Los Orígenes del Teatro en Italia, Alessandro D’Ancona

[Le origini del teatro in Italia]. Es la obra más estructurada de Alessandro D’Ancona (1835-1914) y una de las más re­presentativas de la erudición histórica de la segunda mitad del siglo XIX. La primera edición es de 1877; la segunda, de 1891.

Después de haber indagado algunas mani­festaciones dramáticas en latín y las nuevas lenguas romances, a comienzos del siglo VIII D’Ancona ve el verdadero origen del dra­ma en las «laudas» en vulgar que florecie­ron en Umbría en el XIII.

Las etapas vienen señaladas por la «devoción» y la «sacra re­presentación», «última forma correcta de la lauda dramática»; expresión francamente italiana, vulgar, popular, sin ninguna dependencia del drama litúrgico latino, como otros sostenían (por ejemplo Monaci, cuyo descubrimiento del drama umbro demostró indirectamente la insuficiencia de la tesis de D’Ancona).

El período de oro de la sacra representación — aproximadamente un siglo — va de Belcari, el primero que le dio una notable elaboración artística, a Cecchi, que la aproximó a la comedia latina, haciéndola entrar en el movimiento del Renacimiento.

Gustando al pueblo y a la vez a la aristocracia, durante el gobierno de Lorenzo el Magnífico atrajo no sola­mente el ingenio de los poetas, sino tam­bién la habilidad y fantasía de escenógrafos y directores. Pero cuando de Florencia y Toscana pasó a otros lugares (Ferrara, Nápoles, Milán), se hizo cada vez más espec­tacular, perdiendo su carácter de verdadero drama, es decir, de acción en verso, que tenía en Florencia.

Las causas de su deca­dencia son literarias (la aparición de la comedia de tipo clásico y de la farsa), po­líticas (debido a la separación de los Médicis del pueblo y la burguesía, que habían producido el género), religiosas (a causa del freno puesto por la autoridad eclesiás­tica, que aspiraba a «unificar la liturgia y, en lo posible, excluir al pueblo de las cere­monias rituales», prefiriendo las inocuas y pueriles dulzonerías del Oratorio jesuítico).

Mérito de la obra es «condensar indagacio­nes y estudios múltiples, rectificando algu­nas incertidumbres y llenando algunos va­cíos»; el «animus» lo da la exaltación de las formas populares y religiosas frente al cla­sicismo, presentado, según un esquema grato a la crítica romántica, como opresor y de­formador de aquellas formas genuinas y honestas.

La obra nos da no la historia de una forma de arte que resume en sus vici­situdes la vida moral de un pueblo en una determinada fase, sino la crónica, siempre algo externa, de una institución teatral; los textos se examinan de un modo erudito aunque sometiéndolos a una crítica que se limita a aplicarles algunos de los criterios más en boga.

G. Marzot