[Les paradis artificiels]. Libro de Charles Baudelaire (1821-1867), publicado en 1861 y que recoge ensayos críticos escritos en diversas ocasiones. Consta de tres partes, la tercera con aspecto más bien de apéndice.
En la primera parte («Le poème du haschisch) encontramos una especie de tratado sistemático, filosoficocientífico, sobre la naturaleza, el uso y los efectos de la célebre droga oriental, dividido en cinco capítulos («Le goût de l’infini», «Qu’est-ce que le haschisch?», «Le Théâtre de Séraphin», «L’Homme-Dieu», «Morale»).
Evidentemente Baudelaire, al multiplicar los puntos de vista y examinar el problema desde todos sus aspectos, como fisiólogo y psicólogo además de moralista, trataba de escribir una de aquellas monografías de tipo setecentista en que el aspecto de dilettantismo no impide el rigor de observación ni la aguda genialidad de la investigación.
Y todo el valor de su obra reside precisamente en la finura de las observaciones psicológicas, en la rara cualidad de una inteligencia que interpreta las más diversas experiencias con tacto y medida y se afirma en un estilo de rara limpidez crítica que consigue hacer de la sencillez el colmo del arte.
La segunda parte del volumen reúne, tajo el título de «Un mangeur d’opium», una serie de extractos, reunidos y comentados, de la conocida obra de De Quincey, Confesiones de un opiómano inglés (v.). Obra de recopilación y en parte de refundición, sin embargo, estas páginas, que a primera vista parecen poco más que un resumen, revelan al lector atento toda la finura del genio literario de Baudelaire, que trabaja al margen de su autor con un incomparable sentido del estilo, interviene de tarde en tarde, en sensatos y agudos comentarios y consigue con este delicadísimo trabajo crítico cruzar los límites de la poesía más pura y auténtica.
Muy poco añade a la obra la tercera parte, que se presenta casi como un tratado independiente y fue escrita en su mayor parte en un período anterior a las otras dos; se titula «Du vin et du haschich, comparés comme movens de multiplication de rindividualité», y resulta de perfiles más inciertos, aunque no falten en ella frases originales, referencias adecuadas y rasgos de verdadera elocuencia.
M. Bonfantini
[Baudelaire] era un buen muchacho que mostraba un rictus feroz. (Leconte de Lisie)
La poesía de Baudelaire no consiste tanto en la efusión de un sentimiento individual como en una firme concepción de su espíritu. (Barbey d’Aurevilly)
Entre las palabras que el genio imperioso de Baudelaire ha marcado con su huella, la de «espiritual» figura en primer lugar. (Du Bos)
Baudelaire es el poeta civilizado en su grado máximo: su angustia que no tiene nada de primitiva, sus sufrimientos y nostalgias se polarizan hacia una belleza que es al mismo tiempo la expresión del drama íntimo y el cumplimiento perfecto de un arte dominado por un sentido estético impregnado de inteligencia. (A. Béguin)

