Origen, Progresos y Estado Actual de Toda Literatura, Juan Andrés

Ambiciosa obra del jesuita valenciano Juan Andrés (1740-1817), concebida en el ardor de sus disputas con Tiraboschi y Bettinelli, si bien desarrollada al margen de ellas.

Tiene el mérito extraordinario de ser el primer in­tento de una historia general de la lite­ratura, y aunque nacida bajo el influjo de la retórica que dominó esa centuria, supera felizmente muchos de los defectos que aqué­lla supone, gracias al innegable talento del autor.

Apareció la primera edición en ita­liano en Parma, entre los años que van de 1782 a 1798, con el título Dell’Origine, Progressi e Etato attuale d’ogni letteratura; simultáneamente fue traducida al castellano por Carlos Andrés, hermano del autor, que­dando sin publicar en esta última lengua las páginas dedicadas a los estudios ecle­siásticos, con que se cierra la versión ori­ginal.

El concepto de literatura es, en Juan Andrés, todavía muy amplio, y así sucede que en su obra se extiende hasta tratar de los temas más alejados del hecho estético. No aceptando para su propósito la división que de las ciencias hacen B’Alembert y Bacon, presenta en el prefacio su propio sis­tema, y de acuerdo con él dedica dos tomos a las Bellas Artes, dos a las Ciencias Naturales y dos a las Eclesiásticas; el panorama se completa con un tomo preliminar en el que presenta una visión general de toda la literatura, casi pudiera decirse de toda la cultura.

El tono de la obra se mantiene en general discreto, y a pesar de la disparidad de materias tratadas, en el estudio de todas ellas sabe el autor conservar una exquisita dignidad. En el aspecto literario estricto, que es el más interesante, Juan Andrés da pruebas de su buen gusto y fino espíritu, amén de su visión, equivocada a veces pero siempre original, de los problemas histó­ricos que la literatura plantea.

En el primer tomo, por ejemplo, sabe ver con claridad lo que para la cultura occidental representa el helenismo; hay que destacar su acertada crítica sobre La nueva Eloísa, y su juicio imparcial ante pensadores de criterio muy distinto al suyo, prescindiendo inclusive del hecho religioso: «no entiendo por qué razón no se pueda ni deba desear el fino gusto de Voltaire, la elocuencia de Rousseau o la erudición de Freret, más bien que el media­no talento de la mayor parte de sus adver­sarios».

De gran interés es el capítulo dedi­cado a la literatura eclesiástica, en especial en lo referente a los primeros siglos de la Iglesia; no tan acertadas son sus observa­ciones en cuanto a la Edad Media, que des­conocía en sus valores esenciales, aun cuan­do da pruebas de hallarse por encima de sus contemporáneos en cuanto a la infor­mación y criterio que de ella poseía.

De nuevo hace gala de su erudición al tratar de la influencia de los árabes, y si las con­clusiones a que le llevan los datos que posee no son siempre exactas, no por eso dejan de ser valiosas las noticias que da. Interesante es también el modo de exponer el naci­miento de las nuevas literaturas, y los jui­cios críticos que en los volúmenes siguien­tes aporta al tratar por separado de cada uno de los géneros y sus cultivadores.

Asi­mismo dan testimonio de su erudición los apartados en que trata de la Gramática, Exegética y Crítica, de la Historia y de sus ciencias auxiliares, de la Geografía, la Cro­nología y la Arqueología. Los últimos volú­menes están dedicados a las ciencias, y en ellos se trata de la Aritmética, del Álgebra y de la Geometría; de la Mecánica, de la Hidrostática, de la Náutica, de la Acústica, de la óptica y de la Astronomía, terminando esta parte con la Medicina.

Viene a conti­nuación la Filosofía, que se divide en racio­nal y moral, para tratar inmediatamente de la Jurisprudencia y cerrarse la obra con las Ciencias Eclesiásticas, acaso el capítulo más trabajado de la obra, pero que, como ya se dijo, no aparece en la edición española.

A. Pacheco

Le faltó una segura arquitectura concep­tual para ser el Spengler del siglo XVIII, pero, dentro de su ideología media, la arma­zón histórica de su obra posee un valor de época sumamente representativo. (A. Valbuena Prat)

El P. Andrés pudo equivocarse en algunos juicios particulares de escritores y de libros, pero el espíritu de su historia es entera­mente moderno. (M. Menéndez Pelayo)