[Les Pléiades]. Novela del conde Joseph-Arthur de Gobineau (1816-1882), publicada en 1874. Narra las distintas peripecias de tres jóvenes, un francés, un alemán y un inglés, que por casualidad se encuentran un día en una hostería del Lago Mayor, contraen amistad y se entregan a recíprocas confidencias sobre sus respectivas existencias. Empieza el inglés, quien con una premisa teórica nos descubre el significado esencial de la novela: «Nosotros somos — dice —, tres alondras, hijos de rey…», y explica que ser «hijos de rey» significa sentirse extraños a la multitud, tener un temperamento atrevido y generoso, fuera de lo común, una absoluta independencia de espíritu y otras dotes propias de los nacimientos privilegiados.
Los otros dos jóvenes asienten a las ideas del inglés, que son las mismas con que concluye el Ensayo sobre la desigualdad de las razas (v.), y precisan que los «hijos de rey» se encuentran hoy, en la sociedad moderna, reducidos a un exiguo puñado, diluidos entre la masa humana, la cual sólo es capaz de destruir. Esta masa puede dividirse en tres grupos: a la cabeza marcha la tribu abigarrada de los imbéciles; viene después la tribu de los picaros; por último vienen los brutos… Son, por anticipado, las categorías de los hijos del 89, las tropas de la democracia del siglo XIX convertidas al materialismo marxista. Los tres jóvenes conceden algunas cualidades a los picaros y a los brutos, pero no sienten ninguna piedad por los imbéciles: hay que exterminarlos.
Estamos ante una oposición de dos categorías de humanidad que prenuncia la doctrina de Nietzsche: del «hijo de rey» al «superhombre» sólo hay un paso. Los grupos de «hijos de rey» forman las «pléyades»; en la pléyade de los tres protagonistas de la novela gobiniana sus respectivas peripecias proceden a igual paso y entrelazándose, siempre como modelos de vida antivulgar. El lector las sigue desde su origen hasta su epílogo a través del mundo ochocentista europeo y asiático, de Bagdad a París, de Isola Bella a Florencia, de Vaísovia a Zara. Aquí y allá surge algún recuerdo autobiográfico que anima el paisaje moral de este cuadro singularísimo.
L. Gigli

