Orígenes de la Medicina, Johannes-Baptista van Helmont

[Ortus medicinae id est initia phisicae inaudita]. Con este título, el hijo del médico y quími­co belga Johannes-Baptista van Helmont (1577-1644) publicó en Amsterdam, en 1648, la obra de su padre, que comprende varios escritos de alquimia y de medicina, como los Opuscola medica inaudita, el opúsculo Febrium doctrina inaudita, el Tumulus pestis, etc.

Los Opuscola medica fueron pu­blicados en parte aquel mismo año; el conjunto de sus obras fue reimpreso bajo el título de Opera Omnia en Franckfort, en 1682. Las investigaciones más importantes de Helmont son las relativas a la química pneumática, de la cual debe ser considerado como verdadero fundador.

Él fue el primero en distinguir los diversos cuerpos gaseosos (ácido carbónico, hidrógeno, ácido sulfuroso, etc.) basándose en sus propieda­des, mientras que antes de él todos los gases eran tenidos por sustancialmente idénticos y no distintos del aire.

Suya es la palabra «gas» (que él derivó del latín «chaos», usado muchas veces anteriormente, con análogo significado, por Paracelso). Por medio de la combustión del gas explica la incandescen­cia de la llama y los efectos de la pólvora pírica.

Suya es también la distinción entre gases y vapores, estos últimos convertibles al estado líquido mediante mero enfria­miento. Van Helmont mostró que el ácido carbónico se puede obtener tratando con ácidos la piedra calcárea o la potasa, quemando carbón, dejando fermentar vino o cerveza.

Indicó después su presencia en el estómago, en las aguas minerales, en cavi­dades terrestres, y lo llamó «gas silvestre, esto es, incoercible» («gas silvestre sive incoercibile, quod in corpus cogi non potest visibile»). Pero no siempre consiguió dis­tinguir netamente el ácido carbónico de otros gases que tampoco alimentan la com­bustión (no comburentes).

Sin moverse del campo de la química, demostró claramente que a menudo una mínima sustancia con­tinúa subsistiendo en muchos compuestos bajo aspectos diversos; por ejemplo, la plata en sus diversas sales, o la sílice en el cristal. En algunos casos particulares ha­bía entrevisto así un principio de «conser­vación de la materia», que representaba, desde luego, una conquista comparada con las oscuras divagaciones de sus contempo­ráneos.

Son también particularmente nota­bles sus observaciones sobre las funciones quimicogástricas y el papel preponderante que reconoció al jugo gástrico, al que llamó «jugo ácido», en la función de la digestión.

Pero sus teorías fisiológicas estaban todavía sometidas a abstrusos prejuicios cabalísti­cos y metafísicos derivados en gran parte de Paracelso, de quien repite la doctrina de las «archeces», especies de almas secunda­rias que regulan las funciones del organis­mo y determinan, con su armonía y su lucha, la salud o la enfermedad.

U. Forti