[Die Prinzipien der Wärmelehre. Historischkritisch entwickelt]. Obra del filósofo y físico alemán Ernst Mach (1838-1916), publicada en Leipzig en 1896.
La obra es muy parecida a la Mecánica (v.) del mismo autor y se propone aplicar a los principios de la termología el mismo análisis histórico y crítico aplicado en la otra obra a los principios de la mecánica. También aquí se propone describir el proceso histórico y psicológico con que la ciencia consigue formular sistemas de conceptos a base de los datos empíricos; y a la vez, librar a la ciencia de todas aquellas intrusiones metafísicas, que en la termología, por la naturaleza misma de las experiencias que le sirven de base, habían sido más numerosas que en otras ciencias. Así, la gran importancia histórica de esta obra de Mach estriba precisamente en haber hecho el primer intento para asentar sobre base rigurosamente científica el rico material empírico de este importantísimo capítulo de la física.
Los principios filosóficos que presiden esta obra de ordenación y de crítica están expuestos en los últimos capítulos del volumen y en el curso de las distintas partes; la vida es un flujo de sensaciones; de estas sensaciones nace la ciencia, la cual, sustituyendo las sensaciones por símbolos conceptuales cada vez más amplios, y formulando leyes de alcance siempre más vasto, permite un notable ahorro de sensaciones, la reducción de la experiencia a aquellos aspectos que son prácticamente útiles y su comunicación a los demás mediante el lenguaje, puesto que la ciencia, como trabajo común, se desenvuelve en la sociedad. Una teoría científica de los hechos naturales se forma, por consiguiente, mediante un simple proceso: 1) la recopilación de percepciones sensibles mediante la observación y el experimento; 2) la imitación de los hechos de la representación por parte del pensamiento.
Esta imitación debe ser comunicable, y para serlo, se deben utilizar modelos bien conocidos; ésta es, según Mach, la base, por ejemplo, del mecanicismo de la física, o sea de la tendencia a representar los fenómenos naturales en conexión o por analogía con los fenómenos del movimiento, que son los mejor conocidos y más elementales. En la epistemología, ampliamente expuesta en este volumen, se dedica un gran espacio a la crítica de las matemáticas y al uso de éstas en la física. Mach ve en la ciencia contemporánea el peligro de que, después de haber evitado penosamente los mitos de la metafísica, pueda caer más tarde en el mito de la matemática, creando una especie de súper- esencia o de lenguaje hermético. Los números no son nada más que nombres, los cuales presentan la ventaja de constituir una serie ordenada e indefinidamente proseguíble, aparte de la indefinida posibilidad de incluir entre dos términos cualesquiera, aunque inmediatos, otros términos intermedios, engendrando así la útil ficción de la continuidad.
Igualmente, las ecuaciones, en las que la tradición hace consistir el núcleo esencial de las leyes físicas, son tan sólo imágenes de relaciones halladas con la experiencia, en las que ciertas operaciones numéricas se corresponden con operaciones físicas; o bien se hacen tablas de correspondencia, por decirlo así, condensadas en la fórmula, según el principio de la economía que domina todo conocimiento científico. Así, pues, en la ciencia todo se reduce a asociaciones y correspondencias constantes; incluso’ la famosa relación de causa y efecto se reduce a esto. De las diversas partes de la termología que el autor examina desde este punto de vista, las más interesantes son la crítica del concepto de temperatura y la del principio de la conservación de la energía. El volumen de un cuerpo es un signo del estado térmico del cuerpo mismo; las sensaciones de calor y de volumen son dos sensaciones distintas, pero se corresponden; esto nos lo enseña la experiencia.
Ahora se afirma que dos cuerpos que no presenten variación alguna recíproca de volumen, poseen el mismo estado térmico; en ello está fundado el termómetro, el cual indica, bajo convenciones especiales, las variaciones volumétricas de un cuerpo termoscópico dado (elegido arbitrariamente) de acuerdo con una escala graduada (también arbitrariamente elegida). La temperatura, por consiguiente, no es sino un número, que «según un principio cualquiera de correspondencia, está coordinado unívocamente a un signo volumétrico y, por ende, a un estado térmico». Dilucidada así críticamente la idea de «temperatura», la cuestión, que todavía preocupaba a ilustres termólogos como Dalton, Gay-Lussac, Dulong y Petit — sobre si el termómetro constituye de veras un índice del estado térmico — se resuelve por sí misma. Como también se resuelve la cuestión del cero absoluto: no existe un cero absoluto, sino que existe uno para cada cuerpo termoscópico, que indica la temperatura bajo la cual el cuerpo termoscópico dado no permite registrar variaciones de estado térmico.
Mientras la crítica del concepto de temperatura es un ejemplo brillantísimo de la belleza y utilidad de la crítica nominalista de los conceptos científicos, el análisis del principio de Joule y Mayer de la conservación de la energía, y en general de la termodinámica, es un ejemplo menos apropiado de análisis de la estructura de una importantísima doctrina científica. Mach comienza por observar que los procesos físicos no pueden considerarse idénticos a los mecánicos, pero podemos utilizar modelos mecánicos para la explicación de los fenómenos físicos. Tal es el caso de la termodinámica, la cual asimila el calor a un proceso de movimiento. Sentado esto, el principio de la conservación de la energía se funde en el tan conocido teorema de la imposibilidad del movimiento perpetuo; además, tiene un origen experimental, pues solamente la experiencia nos dice que los procesos térmicos guardan conexión con los procesos mecánicos y formales, dado el principio de que la suma del trabajo y de la fuerza viva es constante.
Lo mismo que en la Mecánica del mismo autor, aquí puede observarse que, mientras es claro y perspicaz el análisis y la rigurosa precisión de los conceptos científicos de la disciplina en cuestión, la fundamentación teórica de los criterios que sirven de guía oscila entre un nominalismo antimetafísico y una oscura metafísica evolucionista heredada del positivismo, entre el análisis lógico y un arbitrario análisis psicológico de los procesos mentales que se supone que entran en juego en la ciencia. El punto de vista de Mach, valiosísimo para la sistematización de las doctrinas físicas, requiere de la filosofía un trabajo de filtración y depuración, del cual podrá surgir un fecundo y renovado positivismo.
G. Preti

