Pablo Picasso, Eugenio D’Ors

Ensayo del escritor español Eugenio D’Ors (1882-1954). Con el subtítulo de «tres revisiones» pretende apro­ximarnos a Picasso desde una novísima perspectiva.

Una primera parte, titulada «Lo que Picasso no es», niega que el gran artista malagueño sea un pintor a la moda o un pintor de vanguardia. Y observa que nunca ha publicado un manifiesto, un libro teórico o se ha adherido a opiniones ajenas.

La pu­reza y la independencia de Picasso hacen de él el gran precursor que está por encima de escuelas e «ismos», el artista que más ha contribuido a crear lo que Baudelaire llamó «la belleza moderna». A grandes tra­zos estudia D’Ors la pintura española, que oscila — nos dice — entre el misticismo y el realismo.

Pero — añade — tanto estos ex­tremos como las constantes barrocas del arte español están ausentes del opus picassiano. Sus líneas geométricas, su desnudez y su falta de dinamismo alejan al pintor de todo tipismo localista y convierten su obra en un puro espectáculo intelectual. También deshace D’Ors la leyenda de que Pi­casso sea un brujo o un nuevo Fausto.

Su línea lógica, rigurosa, científica, es más propia de un artesano que de un alquimista. También dista del realismo, porque «no tiene nada que ver con el cinematógrafo». Es un antiimpresionista, porque no posee la voluptuosidad del color y da supremacía a la figura sobre el fondo. D’Ors lo define como «un hombre de oficio que busca la eternidad según una tradición, una tradi­ción intelectual y siguiendo una corriente, universal sin duda, pero automáticamente italiana y francesa».

La segunda parte, titu­lada «Lo que Picasso ha sido», sostiene la tesis de que en este artista no hay épocas, sino diversos estilos que se interfieren para formar un gran corpus pictórico. Finalmente D’Ors, en una tercera parte, titulada «Lo que Picasso un día será», concluye afirman­do que puede hacerse una división general de los pintores entre «los que nos han legado un ejemplo y los que nos han dejado un modelo», y que Picasso, como antes Ra­fael, será el único de nuestros contempo­ráneos que reunirá un día el ejemplo y el modelo.

Este ensayo, sabiamente apasionado e intuitivo, confirma la opinión que situó a D’Ors en primera línea de los críticos de arte de nuestro tiempo.

A. Manent