[Pamphlets]. Bajo este título de «pamphlets» (sugerido y declarado varias veces por el propio autor) se comprenden diversos escritos polémicos que representan la parte mejor de la obra literaria de Paul-Louis Courier (1772-1825).
Tras la caída de Napoleón, bajo la Restauración, Courier helenista y soldado se retiró a sus posesiones, en Turena; y allí, en los últimos doce años de su vida y especialmente entre 1820 y 1824 repartió su actividad entre los cuidados del campo y la redacción de sus queridos Panfletos.
Aprovechando un mínimo de libertad de imprenta, Courier trató de dar libre curso a sus opiniones de hijo de la Revolución; enemigo de las grandes ideas y de las teorías, se limita adrede a la defensa de la libertad que debe garantizar la dignidad del individuo y, sobre todo, la libre actividad del ciudadano, sea hombre de pueblo o de ciudad.
Obligado a tener cautela por la severidad de las leyes, tomó como punto de partida los pequeños acontecimientos de la vida campesina, los incidentes y hasta la chismografía de la menuda política local, dirigiendo después casi imperceptiblemente su objetivo hacia elevadas consideraciones de orden general.
La gracia inimitable de estos escritos proviene del hecho de que el autor, hablando en primera persona, ha sabido hacer de sí mismo un simpático personaje. Paul-Louis Courier no quiere ser más que un buen viñador, un campesino de zapatos gruesos y cerebro fino, dueño de una experiencia no larga, sino sólida y precisa, de poca cultura y de muy buen sentido: un buen hombre un poco hablador, celoso de sus derechos y algo malicioso, pero sólo por una natural viveza de palabra, sin prejuicios.
En este personaje, el carácter suspicaz y original de Paul-Louis Courier se encuentra a sus anchas; el refinado helenista llega a formarse un estilo propio, que por su picante ironía puede compararse al de Voltaire, revelándose como polemista de gran clase; los rasgos satíricos contra la Corte, contra el orden constituido por la Restauración y contra todo sistema de gobierno que se apoya esencialmente en los «gendarmes», por el solo hecho de estar sugeridos por el simple buen sentido y de fundarse sobre pequeños acontecimientos, adquieren una violencia extraordinaria.
En la voluntaria limitación de Courier, en su querer ser solamente político, hay una cierta estrechez de miras; su polémica, toda ella en sentido individualista y burgués, pierde así algo de su dureza. En la Petición a la Cámara de los diputados en nombre de los campesinos a los que se prohíbe bailar (1820), protestando contra el absurdo moralismo de un joven párroco, toma ocasión para dibujar un delicioso cuadrito de los honestos bailes domingueros en la plaza de su aldea de Béretz, centro de la vida del país.
En el Simple discurso con ocasión de una suscripción (1821), encuentra ocasión de tratar sobre la propuesta del Ministerio del Interior, según la cual la nación debe donar al heredero del trono, duque de Bordeaux (hijo del asesinado duque de Berry), el castillo de Chambrod; esta suscripción pseudovoluntaria le disgusta sobremanera; el buen Paul-Louis cree que el joven príncipe estará mucho mejor educado entre sus contemporáneos y futuros súbditos, que no entre las sombras de sus abuelos; y que los haberes de los príncipes no les aprovechan de nada, sino que son fácil presa de sus corrompidos cortesanos.
Esta publicación le costó un proceso en el tribunal «d’Assise», en París, que terminó con la condena a dos meses de prisión y doscientos francos de multa. Pero Courier, como buen campesino que quería ser, se encontraba a sus anchas en el mundo de pleitos y tribunales: inmediatamente publicó otro folleto, Proceso de Paul-Louis Courier (1821), donde describe el proceso con espíritu centelleante y con salidas dignas de una comedia de Molière.
Notable es también La Gaceta de la villa (1823), pintoresca serie de comentarios sobre la vida de la comarca. Y por fin, el Panfleto de los panfletos [Pamphlet des Pamphlets, 1824], que es su escrito político de mayor alcance, en el que reivindica para el género que él cultivó a la perfección, los más amplios derechos de ciudadanía en la república de las letras, apoyándose en una serie de ilustres predecesores, desde Demóstenes hasta Cicerón, y declarando que el «pamphlet» ha venido a ocupar el puesto que antes correspondía a la oratoria política.
M. Bonfantini
Toma de La Bruyère su arte de aguzar el epigrama; de Pascal, la ironía mordiente y ligera. De los viejos narradores ha tomado el relato reposado, luminoso, matizado de una comicidad deliciosa. (Lanson)
En el autor de los Panfletos, el francés, el propietario y el humanista colaboran en un estilo único. Es un estilo de heredero. Heredero celoso de una buena fortuna. Courier es heredero no menos celoso de un patrimonio literario, en el que ocupa dos posesiones: los olivos del Ática, y los jardines de Turena; o mejor aún, quiere continuar representando la doble tradición de Jenofonte y de Lisias, del Pascal de las Petites Lettres y de Mme. de Sévigné. (Thibaudet)

