Óptica o de las Reflexiones, Refracciones, Inflexiones y Colores de la Luz, Isaac Newton

[Opticks, or a Treatise of the Reflexions, Inflexions and Colours of Light]. Fundamental tratado de óptica de Isaac Newton (1642-1727), cuyo texto inglés se publicó en 1704, mientras que en 1706 vio la luz la traducción latina de Samuel Clark [Optice, sive de Rejlexionibus, Refractionibus, Inflectionibus et Coloribus lucís libri tres].

La primera edición apare­ció cuando el autor contaba sesenta y dos años, y ya hacía cuarenta años que traba­jaba en Optica. Por consiguiente, esta obra reúne toda su labor en el citado campo. En efecto, aunque había de vivir otros veinte años, no añadió nada, y varias ediciones sucesivas no presentan modificaciones sus­tanciales.

La obra está dividida en tres libros, el primero de los cuales, después de las premisas y las definiciones, trata de la refracción, de la dispersión, del análisis y de la síntesis de los colores; el segundo libro se refiere a los colores de las láminas del­gadas y a una serie de fenómenos que actualmente se llaman de interferencia; final­mente, el tercero trata de la «inflexión de los rayos», es decir, del conjunto de fenómenos descubiertos por el padre Grimaldi y cono­cidos por «difracción», y acaba con treinta y una preguntas, en las que, bajo forma de problemas que la posteridad debería resol­ver, se contienen las ideas fundamentales del autor acerca de la estructura de la luz y de la materia.

En las trescientas sesenta y tres páginas de la versión latina, que Sa­muel Clark tradujo bajo la inspección del autor, figuran experimentos clásicos y teo­rías que, aunque superadas en el transcurso del tiempo, aún rigieron durante más de un siglo. Entre esos experimentos debemos se­ñalar: el descubrimiento de que la refrac­ción de la luz varía según el color (fenó­meno que hoy se denomina dispersión de la luz); el llamado de los prismas cruza­dos, del que resultó que la luz descompuesta por dispersión ya no podía descomponerse más, a través de un ulterior paso por otros prismas.

Sigue el experimento de la recons­trucción de la luz blanca, reconstituyendo las luces monocromáticas, las cuales ante­riormente habían sido descompuestas por un prisma. También son importantes los expe­rimentos acerca de los colores de los cuer­pos, y también lo son los que figuran en el segundo libro para dar una explicación delos «anillos» (llamados «de Newton» aunque ya habían sido descritos por Hooke), que se forman por contacto de una superficie plana con una esférica de gran radio de curvatura.

En este caso, el autor demuestra extraor­dinaria habilidad experimental al hallar que la luz observa un comportamiento periódico, con distinto período para los di­versos colores, que para el amarillo llega a 0,285 micron. Desde el punto de vista teórico, nos hallamos ante uno de los pri­meros grandes intentos de fijar ideas sobre la naturaleza de la luz.

Frente a la vaga idea, aristotélica, muy difundida e incluso podríamos decir oficial en la Edad Media, de que la luz era «accidens», es decir, un atributo de la materia, desde hacía siglos se había formado un pequeño grupo de filósofos naturales, que pretendían asignar a la luz una estructura material. Ideas en este sentido fueron sostenidas por Alhacén, Descartes, el padre Grimaldi y otros, mucho más alejados de nosotros en el tiempo que Newton; pero sus argumentos quedaron mancos, fácil presa de muchas y graves objeciones.

Sin embargo, el número de los seguidores de esas ideas materialistas y anti­peripatéticas iba siempre en aumento, y pasó a convertirse en mayoría cuando Newton aportó la formidable contribución de sus experimentos, de su genio y de su autori­dad. Reasumió la idea de que la luz debía considerarse como un enjambre de partícu­las materiales, de grandísima velocidad (que O. Romer, en 1675, halló que era igual a 300.000 km. por segundo), y tras haber de­mostrado, precisamente por medio de sus experimentos, que existe una relación inva­riable entre la desviación que experimenta la luz monocromática al atravesar una su­perficie refringente, la periodicidad en la reflexión en las láminas delgadas, y el co­lor de la luz misma, es decir, el efecto del estímulo de las partículas en el fondo del ojo humano, dedujo que las partículas que integran un solo color monocromático (es decir, que ya no puede descomponerse me­diante prismas u otro medio) debían todas ser iguales entre sí; y las de determinado color habían de ser completamente distin­tas de las de otro color.

A esto añadió otra idea fundamental: que la acción entre la materia y las partículas de la luz debe ser considerada como atracción o repulsión nor­mal a la superficie del cuerpo material. Aquí se daba la intención de introducir el con­junto de los fenómenos luminosos en el cuadro de la atracción universal, que, entre tanto, habían dado fama e importancia al autor.

Pero el intento falló. Precisamente en este volumen de óptica se puede apre­ciar explícitamente el profundo drama de este gran hombre, que desde sus primeros experimentos, afortunados y fructíferos, acerca de la refracción entrevió el brillante espejismo de un grandioso logro teórico y que luego, cuando va en busca de él, nota que se desvanece, a consecuencia de sus mismos experimentos.

En efecto, el primer libro no sólo contiene la afirmación de que la dispersión es proporcional a la refrin­gencia, afirmación que hizo sin base expe­rimental, porque le era necesaria para sus puntos de vista teóricos, y que ha pasado a la historia como el «error de Newton», por­que en ella se contenía la imposibilidad de acromatizar los sistemas ópticos, lo cual es posible; pero en el libro segundo, para ex­plicar mediante su modelo los anillos, se vio obligado a realizar acrobacias y a hacer renuncias explícitas; y, finalmente, en el tercer libro, a pesar de negar la existencia de una difracción y de intentar explicar los fenómenos descubiertos por el padre Grimaldi mediante reflexiones y refracciones, que él denomina «inflexiones», se ve obli­gado a renunciar a acabar su obra, y deja que la complete la posteridad, exponiéndola en las treinta y una preguntas, en las que, entre otras cosas, reconoce que su teoría es incapaz de explicar la doble refracción, que Erasmo Bartolino había descubierto en 1669.

Los investigadores posteriores, aunque al principio acogieron triunfalmente las ideas de Newton, al verse ante la imposi­bilidad de completarlas, destruyeron desde los cimientos el edificio que él tuvo que dejar inacabado.

V. Ronchi