Nuevo Sistema de la Naturaleza, Gottfried Wilhelm von Leibniz

[Système nouveau de la nature, et de la communication des substances, aussi bien que de l’union qu’il y a entre l’âme et le corps]. Ensayo del filósofo alemán Gottfried Wilhelm von Leibniz (1646-1716), pu­blicado en el «Journal des savants» el 27 de junio de 1695.

Es una continuación del Discurso de Metafísica (v.), con una acen­tuación de la polémica contra el mecani­cismo tanto cartesiano como atomista. La extensión es siempre divisible, por lo que la noción de átomo material (extenso) no se puede concebir, lo cual induce a Leib­niz a rehabilitar las antiguas «formas sus­tanciales» de la Escolástica, aunque conci­biéndolas de una manera distinta: su na­turaleza consiste en la fuerza (viva, es de­cir, energía), y por lo tanto en algo aná­logo al sentimiento y al apetito; por lo tanto, hay que concebirlas según el modelo de la noción intuitiva que tenemos del alma.

Leibniz las llama «fuerzas primitivas». Sien­do verdaderas unidades, no pueden empe­zar más que por creación y acabar por aniquilamiento, es decir, que no tienen un principio y un fin naturales, sino solamen­te milagrosos. Estas especies de almas no van de cuerpo en cuerpo, sino que, continuando e interpretando a la luz de sus teo­rías metafísicas los más recientes estudios de biología de su tiempo (Swammerdam, Malpighi, Leewenkoek), el autor juzga que el animal no empieza cuando creemos y que su aparente generación en realidad no es más que un desarrollo y una especie de aumento de animales inferiores.

Así, no sólo del alma, sino tampoco del cuerpo, hablando en rigor metafísico, no hay verdadero na­cimiento ni verdadera destrucción (natu­ral). Contra el cartesianismo, Leibniz afir­ma que la diferencia entre las máquinas naturales (cuerpos orgánicos) y las crea­das por el hombre no estriba tan sólo en las dimensiones, sino también en la cali­dad; las máquinas de la naturaleza tienen un número infinito de órganos, y no es posible destruirlas: una máquina natural sigue siendo una máquina aun en sus par­tes más pequeñas y sigue siendo siempre la misma, transformándola solamente las disminuciones y los incrementos.

Además, el alma o forma hace que haya una verda­dera unidad que corresponde a lo que en nosotros se llama «yo». Por ello no hay más que los «átomos de sustancia», unida­des reales y absolutamente desprovistas de partes, «puntos metafísicos», que se pueden considerar como fuentes de acciones y prin­cipios primeros de la composición de las cosas. Tienen ellos algo de vital y una especie de percepción, y los puntos mate­máticos son su punto de vista para expre­sar el universo.

Sin embargo, queda por explicar la comunicación del cuerpo y del alma, lo cual parece imposible sin recu­rrir, como hace Malebranche, a una reite­rada y perenne intervención de Dios; de todos modos esta solución le parece a Leibniz un expediente artificioso y antifilosó­fico. Por esto el autor presenta una teoría, que considera como algo más que una sen­cilla hipótesis, ya que, además de ensalzar la perfección de Dios y la inmortalidad del alma, es la única que puede resolver de una manera comprensible el problema de la comunicación de las sustancias,’ y mu­chos otros: la hipótesis de la «armonía preestablecida», a la que Leibniz creía que estaba confiada, más que a cualquier otra de sus doctrinas, su gloria.

En realidad, ni el alma ni ninguna verdadera sustancia pueden recibir nada del exterior; todo brota de su fondo y de su espontaneidad; sus percepciones deben tener lugar por su mis­ma constitución originaria, es decir, por la naturaleza representativa que le dio la crea­ción. Así, cada una de estas sustancias re­presenta a su manera todo el universo, se­gún un propio, punto de vista y según pro­pias leyes; sin embargo, Dios las regula todas de manera que entre ellas hay una perfecta comunicación. Del mismo modo se explica la unión del alma con el cuerpo; el alma expresa más de cerca la masa or­ganizada en que se encuentra su propio punto de vista. Por ello todo tiende a la perfección, no solamente del universo en general, sino también de los espíritus o almas razonables en particular, porque Dios, con su bondad, dispuso el universo de una manera tal que se halla interesado en la perfección de los espíritus.

Este ensayo, uno de los pocos escritos con los que Leib­niz hizo conocer, mientras vivía, su pensamiento a sus contemporáneos, tiene una notable importancia por las polémicas que suscitó; para contestar a las objeciones, especialmente de Foucher y Bayle, Leibniz se vio obligado a corregir sus posiciones, profundizándolas, desarrollándolas, llevando su pensamiento a la cima de una comple­jidad y atormentada problematicidad que está expresada en la Monadología (v.) y en los Ensayos de Teodicea (v.). Para nosotros es notable la tentativa de fundar, sobre una base de consideraciones metafísicas, una concepción antimecanicista de la na­turaleza. Por fin, aflora ya aquella tenta­tiva de conciliar causas mecánicas y causas finales, que Leibniz continuará mejor en obras más maduras, y que anticipa las po­siciones deístas de la Ilustración.

G. Preti