El Ovidio Mayor, Arrigo Simintendi da Prato

[L’Ovidio maggiore]. Bajo este título, que en la Edad Media designaba las Metamorfosis (v.) para distin­guirla de las demás obras menores de Ovidio, nos ha llegado una traducción del si­glo XIV, obra de Arrigo Simintendi da Prato, que no se publicó hasta el siglo pasado, por Casimiro Basi y Cesare Guasti (Prato, 1846, 3 vols.).

La traducción es notable, ante todo por la fidelidad al texto original, en­tendida a las veces tan humildemente que da cabida a locuciones y giros sintácticos completamente latinos. Por ello, y por la imperfecta lección del texto utilizado por Simintendi, se nota cierta oscuridad que a las veces hace imprescindible recurrir a Ovidio para comprender la traducción.

Pero estos casos son raros. En general, la frase es sintácticamente desnuda, lineal. En ella brillan, por contraste, una gran riqueza y frescor de léxico: «biancicare», «verzicare», «raumiliare» por «placare»; «impazzante» por «furente»; «cader nella morte» por «mo­rire all improvviso» y voces e idiotismos que dan una extraña elegancia campesina al texto («terriafmi» por «cinfini», «ventipiovoli» por «ventipiovosi», «mogliazzo» por «matrimonio», etc.).

En realidad, el refina­miento del rústico traductor se aprecia en el gusto, musical y pintoresco, por los epí­tetos. En ellos precisamente converge su habilidad de traductor, pues deja entrever una rara sensibilidad y mucha pericia retó­rica al traducir con los floridos «cursus» de la prosa italiana la fluida melodía de los hexámetros antiguos: «inchinevoli fiumi», «risonevole Èco»; «discorritrice nominanza», «sussurratrice lingua», «racimoluto Bacco», «ricordevole bocca», «pendente cielo», «cede­vole fronda», etc.

En ello se nota la mente fabulosa de quien está dispuesto a aceptar con pueril encanto las hermosas fábulas antiguas; y el mito clásico, góticamente dis­frazado, presenta un curioso aspecto («Gli baroni si posero a mangiare, a riempiero i corpi della cotta carne, e col vino si tolgono gli pensieri e la sete. Lo sonare el cantare el trombare non diletta loro; ma passano la notte col parlare: e la materia del par­lare è virtù». «Siila lasciò lo dio che diceva cosi fatte parole, e che ne doveva dire più altre. Egli impazza, e adirato per lo scac­ciamento, se n’andò a’ meravegliosi palagi di madonna Circes»).

También es de admi­rar la fidelidad al ritmo, a la misma sus­tancia de la palabras: a veces la prosa ita­liana acaba, por espontánea e íntima imi­tación, en insospechados endecasílabos. He aquí la metamorfosis de Dafne (v.): «Ap­pena ebbe finito i preghieri, che uno grave freddo le prese i membri; il cuore fue cinto di sottile corteccia; i capelli diventano fo­glie, le braccia crescono in rami; lo piede, ch’era così veloce, si ferma in pighere bar­be; la bocca hae la sommità; uno rispren- dore rimane in quella».

He aquí la fuente que hizo que Narciso se enamorara de su propia imagen: «Una fonte era, sanza brut­tura, a modo d’ariento, con le chiare acque; la quale non aveano toccato gli pastori, né le caprette pasciute nel monte, né altro bestiame».

C Muscetta