Musaeum, Federico Borromeo

Obra de Federico Borromeo (1564-1631), publicada en Milán en 1625 con el título: Federici Cardinalis Borromaei archiepisc. Mediolani Musaeum. Otra edi­ción fue publicada en Roma en 1754, en el vol. VII de los Symbolae litterariae opuscula varia, y una tercera, aumentada con una traducción al italiano de Luigi Grasselli, fue dirigida en 1919 por Luca Beltrami con ocasión del III centenario de la Biblio­teca Ambrosiana.

Editado poco tiempo des­pués de la Pintura sacra (v.), el Musaeum quiere dar de nuevo al arte una finali­dad ética al servicio de la religión en lu­cha contra la herejía. Borromeo confiesa que no ha vacilado en hacer modificar las copias de unos originales de Rafael para transformar las divinidades paganas en san­tos y mártires cristianos, añadiendo adrede atributos sacados de otras obras, con cri­terios arbitrarios. Más que los valores for­males, destaca, pues, los valores pedagógicos, en busca de expresión, movimiento y orden.

Dedicado a reunir en la Ambrosiana un museo de obras destinadas sobre todo a servir de modelos para la Academia de dibujo, Federico considera su importancia desde el punto de vista de las enseñanzas que de ellas pueden sacar los artistas. Él cree que, para este fin, las copias son equivalentes a los originales, por lo que hay que tener en cuenta su valor documental. El valor didáctico de una obra de arte con­siste en las actitudes de las figuras, en la habilidad de la perspectiva y de la com­posición, en la ilusión naturalista. Le in­teresan al autor especialmente la invención y el contenido, en menoscabo de todas las demás categorías. Sin embargo, alaba la «diligencia», la habilidad y la variedad de Breughel; por el contrario, dice que a Paola Brill le perjudica la monotonía.

Su in­clinación a apreciar la precisión descriptiva no le impide, por otro lado, entender que el «acabado» no es esencial para la obra artística, es más, que el mismo «descuido» puede darle a veces cierto valor. Estos con­ceptos justifican su predilección por Luini. También el movimiento vale como ex­presión exterior de nobles sentimientos. En efecto, según Borromeo, el mérito principal de la «Cena» de Leonardo «está en la expresión y variedad de los sentimientos», en el hecho de haber interpretado los mo­vimientos del alma a través de los del cuerpo, en el estudio psicológico de las fi­sonomías. Ideas convencionales, perjudica­das además por unas premisas académico- moralistas que debían necesariamente impe­dir todo efectivo resultado crítico.

C. Baroni