[My Pedagogic Creed]. Es la primera obra pedagógica importante del filósofo y educador americano John Dewey (1859-1952). Fue escrita en 1897, pero contiene ya en líneas esenciales las ideas que han producido las reformas más radicales en las escuelas norteamericanas, australianas, sudamericanas e incluso chinas.
Según Dewey, la ciencia de la educación es la ciencia de la formación del carácter. Educar es procurar a las íntimas exigencias y vocaciones de cada niño la ocasión de desarrollarse, de «realizarse y realizar», apelando a todas sus capacidades innatas para despertarlas, guiándolas luego hacia fines individual y socialmente buenos. Al hacerlo se ha de procurar sobre todo no violentar las direcciones características que constituyen la personalidad propia del niño. Es, pues, una pedagogía que se opone decididamente a la tradicional, basada en la «receptividad pasiva», que «coloca el centro de gravedad en el profesor, en el manual, en todas partes, menos en el mismo niño». Dewey es un adversario de la pedagogía positivista. El niño no ha de tratar de adaptarse cada vez más a lo que le circunda, como quería Spencer, sino que ha de desarrollar las posibilidades que le hagan capaz de transformar lo que le circunda y alcanzar los objetivos que se proponga, por difíciles que sean. Ya en este libro se perfilan las dos características principales de toda la pedagogía de Dewey.
Es, por encima de todo, «funcional», en el sentido que tiende a desarrollar los procesos mentales teniendo en cuenta su significado para la vida y su utilidad para la acción, considerándolos como instrumentos, funciones con vistas a la existencia concreta de los individuos y no como fines en sí mismos. En segundo lugar la pedagogía ha de ser «social». En las escuelas el niño ha de prepararse a convertirse en un miembro sano y útil del gran organismo público del que forma parte. Para Dewey la verdadera escuela ha de ser una «comunidad embrionaria». Uno de los mejores métodos para alcanzar dicha finalidad es el trabajo manual practicado en común en las escuelas. De esta novedad de la pedagogía moderna que tanto desarrollo ha alcanzado en alemania, en Rusia y en Japón, puede considerarse a Dewey como el descubridor, tanto en la teoría como en la práctica (en la famosa «Escuela de Chicago»). En este Credo pedagógico, Dewey no se detiene nunca en las ideas generales. Para él la pedagogía no es pura teoría, sino «pensamiento específico y experimental».
Apenas esbozada una idea, pasa inmediatamente a dar, en relación con ella, sugerencias prácticas, a hablar de experimentos hechos y de las enseñanzas que ha podido extraer de ellos. Esto, además de animar el libro, consigue darle un tono de concreción que comúnmente falta en las obras de pedagogía. Además, en el fondo de sus ideas está la convicción de que la educación representa una fuerza enorme, capaz de transformar radicalmente a los individuos y los estados.
A. Dell ‘Oro

