Metafísica de San Alberto Magno

[Metaphysicarum libri XII]. Obra filosófica de Albert von Bollstaedt, teólogo y mís­tico alemán, conocido por San Alberto Mag­no (1206-1280), compuesta durante su ense­ñanza en París y en Colonia (1254-1256).

Habiéndole parecido a San Alberto que la filosofía de Aristóteles era la más apta para coordinar y encuadrar en un todo completo y^ armónico las doctrinas de la ’ teología ca­tólica y los conocimientos naturales, se pro­puso cristianizarla, interpretándola en sen­tido aceptable y, en caso necesario, purifi­carla corrigiéndola de su racionalismo y panteísmo y completándola: y esto es lo que hace en estas más paráfrasis que tra­ducciones de la Metafísica (v.) de Aris­tóteles, que él pone como base para una exposición de ideas a menudo originales y para resultados de investigaciones poste­riores y aun personales. «El cometido de esta divina ciencia (la Metafísica) consiste en tratar las cosas divinas e inmutables sobre las cuales se funda todo lo demás. El físico supone un cuerpo móvil y el ma­temático un quantum compuesto; ahora bien, estas proposiciones deben demostrarse con principios. Para conocer la esencia de las cosas es necesaria la Metafísica». «El conocimiento se adquiere por medio de la experiencia y de las ideas universales; no es innato, como cree Platón erróneamente. La metafísica es una ciencia del todo libre, porque no tiene fines utilitarios, ni es ins­trumento para otras ciencias, sino que todas las ciencias conducen a ella». En cuanto a los universales, vuelve a aceptar, después de un siglo, y desarrolla la distinción de Abelardo «ante rem, in re, post rem». En­tre los peripatéticos que creen que los cuerpos celestes tienen almas inteligentes, imaginación y deseos, y otros (árabes y he­breos) que creen que existen, fuera de nuestro mundo, inteligencias gobernadas por los astros bajo la influencia de la «sus­tancia primera», él no se pronuncia: pero lo cierto es que «ningún mortal compren­derá jamás todos los movimientos celestes».

Él conoce ya la distinción entre la «forma sustancial» y la «forma accidental» y ex­pone mejor que Aristóteles la doctrina de Dios y de su cognoscibilidad. Y no sólo a veces contradice a Aristóteles, sino que a menudo también lo rectifica y completa con Platón. Aunque las líneas generales de su sistema no sean originales ni aparezcan muy definidas, la extensión y profundidad de su influencia se explica por la sagacidad y el esfuerzo desplegados para llevar al co­nocimiento de la sociedad culta de la Edad Media un resumen de los conocimientos humanos ya adquiridos, provocar un vigo­roso despertar de cultura filosófica y con­quistar definitivamente para Aristóteles a las mejores inteligencias de su tiempo. Y la universalidad de su cultura, que tam­bién se transparenta en sus obras filosó­ficas, le hizo parecer gigantesco para sus contemporáneos. Sus discípulos (entre los cuales se halló Santo Tomás de Aquino) le llamaron «divino en toda ciencia y estu­por de nuestro tiempo»; sus adversarios, entre los que figuraban Siger de Brabante y Roger Bacon, le reconocieron una auto­ridad doctrinal como nadie había tenido.

G. Pioli