El Panegírico a Trajano, Cayo Plinio Cecilio

[Panegyricus Traiano dictus]. Discurso de elogio, pronunciado por Cayo Plinio Cecilio Se­gundo, llamado el Joven (62-114? d. de C.), en honor y en presencia del emperador Trajano, dándole gracias en nombre del Se­nado; este discurso fue después rehecho, aumentado, trabajado de nuevo, hasta al­canzar la extensión de noventa y cinco capí­tulos.

En tono ampuloso, de acuerdo con los dictados retóricos en boga, Plinio recorre la vida del emperador, recordándole los he­chos más salientes, y exponiéndolos a la más brillante luz, finalizando con un trozo lírico: la oración a Júpiter Capitolino por la salud del príncipe.

Pero el artificio retó­rico es únicamente una concesión al siglo y al público; la sinceridad de los senti­mientos patrióticos y de los afectos perso­nales, también explicados en el décimo li­bro de las Epístolas (v.) que unen al autor con el «óptimo príncipe», es, para quien sepa sobreponerse a las apariencias, a veces su­perficiales y desagradables, la nota funda­mental de este Panegírico.

Entre los cente­nares que se publicaron y escribieron, entre las decenas de los que nos quedan, este dis­curso de Plinio se sostiene por sí mismo, no ya por el valor literario del escritor, que fue, tanto en sus oraciones como en sus Epístolas, un diletante de literatura, sino porque Plinio ni conocedor profundo de problemas, ni poderoso estilista, logró aquí un equilibrio entre la forma retórica de ins­piración oficial y la humana emotividad del contenido.

No juzgó así al Panegírico la posteridad, enojada por el servilismo de Pli­nio. Alfieri, simulando haber descubierto un manuscrito inédito, dio de él una pseudotraducción que es una estricta crítica de los métodos tiránicos.

Pero hoy, cuando histó­ricamente se tiende a una rehabilitación de Trajano como excelente príncipe, sabio rec­tor de un gobierno con limitada participa­ción oligarquicosenatorial, el Panegírico no suena ya a documento de servilismo, sino de entusiástica y total adhesión al jefe, y aún se eleva hoy, como su coetánea colum­na Trajana, como símbolo de la concorde y plebiscitaria simpatía que unía al pueblo y al ejército romano con su emperador.

F. Della Corte