La Teoría de los Sentimientos Morales, Adam Smith

[The Theory of Moral Sentiments]. Tratado de ética de Adam Smith (1723-1790), publicado en 1759. El autor se había propuesto contestar a la pregunta: «cómo el hombre, individuo o raza, ha lle­gado a ser lo que es», mostrando en la presente condición de vida social el resul­tado de unos pocos y simples factores.

Los dos fragmentos de su sistema son: la obra aquí estudiada, que lleva el significativo subtítulo: «Ensayo de un análisis de los principios mediante los cuales los hombres juzgan naturalmente sobre la conducta y el carácter, primero de su prójimo, después de sí mismos», y la famosa Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (v.). En el primero se pro­pone indicar una fuente común a la conducta moral. Su principio fundamental es que el objeto primario de nuestras percepciones morales son las acciones de los «demás» hombres, que nosotros juzgamos basándonos en nuestra capacidad de simpatizar, más o menos, con ellos; y secundariamente, que nuestros juicios morales respecto a nuestra propia conducta no son sino aplicaciones de los juicios ya emitidos sobre la conducta ajena, elevados a normas de deberes.

Por consiguiente, «Ética de la simpatía» y fun­ción del «Espectador imparcial» (Parte I), donde «simpatía» equivale a comunidad de sentimientos; la cantidad de placer o dolor manifestada por el sujeto a la vista de la conducta, o más bien de los sentimientos de una persona, es la unidad de medida de su aprobación o desaprobación moral. De ello deriva así una escala o una jerar­quía de valores morales. Ulteriormente (Parte II), una acción es meritoria o no, digna de premio o castigo, según que sea objeto «aprobable y conveniente» de grati­tud o resentimiento; y lo es cuando nosotros podemos simpatizar con la gratitud o el resentimiento del beneficiado o del ofen­dido. Pasando a nuestros juicios morales sobre nuestra propia conducta, es notable la anulación (Parte III) de la ingenua creencia común de que los juicios que sobre nosotros mismos da nuestra conciencia están basados en la «propia» conducta, que des­pués extendemos y aplicamos al juzgar la conducta ajena.

Por el contrario, nuestras acciones son juzgadas por nosotros a través de los criterios morales que aplicamos para juzgar los sentimientos y las acciones de los demás. Nosotros nos desdoblamos, así, en dos personas: en el «yo» espectador y juez, que es distinto de aquel otro «yo» de cuya conducta intenta formarse un jui­cio imparcial a base de la conducta media social con la que ha simpatizado y que se ha convertido en el «standard» de sus criterios de valoración. Pero, ¿en qué forma y por qué el «yo» juzgado aceptará el vere­dicto del «yo» juzgante, «espectador im­parcial»? Porque «la naturaleza, al formar al hombre para la sociedad, lo dotó de un deseo original de satisfacer a sus hermanos y de una aversión original a cuanto suponga disgustarles… Dios ha hecho del hombre su vicegerente sobre la tierra, y superinten­dente de la conducta de sus hermanos». Pero esto solamente en primera instancia; pues se admite la apelación del supuesto «espectador imparcial y bien informado» a la de nuestra conciencia.

No obstante, raras veces osamos absolver todo lo que nuestros hermanos condenan. En tales extremos el único consuelo efectivo es la apelación a Dios. Sigue un largo análisis sobre el dua­lismo moral: entre el «yo» agente y el «espectador imparcial», sobre la débil voz de éste, dominada por el alarido de las pasiones, sobre los deberes morales y cívicos y sobre el hombre moral. Los valores mo­rales en tiempo de guerra se trastornan, porque los «espectadores imparciales» se hallan demasiado alejados para poder in­fluir sobre los beligerantes; la masa de la humanidad no es capaz más que de un «sentido del deber», y sólo los espíritus más refinados consiguen «modelar exactamente en cada ocasión sus sentimientos y su con­ducta de acuerdo con las exigencias y particularidades más minuciosas de la situa­ción». En la Parte IV de la Teoría se ex­pone la diferencia existente entre ésta y el utilitarismo (de Hume); en la V y VI se estudian la influencia de las costumbres y de la moda sobre los sentimientos de apro­bación o denegación moral, y los elementos morales en que consiste la virtud (pruden­cia, justicia, benevolencia y dominio de sí mismo), que no significa «predominio» de los sentimientos altruistas sobre los egoís­tas, ni viceversa, pues la capacidad de «simpatía» no puede ser medida, ni la «ex­quisita sensibilidad» dosificada de acuerdo con una fórmula química del «hombre vir­tuoso».

El sabio y virtuoso dirige su con­ducta no hacia el tipo medio de la morali­dad, sino hacia aquel arquetipo de perfec­ción que ha conquistado fatigosamente. En la Farte VII, la Teoría pasa a ser confron­tada con los diversos sistemas éticos de Aristóteles, Platón, Epicuro, hasta los con­temporáneos: Hobbes, Hutcheson, Mandevil- le, Clarke, Shaftesbury, etc. Solamente la «simpatía» proporciona la medida concreta, si bien subjetiva, no genérica y abstracta de la moralidad; solamente ella reduce a una misma categoría «moral» acciones di­versas y contrarias. Debemos señalar que ya en Epicuro y en Polibio se hallan indi­cios de esta posición moral. Pero el opti­mismo finalista moral que domina toda la Teoría (como también la importante Inves­tigación) adopta en Smith la forma de un «Ser benéfico y sapientísimo que dirige tocos los movimientos de la naturaleza… para la felicidad más grande posible».

G. Pioli