Los Deberes del Hombre, Giuseppe Mazzini

[I doveri dell’uomo]. Obra de Giuseppe Mazzini (1805-1872), publicada en 1860, dedicada a los obreros italianos, elemento vital de su reforma política, para apartarlos de la harto fácil doctrina de los derechos y dirigirlos por la vía de los deberes, única fuen­te originaria de los derechos. Toda doctrina materialista ha prometido el bienestar a to­dos, pero las condiciones del pueblo no han mejorado nada, pues los que predicaban la revolución en nombre de los derechos del individuo se apoyaron en el pueblo sólo hasta conseguir sus fines personales. La doctrina de los derechos, que favorece los intereses más diversos y contrarios, causa la anarquía moral, y por lo tanto no es capaz ni siquiera de asegurar la inviola­bilidad del pacto social y, con él, el pro­greso de la sociedad. En cambio, es menes­ter hallar un principio educador que sea superior a ese pacto y enseñe a los hombres la constancia en el sacrificio, estrechándolos en el vínculo de la fraternidad. Este principio es el deber.

El origen de los deberes del hombre está en Dios, cuya existencia cada cual puede reconocer inmediatamente por la fe; para servir verdade­ramente a Dios, hay que aplicarse al mejo­ramiento de la humanidad, puesto que la vida terrena debe ser preparación activa a la vida celestial, y por lo tanto peca quien se retira a un solitario e infructuoso ascetis­mo. La suprema ley de la actividad moral se alcanza sólo cuando la voz de la propia conciencia es ratificada por el consenti­miento de la humanidad, a la que asigna el papel de verbo viviente de Dios, a cuya evolución progresiva todo hombre está llamado a colaborar. Los primeros deberes del hombre son los deberes para con la humanidad: el sentido de la fraternidad humana en cuyo nombre se debe combatir todo abuso dirigido a aminorar la integridad de la naturaleza humana, estará en la base de la nueva moral de Europa. Pero el hombre, con sus fuerzas aisladas nada puede hacer para la Humanidad. La pala­bra de la fe futura es la asociación. La Pa­tria es el organismo capaz de multiplicar al infinito las fuerzas de los individuos: ni siquiera el progreso material puede efectuarse donde no haya una Patria unida que lo promueva.

En esta asociación de seres libres y de iguales que ha de ser la Patria, un sólo privilegio es justamente reconoci­do: el del genio acompañado de la virtud. La familia, en la que vela como ángel tu­telar la mujer, es la Patria del corazón, ele­mento sagrado de la vida que no puede desaparecer; ni siquiera cuando los hom­bres, superado el concepto de Patria, estén unidos todos en el gran organismo de la Humanidad. Es menester amor y respeto a la mujer abandonando el prolongado pre­juicio de su inferioridad; si bien tiene fun­ciones diversas de las del hombre, posee, sin embargo, igual dignidad de ser huma­no. El hombre tiene, en fin, deberes para consigo mismo, puesto que, por ser libre (y en favor de la libertad militan las prue­bas: el remordimiento y el martirio), es responsable. Además, es educable, y por medio de la educación cobra fuerzas en su eterna fuente, la Humanidad, y puede reconocer mejor el vínculo que lo une a ella. La idea de Progreso está estrechamente ligada al concepto nuevo de Humanidad. En efecto, ni los antiguos, ni los hombres del primer Cristianismo, percibieron la hu­manidad como cuerpo colectivo; por esto los cristianos creyeron única la revelación que, por el contrario, desciende continuamente de Dios sobre el hombre por medio de la Humanidad, de manera que cada ge­neración aprende un renglón más de la ley divina.

Ahora bien, el desarrollo de nues­tras facultades, en orden al fin último que hemos de alcanzar, debe ser libre, porque sin libertad no existe moral ni asociación. Tampoco en el gobierno puede existir so­beranía de derecho o permanente; en efec­to, no es sino una Dirección, sometida al juicio de todos. En cuanto a la educación, debe venir de la nación porque si se la deja al arbitrio de los padres, adquiere ca­racteres de anarquía y desarrollo demasia­do individualista. En fin, la asociación le­gítima cuando no se oponga a las verdades ya conquistadas, proporciona las fuerzas para realizar el programa indicado por la educación y es garantía de progreso. Mas para poner al pueblo en situación de rea­lizar este elevado programa de deberes, es menester ante todo resolver la cuestión so­cial: La clase obrera es pobre y sin posi­bilidades de mejora, porque el capital, re­unido en manos de pocos, es déspota del trabajo, y el salario es insuficiente. Pero el socialismo no puede obviar los males de la sociedad: revolviéndose, en la forma extre­ma del comunismo, contra la propiedad, atenta a un derecho sagrado de la vida. Si la propiedad está ahora mal distribuida, es menester, más que aboliría, abrir el cami­no para que muchos puedan adquirirla. Abolir la propiedad es negar la libertad del individuo y asegurar a la humanidad únicamente una «vida de castores».

El ver­dadero remedio a la cuestión social es la unión del capital y del trabajo en las mis­mas manos: el trabajo debe ser asociado y libre, y el reparto de los frutos del trabajo, entre los trabajadores, se debe hacer en razón de la cantidad y del valor del tra­bajo efectuado; esto es, los trabajadores de­ben convertirse todos en libres productores. El mismo Gobierno, cuando sea Gobierno nacional de pueblo libre, promoverá estas iniciativas. Este nobilísimo opúsculo termi­na con el credo social de Mazzini, que re­sume en un acto de fe las concepciones ex­puestas en el escrito; y, en fin, con un deseo: que la emancipación del operario vaya unida con la de la mujer, para que la familia humana se eleve a toda la ple­nitud de su dignidad.

G. Alliney