Las Bases Físicas de la Herencia, Thomas Hunt Morgan

[The physical basis of Heredity]. En esta obra, aparecida en 1919, como en su Teoría del gene, el americano Thomas Hunt Morgan (nacido en 1866) se esforzó por precisar el asiento material que dentro de las cé­lulas reproductoras correspondía a las he­rencias paterna y materna, acabando así de constituir lo que se ha convenido en llamar la teoría mendelo-morganiana de la heren­cia. Por los trabajos del monje moravo Mendel y de sus seguidores, se conocían ya las principales «leyes» que regían la distri­bución de los caracteres hereditarios en los descendientes; leyes estadísticas y numéri­cas, que rendían grandes servicios a agri­cultores y ganaderos. En el marco de las ideas que podemos calificar de morganianas, aparecía la noción de «cromosoma» y la más delicada de «gene». Los cromosomas son una especie de bastoncillos irregulares que, por parejas, se albergan en el núcleo de las células vivas variando su número con los géneros y las especies, y, así, las células humanas contienen 24 pares de cromosomas, las del caballo 30 y las del trigo 8. únicamente las células reproduc­toras o gametos no poseen más que uno solo de los cromosomas de la pareja; de este modo, en el momento de la fecunda­ción, los pares cromosómicos vuelven a reconstruirse en la concurrencia de la doble vía paterna y materna, siendo, por lo tanto doble su origen. Los cromosomas aparecen constituidos por numerosísimas partículas muy pequeñas, dispuestas como las cuentas de un rosario, llamadas «genes», cada uno de los cuales es portador de uno y, a veces, varios caracteres hereditarios. Tal viene a ser esquemáticamente la teoría genética que Morgan formuló por vez primera, y que ha sido objeto, en distintos países, de múlti­ples comprobaciones, a través de experien­cias llevadas a cabo sobre todo en la mosca del vinagre, o drosofila. Painter, actuan­do sobre los cromosomas «gigantes» de las glándulas salivares de la drosofila, ha de­mostrado que siempre que se trata de una transmisión hereditaria anormal, se com­prueba igualmente una anomalía en la dis­tribución de las estrías visibles de los cro­mosomas. Naturalmente, todas estas expe­riencias son puramente microscópicas, sin que hasta la fecha los sabios hayan visto realmente los genes ni hayan conseguido fotografiarlos.