Breve poema, en tres cantos, del poeta alemán Cristoph Martin Wieland (1733-1813), publicado en 1768 y reimpreso en 1769 con un importante prefacio dirigido a Christian Weisse, redactor de la «Biblioteca de las Bellas Letras y Artes Liberales», al que está dedicada la obra.
En este prólogo, Wieland explica que la concepción del mundo de Musarion es un reflejo de la suya: equilibrio entre «entusiasmo y frialdad… broma ligera y socrática ironía», ejercida contra las imperfecciones de la naturaleza humana, “la cual, «a pesar de sus defectos, sigue siendo siempre lo más amable que nos está permitido conocer».
El poema nos transporta a la antigua Grecia: Fania, el filósofo, que en una alegre campiña aparece barbudo y andrajoso, encama el pensamiento filosófico de su tiempo, que con los neopitagóricos tiende al pesimismo al establecer una tajante separación entre alma y cuerpo. ¿Estará dispuesto a redimir su vida despreocupada y sensual, convirtiéndose en un héroe estoico o en un espiritual neopitagórico? Con este dilema le han enfrentado sus dos huéspedes filósofos : Cleantes y Teofronte.
Mientras está absorto en su meditación, se le presenta de repente la bella Musarion, magnífica mujer a la que un tiempo amó, y que le había rechazado por un joven presumido y tonto. Y es ella quien le vuelve a conducir por el recto camino del equilibrio, mostrándole con los hechos que las teorías ceden frente a la vida, y que la razón tiene que dirigir pero no ahogar los derechos del corazón.
En efecto, los dos filósofos, que disputaban acerca de la profundidad de sus respectivas doctrinas, al entrar Musarion y Fania abandonan el uno su apatía estoica y el otro su pitagórica espiritualidad, gracias al buen vino y a la linda esclava que Musarion manda llamar, de manera que el banquete filosófico se transforma en bacanal. No así, empero, para Musarion y Fania, los cuales se quieren con un verdadero y puro amor. El cual consiste en seguir la naturaleza buena, en gozar de la belleza natural y sin artificios, y sin pretender ser más que humanos. El que quiere ser parecido a un dios, cae a veces en el extremo opuesto.
En todo el desarrollo del poema se advierte una sutil ironía, mezclada con aquel «arte que perfecciona todo lo que la naturaleza ha bosquejado» y da cuerpo a la idea, de manera que «todo lo que de plástico hay en el genio de Wieland», dice Goethe, «se pone de manifiesto aquí de un modo eminente».
G. F. Ajroldi

