La Repetición, Soren Aabye Kierkegaard

[Gjentagelsen]. Obra del pensador danés Søren Aabye Kierkegaard (1813-1855), escrita y publicada en 1843. El autor llamó, en el subtítulo de la obra, «Ensayo de experiencia psicológica» a este escrito cuya paternidad atribuye a Constantin Constantius como homenaje a Benja­mín Constant, autor de la célebre novela Adolfo (v.), a quien recuerda La repetición en algunos aspectos suyos.

Pero, en rea­lidad, la importancia de esta obra trascien­de su valor narrativo y psicológico: con el concepto de «repetición», en efecto, el au­tor quiere expresar el acto, humilde y al mismo tiempo heroico, con el que el hom­bre, habiendo reconocido como imposible una «repetición» de momentos de la expe­riencia, ya en el sentido esteticohedonístico, ya en un sentido práctico como adhesión a los dictados de la moral corriente, acepta, en virtud de lo absurdo, la vida como «repetición», como conversión, abriéndose al sentido de lo prodigioso y lo di­vino. La cuestión que Constantin Constan­tius se plantea al principio de esta obra se expresa en dos preguntas: «¿Es posible en la experiencia humana la repetición? ¿Y qué implica ésta y significa?» Para encon­trar una respuesta, él piensa hacer un ex­perimento : se irá a Berlín a buscar de nuevo allí las impresiones agradables de un viaje precedente.

En efecto, sólo la «re­petición», asegurando la eternidad, puede hacer feliz al hombre, mientras que la «re­miniscencia» lo hace infeliz, por cuanto al acto de recordar está ligada la melancolía del echar de menos. En opinión de Constan­tius, sólo el amor como repetición es feliz, mientras que el amor como reminiscencia es fuente de sufrimientos. De este amor dolo­roso el autor da un ejemplo en la persona de un joven amigo suyo, en el cual lo vis­lumbramos a él mismo, inclinado, por la exuberancia de su juventud, a los entusias­mos y a la melancolía. El amigo de Cons­tantius está enamorado, pero su amor co­mienza, desde el primer día, a alimentarse con la melancolía del recuerdo. La joven a quien ama es más ocasión que objeto de su pasión: él ama en ella solamente la idea, lo universal. En el tormento de esta situa­ción, se despierta en el joven el genio de la creación poética; y él, sacrificando su propia alma, embriaga y exalta a la joven con su poesía, sin que ella sospeche el ínti­mo tormento del poeta: no puede, en efec­to, pensar en casarse con ella, lo cual sería un engaño, ni en explicarse, porque ella no le comprendería; y por otra parte no tiene valor para destruir, abandonándola, el sentimiento que ha despertado en ella.

Constantius le sugiere que provoque en la joven el desdén procurando hacerse odioso a los ojos de ella. Pero hasta para hacer esto le falta valor al joven; al fin, parte bruscamente, sin explicarse ni dar noticias de sí. Todo esto ha sucedido, piensa el au­tor, porque el joven no creía en la posi­bilidad de la «repetición». Pero al realizar su viaje de exploración a Berlín, queda crudamente defraudado; en realidad, nada se repite: la habitación, que Constantius recordaba tan recogida a la luz de la luna, ha cambiado; el teatro en que durante su primera residencia había gustado el puro gozo de reír, no consigue ya producirle satisfacciones, y así sucesivamente. De ma­nera que, la repetición en sentido estético, esto es, en el sentido de una exacta repe­tición de sentimientos experimentados otra vez, es imposible. Y Constantius vuelve a casa amargado, con la convicción de que la vida toma siempre y no devuelve nunca. Es el fracaso del esteticismo: el único camino de salida, en el drama del mundo, le pare­ció ser la muerte.

Así se concluye la pri­mera parte de la obra. Pasado algún tiempo, el joven amigo de Constantius da señales de vida por medio de unas cartas en que se confía, sin querer respuesta. Su historia de amor le ha dejado en el alma huellas in­delebles: se ha detenido en el problema de la repetición. Se prohíbe el olvido: se nutre de recuerdos y lo atormenta el pensamiento de los sufrimientos que tal vez ha causado a la joven con su abandono. Asqueado de la vida y de sí mismo, halla sólo amargo con­suelo en la lectura del libro de Job. Pero Job al fin se reconcilió con el Señor y ob­tuvo, con creces, lo que había perdido. He aquí la repetición: y el joven espera una repetición, que, ahora, tendría significado moral, esto es, podría consistir en aceptar la cordura de la moral corriente: está es­perando una revolución interior que lo ca­pacite para casarse. Pero aun entendido de este modo, la repetición no será posible. Casarse significaría engañar a la joven acer­ca de la naturaleza del sentimiento que él experimenta por ella y, lo que todavía es peor, sería un engaño para sí mismo, en cuanto conduciría a un compromiso entre la realidad y el ideal.

Finalmente, el joven se entera de que ella se ha casado. An­te esta revelación, vuelve a ser dueño de sí mismo, y cesa la discordia de su ser; él pertenece ahora al absoluto y ya puede seguirlo y servirlo en medio de los peligros de la lucha; y la «repetición» se revela, en fin, en su verdadero sentido: es posible sólo como una reanudación, como un im­pulso de dedicación religiosa» a lo descono­cido. Una carta al «amigo lector» sirve de conclusión, en que el propio autor declara explícitamente los límites de su narración, incapaz, por su esencia, para proporcionar el lugar ideal para una revelación de orden religioso. Todo su relato está avivado con brillantes divagaciones pasionales, idílicas, filosóficas, polémicas, sin que pierda su uni­dad estética. Grande ha sido la influencia de La repetición en el pensamiento suce­sivo, literario y filosófico.

Heidegger (cfr. Ser y tiempo [Sein und Zeit, 1927]), tras­ladando el concepto de «repetición» del pla­no religioso, como está en Kierkegaard, al logicometafísico, ha fundado en él el más importante momento de la que él llama (con término no siempre unívoco) trascen­dencia: esto es, el acto con el cual el hom­bre, tomando sobre sí su propia culpa, su propio «ser finito», logra salirse del estado de dispersión para alcanzar el verdadero ser.

G. Alliney