, en algunos casos, demasiado complicada en su sintaxis. Pero si en la sintaxis irregular de Los Malasangre adver­timos la música de la sintaxis nativa de los protagonistas, aquí, en cambio, se trata de un artificio para evitar lo fácil y blando. Incluso la traducción brutal de las frases milanesas testimonia la dificultad del ar­tista.

L. Russo