Meditaciones Cartesianas, Edmund Husserl

Intro­ducción a la fenomenología [Méditations cartésiennes. Introduction á la phénoménologie]. Obra del filósofo alemán Edmund Husserl (1859-1938), publicada en 1931, de­rivada de una serie de conferencias pro­fesadas por el autor en 1929, en París, en la Sorbona. Se desarrolla, con una radical revisión del «cogito ergo sum» cartesiano, el tema de la «fenomenología trascenden­tal». El conocimiento tiende a la verdad; y la verdad es la evidencia, o sea la «ple­nitud», el «perfeccionarse» de la intencio­nalidad del acto cognoscitivo, el cual «apun­ta» a un objeto. Hay varios grados de evi­dencia apodíctica, que es no sólo la cer­tidumbre de la existencia de la cosa, sino la inconcebilidad de la inexistencia de la cosa misma. La evidencia del mundo no es apodíctica: el mundo es contingente, o sea que podría no existir. El «ego cogito» como acto trascendental del pensamiento tiene, en cambio, esa evidencia apodíctica: es, por lo tanto, el plano en que debe moverse la filosofía.

Este plano se alcanza con la «reducción trascendental» consis­tente en «poner entre paréntesis», «suspen­der», todo juicio existencial referente al mundo, para obtener únicamente el acto del pensamiento, el cual constituye, por medio de sus estructuras trascendentales y de su intencionalidad (dirección hacia ob­jetos pensados), el mundo, no ya como mundo real (existente), sino como mundo posible. Fijados así, en la primera «Medi­tación» el objeto y el campo de la feno­menología trascendental, Husserl procede en las cuatro «Meditaciones» sucesivas a des­arrollar su tema. El acto del «cogito» es bipolar; propiamente consiste en una co­rrelación del «cogito» y el «cogitatum»: el «cogitatum» se constituye en el «cogito» por obra de una síntesis, forma original de la conciencia, que es dada propiamente por la conciencia inmanente del tiempo, sobre la cual se funda la identificación en un objeto de una serie fluida, o sea, continua, de actos perceptivos sensoriales. Frente a la cosa está el «ego», el cual no es el acto mismo del «cogito», sino el polo idéntico de los actos de él, un algo construido, en suma, al igual de la «cosa»: pero a dife­rencia de ésta, el «ego» es autoconstituido en el «cogito», y también aquí la forma de constitución es el tiempo. Obtenemos así un «ego» trascendental, universo de to­das las formas posibles de experiencia, y un mundo, llamado por Husserl trascen­dente, universo de todas las formas posi­bles de correlativos noemáticos de los ac­tos de experiencia.

La fenomenología tras­cendental propiamente dicha debería ter­minarse aquí, en la cuarta «Meditación», pero Husserl desarrolla ulteriormente su pensamiento intentando la constitución, en el seno del «ego trascendental», de los «yo» personales. A este cometido está dedicada la quinta «Meditación», reanudación originalísima y en gran parte no advertida por el autor de algunos temas del pensa­miento de Fichte. Es esencial para obtener el yo-persona la función del cuerpo orgá­nico, como conjunto de experiencias que están directamente incluidas en mi «esfera de pertenencia»; y precisamente reducien­do a esta esfera las experiencias del «ego» trascendental, se halla el yo-persona. A él son dados otros «yo», pero no directamente, aunque sí por medio de una serie de actos «exteriores», «físicos», que el yo interpreta por la analogía de sí mismo; así, por me­dio de los actos de la interpretación, se forman mundos intersubjetivos, regidos por estructuras propias, las cuales forman la base para la constitución de personas su­periores, colectivas. De este modo su visión va a parar a una pluralidad de mónadas que se comunican entre sí a través de la esfera neutra del mundo intersubjetivo, y cuyo correlato objetivo es el mundo en que vivimos. La fenomenología trascendental consigue de este modo reconstituir en el seno del «ego cogito» y de la orientación fenomenológica aquel mundo de la orien­tación empírica de que se había alejado, y que había «suspendido»; él revela ahora la razón de su carácter no apodíctico, esto es, problemático; en efecto, es «uno» de los mundos posibles en el seno de la expe­riencia absoluta, trascendental.

De este mo­do el pensamiento de Husserl va a parar a un poderoso trascendentalismo lógico : desde el estrecho círculo del positivismo junto al cual había nacido, ha conseguido volver a ponerse en contacto con los gran­des metafísicos del pasado: Descartes, He­gel, Fichte y Leibniz se reconocen aquí claramente. Pero tal vez paga esta apertura de horizontes especulativos con un menor rigor analítico; la tendencia anti metafísica se ha atenuado, y hasta la corriente del pensamiento fenomenológico va a parar con las Meditaciones cartesianas a una cons­trucción metafísica que se oculta detrás del análisis, y es tanto más peligrosa cuan­to menos consciente.

G. Preti